La Lucha de los Pueblos del Sur: el Plan de Ayala y las Leyes

By on abril 5, 2016
Emiliano Zapata

Chiautla de Tapia

Gildardo Cilia López

Por: Gildardo Cilia López

(Primera Parte)

Las palabras no se dicen, se sienten, se viven; reflejan el espíritu y el carácter de los hombres. Las pronunciadas por Zapata al lanzar la proclama histórica calaron a los humildes y siempre valerosos hombres del Sur; por eso nunca las olvidaron, por eso forman parte de su memoria histórica:

         Los que no tengan miedo, que pasen a firmar”

Las palabras de Zapata reproducen también una forma de ser, una actitud frente al peligro; una manera de enfrentar la vida:

         “No los quiero muy hombres, nomás que se paren bien”

Decepción y ruptura

La misiva remitida por Emiliano Zapata al presidente de México, Francisco León de la Barra, fechada en septiembre de 1911, textualmente señala lo siguiente: “Que se dé a los pueblos lo que en justicia merecen en cuanto tierras, montes y aguas, que ha sido el origen de la presente contrarrevolución”. Además de establecer el sentido cualitativo de su causa, sobresale en este mensaje el uso de un término: contrarrevolución; que es el preámbulo del anuncio de la rebelión de Ejército Libertador del Sur contra Francisco I Madero.

Francisco León de la Barra Francisco León de la Barra

Existía desde mediados de 1911, en Zapata, una amarga decepción provocada por la posición moderada y conciliadora de Madero con los porfiristas. Mientras éste conciliaba o trataba de contener a las fuerzas federales, el Ejército del Sur y los pueblos que lo cobijaban y protegían eran víctimas de un ataque atroz comandado y planeado por Victoriano Huerta, un hombre taimado, delirante de poder.

Victoriano Huerta Victoriano Huerta

Es difícil entender a Madero, su fortaleza moral había encauzado al país contra un régimen que se había perpetuado por más de 30 años, cuyo soporte había sido la injusticia, la desigualdad y la opresión. En su buena fe, no quiso comprender que a quien trataba de contener era un fiel adherente al antiguo régimen, que con las prácticas habituales quería imponer la pacificación de la región, haciendo un uso indiscriminado de la fuerza, sembrando el terror y la desolación. Esa fe de Madero lo hacía perdonar hasta el desacato y la mentira, ante la evidencia no quiso entender cabalmente que lo que se estaba gestando era la traición: el desarrollo embrionario de su propia inmolación.

En octubre 26 de 1911, Francisco I. Madero hace la siguiente declaración:

“…yo hice lo posible porque depusiera las armas Zapata en Cuautla. Como ya había estado en Morelos y conocía la situación, antes de hablar con Zapata, conferencié con el señor Presidente (Francisco León de la Barra)…

(De la Barra) acordó las medidas que yo aconsejaba, en Consejo de Ministros y con ese acuerdo me fui a Cuautla (en agosto de 1911) y logré que Zapata depusiera las armas; pero, como una de las condiciones estipuladas y principales era que las fuerzas federales no avanzarían y éstas seguían avanzando, se me dificultó que fuese mayor el número de armas que entregaran las fuerzas de Zapata, porque éste tenía desconfianza de que no se le cumpliera lo que le ofrecía, en virtud de que, a pesar de mis ofrecimientos de que las fuerzas no avanzarían, éstas seguían acercándose a Cuautla.

descarga  Zapata y Madero

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(Y añade) Si las fuerzas federales no han podido obrar contra Zapata es, en primer lugar, porque es muy difícil que las tropas de línea persigan a partidas como las de Zapata y en segundo, porque el jefe que estuvo la mayor parte del tiempo al frente de las fuerzas federales lo era el general Huerta, quien observó una conducta verdaderamente inexplicable por cuyo motivo, desde un principio, propuse yo que fueran dichas fuerzas dirigidas por otro jefe; pero tampoco se tuvo en cuenta mi indicación”.

En octubre 31 de 1911, Madero en respuesta a una misiva remitida por Victoriano Huerta, reitera:

“Pues bien, a mi llegada a la capital de la República supe que me había usted engañado, pues efectivamente habían avanzado sus tropas rumbo a Yautepec. Este movimiento en sí no hubiese tenido gran importancia si no hubiera sido por haberme usted afirmado lo contrario.

