Chiautla: Concepto y Fundación

By on septiembre 28, 2015
Chiautla

Por: Gildardo Cilia López

¿En verdad todo cambia?, ¿Qué queda?, ¿Qué se va?

El Lodo Sagrado

Llueve pertinazmente. Mi vista se empaña con la lluvia, no alcanzo a percibir el tamaño ni la profundidad de los charcos; me resbalo y caigo continuamente en ellos. Soy víctima de mi torpeza, de mi corta visión. Tiempo después soy yo el que intencionalmente se mete a hoyos turbios; chapoteó entusiasmado, quiero sentir la sensación del lodo. Pese a que trastabillo continuamente, empecinado continuó la marcha, sin entender qué es lo que quiero encontrar. Me detengo, percibo pequeños círculos que se mueven en las pozas y en las aguas estancadas: un sinfín de renacuajos y otros anfibios nadan de un lado a otro; también escucho el estridente croar de las ranas. El hábitat me hace reaccionar; surge un destello: el lodo es creación y vida: es barro. ¡Chiautla es lodo sagrado!

Se ha despejado el cielo. Misteriosamente, en medio de la bruma, los rayos del sol matizan el paisaje; contemplo en el campo, en los matorrales, un sortilegio de serpentinas. Torpemente camino sobre surcos cenagosos. No me importa la solidez de los terrenos, quiero encontrar la ruta del retorno. Remonto una pendiente. En la cima contemplo un sinfín de veredas y de ensanchados caminos, que como arterias parece que salen de un mismo destino y llegan a un mismo destino; todo parece circular en torno a un mismo corazón: ¡el corazón de Chiautla! Cardinalmente distingo la cúpula del templo de San Agustín. La vista se torna majestuosa: gloria y poder se conjugan. El templo sobresale al hormiguero humano: la estructura se erige sobre la cúspide de Cerro de San José. El efecto visual se torna grandioso. Llega la calma, creo comprender un mensaje que deviene del pasado: ¡Dios es más que el hombre!

De regreso a Chiautla, decido no llegar a casa, en lugar de ello recorro sus cuatro barrios. Recreo una historia ancestral, percibo que lo que veo es herencia de lo que existió desde un principio; desde la fundación de un pueblo nativo: de un altepetl llamado Chiautlan.

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Al contemplar sus plazas y sus calles, mi imaginación se desborda, configuro una estructura de jerarquías:

  • En el centro o cabecera, la existencia de un templo o el tecpan de la deidad que le daba razón de ser a la unidad espiritual y política del pueblo; ahí residía el tlatoani o señor principal. Concibo que sobre sus ruinas (Dios sobre Dios) se montara tiempo después el monumental templo de San Agustín Obispo.
  • En forma circundante al templo, el conjunto de casas señoriales, donde residían los nobles con mayor linaje o cercanos a la sangre del señor principal: los tetecuhtin.
  • En los barrios (calpultin), las casas y chozas de nobles de menor jerarquía, emparentados en forma más lejana con el señor principal (los pipiltin), así como los no parientes y grupos de personas que se avecindaron tardíamente en el pueblo (los macehualtin).
  • Los cuatro barrios principales: Tlanichiautla, San Miguel, Xochitl y Acatlán, se distinguen por sus pequeñas iglesias, cada cual con su virgen o su santo patrona; en donde al remontarme en el tiempo, me imagino que se ubicaban los teocalis de los calputin con sus dioses tutelares1.

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Disertación sobre el Altepetl

La estructura geopolítica del pueblo de Chiautla es lo que realmente se ha sobrepuesto al tiempo. La conquista, más que destrucción, significó adaptación: ampliar las jerarquías y el sistema tributario. El régimen de poliarquías se reproducía en la cabecera y en cada barrio y en cada estancia. De modo que en el periodo novohispano la estructura político – administrativa se mantuvo en su esencia: cada barrio o estancia sin importar su tamaño, aunque fuese de diez casas o vecinos, tenía su iglesia (en sustitución del teocali) y sus autoridades: mandón o principal, justicia y alguacil. El tributo también recorría el camino de las jerarquías: iba de las estancias a los barrios (capultin); de los barrios a los señores principales (pipiltín); de los señores principales al mandón de la cabecera (tlatoani) y del mandón a los hombres blancos que recién se estaban incorporando a la vida – en la vida – del pueblo.

