Brasil: víctima del carnaval de la muerte

By on junio 3, 2014
Brasil: víctima del carnaval de la muerte

 

José Luis García Barcala

Por: Mtro. José Luis García Barcala*

Brasil es poesía, un mundo mágico y gozoso que nos invita a soñar con la existencia de un paraíso terrenal colmado de bellezas, en sus mujeres, en su naturaleza, en el corazón de sus hombres y en laberinto de los ríos amazónicos. Un mágico mundo de color y nostalgia, de esplendor turístico, de palmas levantas al camino de las comparsas del carnaval. Es un mundo diverso, vasto, natural y también profano, deleitable a la vista de cualquiera. Con sus enormes contrastes de riqueza y miseria, insultante miseria. País petrolero que se niega a palidecer por su crecida fe, sus astringentes caminantes del sur y del norte; indignados por el recalcitrante maltrato del autoritarismo y la imposición. Manipulados y sometidos, de baja o escasa cultura, no sabe hacia dónde caminar que no sea hacia el precipicio que los gobernantes le lleven, sin excepciones. Allí el fútbol es religión. Se juega en las favelas, informales, precarias. Se juega en el atrio de un templo invocando la misericordia del gol. Se juega en la mágica arena de sus playas y en el glorioso grito de los estadios. Aportan al estado, eso sí, una dosis de amnesia colectiva que les permite decidir su futuro y constitucionalizar su imposición. Rebeldes por hartazgo, pero incomunicados por tamaño, diversidad y control superior, casi divino, más que divino, en donde todo queda al limbo de una insufrible subjetividad mediática.

Mundo que se está cerrando a la entrada de una portería, mientras se abre a la ignominia de la gente desplazada de sus casas para dar paso a los otros, a los de fuera, a los que vienen y se van, a los que compran prostitución de árbitros y adolescentes, dejando su huella indeleble en la esclavitud que les impone el imperialismo de un estadio. Ellos son de ahí, ellos nacieron y se amamantaron en las entrañas de su tierra fértil abandonada. Los otros no valen más que los dólares que dejen a su paso, por dentro están vacíos, susurrantes ante la colonización que también les han impuesto modas, destinos turísticos, culturas efímeras, explotación y desenfreno vitalicio. Les vendieron la idea de una gran fiesta del fútbol mundial, del cual ellos como patria han sido protagonistas y pentacampeones. Este nuevo carnaval sería en casa, nadie les dijo que tendían que invitar, además de los equipos, a pasarse a retirar. Háganse a un lado es la consigna. Recortemos el gasto social para edificar estadios. Y para colmo de males, la mirada indignante de los espectadores del mundo en verdadero desdén, la grosería de ignorar sus evidentes descortesías hacia su propia gente, más que eso, su aberrante actuar, sus limpias colectivas, la represión y el entendimiento mutuo entre el gobierno y la FIFA. De ellos, no esperábamos menos. Eso y peores aberraciones han sido su calendario. Pero de los futboleros no me lo esperaba. No. No lo puedo creer. Siempre han soñado con el juego limpio, con el verdadero, no con el mediático de las autoridades dueñas de la copa, sino el juego de amigos, de camaradas. Esos que cuando un jugador del equipo contrario se lastima corren en su ayuda, esos que saben aceptar cuando cometieron un error y piden disculpas. Los pamboleros debieran estar indignados, insultados porque han convertido a su deporte favorito en una cacería humana literal. No es limpio, no es justo y su obligación está en exigir a la asociación una cancelación definitiva del evento ante el baño de sangre y abominaciones. Es peor que un atentado terrorista. Es una invasión medieval.

Sí nos apasionamos, sí jugamos al fútbol y al misterio de quién va a ganar. Sí apoyamos y coloreamos nuestros rostros; sí nos duele una fractura al jugador. Sí lloramos si perdemos. Sí compramos nuestra playera y uno que otro escandaloso artefacto para hacer más ruido. Pero no, no somos cómplices del crimen, no permitimos la explotación criminal del pretexto con el que han sido despojados los hombres, mujeres y niños aledaños so pretexto de hacer que todo luzca impecable. Nunca será impecable una fiesta de sangre, un golpe bajo a la dignidad de las personas, a su humilde presencia; porque vale más uno de ellos que los millonarios que junten todo su botín para comprar policías inhumanos, sucios, desvalorizados y desmoralizantes. Este mundial huele a mierda. Me encantaría ver jugar limpio a mi país y llegar a cuartos por primera vez, cosa que dudo. Pero no seré cómplice de asesinato. No. No soporto las patadas que los federales han dado a su propia gente con tal de recibir a unos desconocidos y que se sientan como en su casa por tres semanas para luego disculparse y pretender que nada pasó, más que jugosos cheques entre unos y otros que ya tienen bastante desde mucho antes que se definiera esta sede.

Brasil hoy eres una poesía dolorosa, hoy el verdeamarella tiene encima una sombra que palidece ese acostumbrado brillo esplendoroso de gloria y belleza, de pasión y amor sin iguales. Hoy te han herido profundamente. Hoy eres una víctima más de los modernos esclavizadores, de los nuevos todopoderosos que están controlando al mundo con sus fauces voraces y su decrépita inmoralidad. Yo sí te compadezco. Cómo quisiera estar ahí, frente a las cámaras de televisión, frente a los periodistas de los medios impresos o los reporteros de la radio para gritar mi indignación, pero también soy víctima del bullying de las cofradías de mi país; como lo somos millones en la tierra en estos tiempos de asquerosa irritación y de inaplazable cambio.

 * Es escritor, lingüista, analista y crítico literario. Es empresario y Presidente de la Asociación Buscando la Justicia J. J. J., que promueve mejores condiciones sociales y la campaña masiva de lectura Leer o Morir.

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