Después, cuando estaba yo en Cuautla, en los arreglos con Zapata, siguió usted avanzando a Yautepec y acercándose a Cuautla sin recibir órdenes expresas del Presidente de la República, ni del Sub- Secretario de Guerra, con lo cual entorpeció usted mis gestiones y al fin se rompieron las hostilidades haciendo infructuosos mis esfuerzos y hasta habiendo puesto en peligro mi vida, pues Zapata muy bien hubiera podido creer que yo lo engañaba, porque de Cuernavaca le telegrafié que usted no avanzaba sobre Yautepec…y después le dije que las tropas de usted no se acercarían a Cuautla y habiendo sido lo contrario…”

HuertayMadero_2 Madero y Huerta

Madero tenía razón, en agosto de 1911, la actitud desleal de Huerta lo había hecho padecer la justa indignación de Zapata:

“Zapata preguntó a Madero dónde estaba la autoridad del jefe de la Revolución, y añadió: <acuérdese usted, señor Madero, que al pueblo no se le engaña y si usted no cumple sus compromisos, con las mismas armas que lo elevamos, lo derrocaremos>”[1].

Zapata con gran juicio, le advierte también a Madero que está siendo copado por fuerzas conservadoras y que él mismo se estaba exponiendo a la abyección:

(Madero le contestó) <No, General Zapata, voy a México y, arreglaré todo. Esta actitud de Huerta ni yo mismo me la explico>. <Se me hace que no va a haber más leyes que las muelles -respondió Zapata, mostrándole su 30-30-; mientras se siga desarmando a los elementos revolucionarios y se les dé apoyo a las fuerzas federales, la revolución y usted mismo están en peligro. Claro vemos que cada día se entrega usted más en manos de los enemigos de la revolución>.»2

Tal vez la intención de Huerta era deshacerse del hombre que había encabezado el derrocamiento de Díaz y propiciar que los porfiristas recuperaran el país que habían perdido; es decir, quería engendrar el caos que le daba opción al retroceso. El sacrificio de Madero en manos de los zapatistas, además hubiera permitido contar con la excusa perfecta para arremeter contra la fuerza opositora que habían acelerado la renuncia de Diaz y reinstaurar el mundo de privilegios de los que habían detentado el poder político y económico de la región: los hacendados. Sólo la conciencia de Zapata, posibilitó no caer en semejante provocación, la reflexión se impuso a la indignación:

eufemio_zapata_salazar Eufemio Zapata

Eufemio Zapata sugirió la conveniencia de aprehender a Madero, añadiendo que estaba <muy tierno para jefe de la revolución, sería bueno quebrarlo>. Emiliano respondió: <No, Eufemio, sería una grave responsabilidad para nosotros y no debemos cargar con ella>. Entonces se dirigió a Madero diciéndole que se fuera a México. «y déjenos aquí, nosotros nos entenderemos con los federales, ya veremos cómo cumple usted cuando suba al poder…”3

La desconfianza sembrada en agosto de 1911 echó raíces. La correspondencia durante noviembre de ese año, demuestra un impasse en las negociaciones: Madero se había tornado inflexible y Zapata sumamente desconfiado, no creía en los ofrecimientos. El 2 de noviembre Madero le remite el siguiente telegrama a Gabriel Robles Domínguez – otro hombre tal vez de buena fe – que buscaba la reconciliación entre las partes:

“Suplico a usted haga saber a Zapata que lo único que puedo aceptar es que inmediatamente se rinda a discreción y que todos sus soldados depongan inmediatamente las armas. En este caso indultaré a sus soldados del delito de rebelión y a él se le darán pasaportes para que vaya a radicarse temporalmente fuera del Estado”.

Zapata el 6 de noviembre, en su carta de felicitación por la toma de protesta como Presidente de la República, le informa a Madero que sigue siendo víctima de las maquinaciones de sus enemigos y del hostigamiento de las fuerzas federales:

“Las maquinaciones de los reyistas: Hernández, Figueroa, Huerta, Almazán, que sólo buscan el medro personal, se han estrellado ante la roca de la justicia y de la voluntad del pueblo.

Abraham González y Victoriano Huerta Portada de "La Revolución de Chihuahua en las páginas del periódico El Padre Padilla" Tomo i

Abraham González y Victoriano Huerta
Portada de «La Revolución de Chihuahua en las páginas del periódico El Padre Padilla» Tomo La causa que defendimos y seguimos defendiendo, descansa en la fuerte palanca del pueblo, y las causas así, son invencibles.