Era factible destruir los teocalis, pero no el espíritu que le daba su razón de ser a los pueblos nativos. Todo se transformó en adaptación. Los recién llegados -en la cúspide de la pirámide de la autoridad- le permitieron al Pueblo de Chiautlan, conservar su gobernabilidad: elegir a sus gobernantes y mantener el régimen de tutelaje, respetando su cohesión interna; así como negociar las condiciones del vasallaje de servicio que se le iba imponer. Las huellas de esa historia perviven de alguna forma y nos remontan a las características histórico-sociales originales del Pueblo: los pipiltin (los de linaje) y los macehualtin (los del pueblo).

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Las iglesias se erigieron en cada barrio y en cada estancia. Se tenían que desterrar las falsas creencias: era necesario demoler y enterrar los teocalis que existían invariablemente en cada lugar donde había un asentamiento humano. En Chiautla, en 1535, con el arribo de los misioneros Agustinos, se inició la construcción de la primera iglesia dedicada a la Virgen de la Asunción, en el barrio de Tlanichiautla. Tiempo después (alrededor de quince años después) dio inicio la edificación del monumental templo de San Agustín Obispo.

Los nuevos señores (los misioneros agustinos), trajeron consigo una nueva modalidad: no se tenía que ensanchar la pirámide para sobreponer una nueva plataforma y hacer crecer los peldaños para acercarse más al Dios tutelar. Con todos los medios humanos y físicos a su alcance – incluso con las piedras del tecpan y de cada monumento adoratorio disponible – dirigieron en la cabecera del pueblo nativo, la construcción de una estructura que combinaba espacios lineales y curvos: cóncavos y convexos; que requería de cimientos, columnas y arcos para soportar la magistral bóveda de cal y canto de 55 varas (alrededor de 46 metros) de largo: del altar mayor a la puerta principal; de 13 varas ( 11 metros) de ancho y de 18 varas (15 metros) de alto; así como la carga de una extraordinaria cúpula y de una admirable torre-campanario, que evocan la última etapa del barroco y el inicio del neoclasicismo.

La planta del templo se extiende en brazos de cruz latina y en el exterior, se erigió un atrio-cementerio de una dimensión extraordinaria. La parte central de la explanada se desplaza en línea recta entre la entrada principal del templo y la puerta principal del atrio-cementerio; separando en forma equidistante los espacios doctrinarios y de lo que fue el panteón principal, esto es, donde se inhumaba a los señores principales. Por la monumentalidad del templo de San Agustín, su edificación duró más de una centuria: de mediados del Siglo XVI a la sexta o séptima década del Siglo XVII; aun cuando por los efectos de un temblor, el templo fue objeto de reconstrucción en la primera mitad del siglo XVIII[2].

Las iglesias de los barrios también cuentan con atrios de proporciones considerables. Se seguía lo que dictaban las leyes de las Siete Partidas (siglo XIII): la sepultura de todo cristiano debería estar lo más cercano de las iglesias y los conventos, para rogar a Dios por ellos e impedir que el diablo y los espíritus malignos se acercaran a sus tumbas, como lo hacía con las de aquellos que permanecían fuera de estos espacios religiosos. Era necesario, en consecuencia, que las sepulturas estuvieran en el atrio de las iglesias y no en otros lugares, en los campos, como si los difuntos hubieran sido bestias.

Contemporáneamente al arribo de los Agustinos a Chiautla, Carlos V, en 1539, promulgó un edicto que le permitía a los vecinos y naturales de las Indias ser enterrados en los monasterios o iglesias, sin que se les pusiera impedimento alguno; enalteciendo su condición de hijos de Dios y en la línea de lo que dictaba la Bula Sublimis Deus del Papá Pablo III, quien en 1537 había zanjado el debate sobre si los indios estaban dotados de un alma racional, al reconocer que al tener estos alma, tenían derecho a su libertad, a disponer de sus posesiones y a la vez, derecho a abrazar la fe en Cristo.

