Sin opciones educativas, jóvenes en zonas indígenas de Hidalgo

By on noviembre 6, 2014
CONAFE-hidalgo

Las montañas que resguardan esta región del estado de Hidalgo y bordean los límites con la vecina Puebla, tienen caminos áridos de vueltas pronunciadas por los que cruzan cada semana a bordo de un camión decenas de jóvenes indígenas que tienen deseos de continuar su educación superior, pero en sus localidades no tienen la oportunidad por falta de infraestructura.

Todos los domingos en punto de las 11 de la mañana sale del centro de la ciudad de Ixmiquilpan el único autobús del día con dirección a Nicolás Flores, un municipio con una superficie que representa apenas 1.8 por ciento del total del territorio de Hidalgo y en el que habitan 6 mil 617 personas, de las cuales el 25 por ciento son mujeres de 15 a 29 años de edad.

A bordo, niñas y mujeres acomodan en los asientos de fierros oxidados la despensa semanal que llevan desde la ciudad hasta sus comunidades en las montañas de la Sierra Madre Oriental. El olor a pan de fiesta, fruta y carne se mezcla al interior del camión que tiene las ventanas cubiertas con cortinas de terciopelo azul.
Las y los pasajeros saludan con familiaridad al conductor e intercambian algunas palabras con otros pasajeros conocidos.

Cuarenta y cinco minutos después se abre un panorama montañoso, con casas de tabique en obra negra (distanciadas por varios metros entre sí). La punta de la montaña que se veía lejana desde el centro de Ixmiquilpan es la misma por donde ahora avanza el autobús.

De aquí en adelante, el camión abrirá su puerta cada cinco o 10 minutos para bajar al pasaje. Dos minutos antes del descenso en la localidad de Villa Hermosa, un niño de 14 años, que estuvo de pie todo el viaje a un lado del conductor, se dirige al asiento de una niña y su madre para tomar sus bolsas y ayudarlas a bajar.

Diez minutos antes de las 2 de la tarde, el autobús concluye su recorrido (con un costo de 65 pesos por persona) en el municipio de Nicolás Flores.

Al bajar del camión de inmediato se observan la iglesia, el Palacio Municipal y el Centro Deportivo. En cambio, para ubicar el Centro de Salud hay que preguntar y buscar entre las calles. Para llegar a la escuela secundaria hay que caminar al menos un kilómetro desde el centro del municipio y subir por una pequeña vereda.

A las 2:10 de la tarde del domingo sale el último autobús (el mismo del que acaban de descender los pasajeros) de regreso a Ixmiquilpan. Arriba ya están acomodados sobre los asientos rotos que desbordan hule espuma tres hombres y dos mujeres jóvenes.

El camión arranca y cada cinco minutos el conductor jalará de una cuerda para avisar su llegada a cada comunidad con un sonido desplomado. En cada una de las paradas, de dos a tres jóvenes suben cargando en una mano su mochila y en otra su “itacate” con comida para una semana.

Neyeli, indígena otomí de 16 años de edad, se sube en la tercera parada. Como el resto, lleva su mochila, su equipaje y además una cobija. Se sienta, se acomoda los lentes y atora un lápiz en el cabello. Estudia el bachillerato en Ixmiquilpan, a dos horas de su hogar, porque dice que en un futuro quiere ser contadora. “Estudio para terminar con la pobreza”, responde muy certera.

Nadie mira por la ventana las rocas rojas de la montaña que pasan a un costado del camión, tampoco el barranco pronunciado del otro extremo, ni el brote de agua unos metros abajo del camino de terracería.
En el municipio de destino Nayeli renta un cuarto por mil 250 pesos al mes. Guarda 250 pesos para el gasto semanal. Su papá, empleado de la presidencia municipal, le ayuda a pagar los estudios. Su mamá le prepara comida y le teje ropa para disminuir los gastos.

Como ella, al menos 20 estudiantes –la mitad mujeres– viajan con el mismo propósito. Algunas de las pasajeras se quejan de que si bien estudian la universidad, lo hacen bajo la limitada oferta educativa que el estado les ofrece a las mujeres (carreras de turismo o enfermería).

Pasado el mediodía, la temperatura en el autobús aumenta y el calor no encuentra escapatoria. El sudor cae por debajo de los párpados dormidos de las y los viajeros.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), del total de la población de cinco y más años en Nicolás Flores sólo una tercera parte (2 mil 616 personas) cuenta con educación primaria, y el promedio de escolaridad es de seis años.

Las y los jóvenes que no abordaron el camión, pero que fueron a despedir a Nayeli no pudieron continuar sus estudios porque, relata la joven, muy pocos pueden cubrir los gastos y la mayoría de las mujeres presentan embarazos después o durante la secundaria, mientras que muchos varones emigran a Estados Unidos.

En 2011 el municipio registró cero alumnos egresados como profesionales técnicos, y apenas 145 que terminaron la secundaria. Pese a que gran parte de su población es de la etnia otomí, sólo hay nueve primarias indígenas, ninguna escuela profesional técnica, un bachillerato y ninguna escuela en formación para el trabajo.

Luego de dos horas, el camión hace la última parada. Una joven pregunta por el costo del viaje. El conductor le echa un vistazo rápido (a modo de estudio socioeconómico) y le responde: “Si eres estudiante cobro 35 pesos”.

Al terminar el viaje de casi tres horas, Nayeli se despide y después de pensarlo un poco responde la última pregunta. Cuando acabe la carrera regresará a Nicolás Flores para trabajar en el ayuntamiento y ayudar a administrar los recursos, a fin de que el dinero “se gaste en lo que realmente se necesita”.

Fuente: Rotativo.com.mx

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