El pueblo de Morelos lo ha probado, defendiéndose contra sus opresores y tiranos, como Figueroa y federales que asesinan y matan, anegando en sangre nuestros hogares, nuestros campos; pero la justicia de Dios y del pueblo caerá sobre la cabeza de los asesinos de nuestros hermanos que desolan a los pueblos con una guerra de exterminio de africanos y de turcos”.

Al concluir con las negociaciones entabladas con Robles Dominguez, en Villa de Ayala, en noviembre de 1911, establece entre otras condiciones para su rendición, las siguientes que cito textualmente:

  • “Se retirará del Gobierno del Estado al C. General Ambrosio Figueroa.
  • Se concederá indulto general a todos los alzados en armas.
  • Se dará una ley agraria procurando mejorar la condición del trabajador del campo. 
  • Las tropas federales se retirarán de las poblaciones del Estado que actualmente ocupan. El plazo en que deben retirarse esas fuerzas quedará al prudente arbitrio del señor Presidente de la República; mas el general Zapata, en representación de sus compañeros de armas y por sí mismo, pide respetuosamente al señor Madero que este plazo no exceda de cuarenta y cinco días.
  • Mientras se retiran las fuerzas federales quedarán armados quinientos hombres de las fuerzas del general Zapata…El jefe de estas fuerzas será designado por el señor Madero, pero el general Zapata por sí en representación de sus segundos jefes, respetuosamente pide que la elección recaiga en la persona del señor don Raúl Madero o Eufemio Zapata…”

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Ayoxuxtla, noviembre de 1911

Zapata sabía que no había voluntad para aceptar los términos de su rendición; además la carta remitida por Madero, lo hicieron comprender que la prioridad no era cambiar el orden de las cosas, que lo que se quería era simplemente su rendición incondicional. De modo, que no creyó en el siguiente ofrecimiento de Robles Domínguez: Usted y con usted el pueblo de Morelos, tiene derecho a exigir el cumplimiento de las promesas de la revolución, sobre todo en lo que se refiere a la repartición de tierras…por lo que hace al cumplimiento de los ofrecimientos de la revolución, seguramente que el señor Madero los cumplirá…Además prometo solemnemente bajo mi palabra de honor, de que antes de tres meses se hará el reparto de tierras a los agricultores pobres”.

La ruptura era definitiva. Bajo esta circunstancia había que darse tiempo para aclarar el contenido y sentido de las causas que explicaban la lucha, con un lenguaje sencillo y directo, que resultara comprensible para los prosélitos y la gente humilde de los pueblos e informar con esas mismas palabras a la opinión pública. Sobre todo, se tenía que aclarar el nuevo derrotero que se seguía, porque el movimiento zapatista se rebelaba ahora contra la revolución que había encabezado Madero, tal como lo habían hecho contra el régimen autocrático de Diaz.

Era importante, pues, plasmar en un documento las causas que explicaban lo que ahora sí podían concebir como su propia revolución; más que democracia, lo que perseguían era la anhelada justicia, que se les había negado durante casi cuatro siglos de explotación, oprobio y marginación. La inequidad – es más – se había acentuado en el siglo XIX, particularmente durante el régimen porfirista; por eso la proclama reivindicativa firmada por los zapatistas en Ayoxuxtla privilegia a la justicia sobre cualquier otro principio. Ese es su valor inapreciable, tal vez por eso la proclama sea la más auténtica de la Revolución Mexicana.

Zapata también sabía que los que lo seguían estaban tan o más desconfiados que él. Su gente se había lanzado a la contienda armada esperanzada en encontrar la justicia que sentía merecer; de modo que aunque el mediador Robles Dominguez hubiese podido tener las mejores intenciones, olía a un “millonario más que sólo quería engatusar a Zapata, tal como lo había tratado de hacer Madero” y desde luego no estaba dispuesta a deponer las armas, porque todo a partir de agosto de 1911, olía a deslealtad: olía a traición.

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Zapata, subrayo, encarna la máxima aspiración de los pueblos; por eso sus hombres confían plenamente en él: lo procuran y lo protegen. Esa pausa para pensar y poner en claro las ideas, no la podía hacer en los pueblos de Morelos, siempre asediados; tenía que encontrar el lugar idóneo en otra región, que estratégicamente le proporcionara la seguridad requerida. De modo que se traslada a los pueblos del Sur de Puebla y son los hombres de esta región: de la Baja Mixteca, los que salvaguardan con consejos su vida.