Piedra sobre piedra, era necesario hacer desaparecer las figuras que enaltecían el origen histórico de los pueblos, entre ellos Chiautlan, que sólo eran prueba de la existencia del maligno; esto es, se tenían que destruir las esculturas que reproducían “ídolos” y las estructuras cuyas piedras colocadas en forma circular o serpentina invocaban al culto de demonios. Tenían que desaparecer aquellos extraños seres que explicaban el todo indígena: la tierra, el inframundo, el sol, la luna, el viento, el agua, la guerra, Venus: el fin y el renacimiento. No debía existir advocación alguna a la serpiente emplumada, la divinidad principal en las tierras mixtecas y Dios tutelar de un importante número de pueblos y estancias, entre ellos: Cohetzala.

No era difícil adaptase al nuevo Dios. Sus sienes, su cuerpo y sus miembros ensangrentados, parecían reproducir las penitencias habituales de los pobladores y los sacrificios rituales de los señores principales y sus sacerdotes; quienes se laceraban con espinas de diferentes cactus, incluso, hasta en sus partes pudendas. El concepto de resurrección se conjugó con la creencia nativa de que existía una vida después de la muerte: el cielo cristiano se asemejaba al paraíso terrenal llamado Tlalocan, donde las animas de los difuntos gozaban de una felicidad perpetua y se podía disfrutar sin pena alguna de regocijos y refrigerios, porque jamás faltaba “mazorcas de maíz verdes, calabazas y ramitos de bledos, ají verde y jitomates y frijoles verdes en vaina y flores”. Así, la celebración de ‘Todos los Santos’, significó una readaptación ritual, porque evocaba el mayor de los misticismos de los pueblos nativos: la muerte.

El bautizo también se adaptaba a las creencias de los pueblos nativos. Se parecía a un antiguo ritual de las parteras, quienes al cortar el cordón umbilical vertían agua sobre los recién nacidos “rogando a Chalchiuhtlicue (la diosa del agua) que se llevara los males del nuevo ser en la corriente del líquido”[3]

El único y verdadero Dios, contaba con un sin número de santos, a los que los nuevos señores también veneraban. Todo era sorpresa: sí, era posible percibir la imagen del único Dios, crucificado, atormentado; pero también la de santos martirizados y vírgenes afligidas, con semblantes y ojos piadosos. De modo que los pueblos en un sincretismo admirable, adoptaron a sus patronas y patronos, intercambiándolos por sus dioses tutelares. El pueblo nativo de Chiautlan no fue la excepción: su cabecera, sus barrios y sus estancias adoptaron sus patronos y patronas: San Agustín Obispo, la Virgen de la Asunción, San Miguel Arcángel y la Virgen de la Candelaria.

Tiempo más tarde la concepción jesuita antagonizó con la visión de los primeros misioneros. Su sincretismo universal trasformó todo en una sorprendente identidad, que terminó por fundar los símbolos de una nueva nacionalidad. Los nativos no eran distantes a Dios, por lo contrario, “eran desde antes de la llegada de los españoles conversos a la verdadera fe”4. Dios omnipresente estaba en las raíces de los pueblos prehispánicos: la Tonatzin era la prueba palpable de la presencia de la Virgen María y surgió la increíble hipótesis de que Quetzalcóatl era en realidad el Apóstol Santo Tomás, convirtiéndolo en el primer evangelizador de estas tierras. El horizonte imaginario jesuita tenía un sustento lógico: existía la predisposición de los pueblos nativos para aceptar la nueva fe y las similitudes rituales eran vestigio de una evangelización anterior, que permanecía latente en la memoria de los pueblos nativos; todo ello (se concluía) había hecho permisible la rápida conversión espiritual.

La diferencia entre la visiones franciscana, dominica y agustina respecto a la de los jesuita era notable: “los primeros querían cristianizar a los indios, mientras que los jesuitas mexicanizaron el catolicismo” (Octavio Paz). Esto es, unos querían desterrar y enterrar a los ídolos, a los demonios; en tanto que los otros, los repatriaron y los desenterraron, asemejándolos o vinculándolos con los santos cristianos.

En el clímax del nacionalismo criollo, el juicio histórico fue más allá, tornándose adverso a la conquista. Esta había destruido una cultura, un pasado clásico: “Texcoco era la Atenas de Anáhuac y Nezahualcóyotl el Solón de aquellos pueblos”5. Sobre esa admirable comparación se construyó el marco ideológico, que derivó en el afecto, la identidad y adhesión a una nueva patria. Y es que el surgimiento del concepto patria en México, está indisolublemente ligado a la exaltación del pasado indígena, descrita magistralmente por jesuitas como Francisco Javier Clavijero, autor de la Historia Antigua de México.

Ahora el concepto de patria parece en desuso y trasnochado ante el ámbito frívolo de la globalización; pero en el siglo XVIII y en la primera década del siglo XIX, unificó al mundo criollo en torno a la idea de un México independiente, libre y soberano. ¿Será que en el entorno de la globalidad, ya no es necesario sentir orgullo por nuestras raíces y por nuestra cultura; por la creatividad de nuestra gente?

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Me detengo en una farmacia, converso con un gran amigo, me habla de una “Ciudad Pérdida”, ubicada en la Localidad de San Francisco, en donde me comenta que se encuentran vestigios de las casas de los que fueron los primeros fundadores de Chiautla. No lo refuto, pero pienso que la actual ubicación de la población y su estructura, descrita en una etapa temprana de la ‘Colonia’, en 1571 6, explica por sí misma la unidad de un todo: religión, política y economía; por lo que me atrevo a pensar que esta “Ciudad Pérdida” fue una estancia de Chiautlan o, en su caso, que es un asentamiento precedente a su fundación. No debe olvidarse que la presencia de grupos humanos en la región data de hace tres mil años.

Cae el ardiente sol de mediodía. Se ha secado el lodo en mi ropa, moronas de tierra recorren mi piel; el roce incomodo de los granos de lodo y arena han irritado mis pies. Me doy cuenta que la gente al mirarme se ríe socarronamente. Es tiempo de regresar a casa. Me baño, almuerzo, reposo, duermo y sueño con el lodo vivo: el que explica la fundación de un altepetl, llamado Chiautlan.

(Continuará)

1 Hacía un modelo general para entender la estructura político-territorial del Estado nativo mesoamericano (Altepetl). Gutiérrez Mendoza Gerardo, página. 50; en el “ El poder compartido. Ensayos sobre la arqueología de organizaciones políticas segmentarias y oligárquicas. Annick Dameels y Gerardo Gutiérrez Mendoza (Editores). Primera Edición 2012.

[2] Inventario del Archivo Parroquial de San Agustín Obispo, Chiautla, Puebla. Documento en Internet.

[3] Las primeras pilas de bautizo. Daniel Díaz. En la revista Relatos de Historia. Número 80, pgina 69.

4 Arturo Warman. “Indios y naciones del indigenismo”. Nexos, núm. 2, febrero 1978. p 8

5 Cita tomada de Héctor Aguilar Camín. “Notas sobre nacionalismo e identidad nacional”. Nexos, núm. 72, julio de 1993. p. 3

6 . Gutiérrez Mendoza Gerardo. Op. Cit. Página 50.

2 Comments

  1. quiroz martin

    septiembre 30, 2015 at 11:05 pm

    Ud. escribio el libro?? Porque yo tengo otro que escribio el maestro Ruiz Islas. esta muy Bueno lo felicito donde se podria encontrar me gusta saver mas de mis raices chiautecas

    • Gildardo Cilia López

      Gildardo Cilia López

      octubre 1, 2015 at 2:46 pm

      En realidad este artículo forma parte de un ensayo más amplio. Si así lo considera “Impulso Informativo”, se seguirá publicando en el diario digital.

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