En el excelente texto de Rosalind Rosoff y Anita Aguilar: “Así Firmaron el Plan de Ayala”, en el que recopilan en 1973 los testimonios de tres viejos zapatistas, Don Francisco Mercado un ilustre hombre de Chiautla, narra lo siguiente:

el plan de ayala-revista el metiche-por soto El Metiche

(En) “los ratos que platicaba el profesor Montaño con el jefe Zapata, éste quería que hubiera un Plan porque nos tenían por puros bandidos y comevacas y asesinos y que no peleábamos por una bandera, y ya don Emiliano quiso que se hiciera este Plan de Ayala para que fuera nuestra bandera. <Pero no podemos aquí, compadre -le decía Montaño-. Cuatro o cinco veces nos atacan en el día.> Zapata dijo: <Pues, nos iremos para otro Estado donde podamos>”.

Los hombres de la mixteca concibieron que su gran deber era preservar la vida de Zapata: era más importante la vida de él que la de ellos mismos. Su lealtad no tuvo límites:

“Bajamos al Salado, y del Salado a Jolalpa. Y llegamos a Jolalpa que allí quería el jefe que se hiciera el Plan, pero Manuel Vergara dijo: <No, jefe, aquí nos embotellan, y puede usted morir, y lo debemos de cuidar. ¡Nosotros qué, pero usted no! No hay otro Emiliano…Debemos de cuidarlo. Mi rancho está campo abierto, por dondequiera les jugamos.> <No, aquí nomás nos ponemos…No, jefe, se duermen o hay algún trastorno y nos acaban, y a usted principalmente. Allí lo salvamos>”

Ya en Miquetzingo, en un lugar barranca abajo, Zapata encontró el sitio para discernir con Montaño y elaborar el Plan:

“Tío Manuel también mandó traer plumas, palillos y papel a Huehuetlán…(Nosotros) nos fuimos para El Platanar, para Pilcaya, Cohetzala y llegamos a Ayoxustla y anduvimos por allá y todas las tardes veníamos a Miquetzingo a ver lo que habían hecho. Y no le gustaba al jefe lo que habían escrito… <No compadre, le falta éste y le falta el otro>.< Nomás sacudía la cabeza Montaño>

Pues total, que (nos íbamos) y volvíamos todos los días. Desde el día doce de noviembre que llegamos a Miquetzingo, hasta el dieciocho le gustó (el Plan) al jefe. <Ahora sí, compadre. Ahora sí me gustó, está bueno. Entonces que se vayan seis, ocho a avisarles. Que se rieguen para que inviten a todos los compañeros para que el día 28 sea la firma en Ayoxustla.< Ya le había gustado (el texto del Plan de Ayala) al jefe>”.

emiliano_zapata_800 Plan de Ayala

Don Francisco Mercado, relata que se juntaron tres mil o cuatro mil hombres en la región que rodea Ayoxuxtla, la mayoría de ellos subían por diferentes rancherías o estancias, como la de Tempomaxtla. Como es de suponer algunas partidas se ubicaron estratégicamente para evitar cualquier sorpresa y dar la voz de alerta sobre el avance hacia Ayoxuxtla de fuerzas contrarias: al sur en Cohetzala y al norte en Jolalpa y los Linderos. Desde esta última población, de menos de 50 habitantes, en la altitud de la sierra, se puede observar Chiautla, en donde había un contingente de fuerzas federales; así como el valle que lo rodea, entre cerros que evocan el sacrificio, el esfuerzo y la resistencia.

Se dice que Zapata llegó a Ayoxuxtla, con su Estado Mayor, alrededor de 50 hombres, el 26 de noviembre; previamente había mandado a gente de avanzada para informar a sus habitantes que allí se iba a realizar una reunión. Había que prevenirles para que juntaran pastura y maíz y tortillas, por eso la gente de Ayoxuxtla tuvo “que pedir ayuda a comunidades vecinas –Santa María Cohetzala, Santa Mónica, Pilcaya y Centeocala-, de donde solidarios enviaron más pastura, maíz y hasta tortillas”4.

Resulta un enigma saber porque llegó Zapata dos días antes de la fecha por él convocada, tal vez había que afinar algunos detalles y hacer algunas correcciones o reescribir el texto manuscrito del Plan de Ayala. Se dice que en esa población lo siguieron trabajando, que trasnocharon; que Montaño le dio lectura el día 28 y que Zapata de acuerdo con el relato de los tres veteranos testigos del Plan de Ayala, interrumpía la lectura preguntando: ¿Están conforme señores?.

Cuando término la lectura Zapata les dijo:

“Todos los jefes pasen a firmar. ¡Los que no tengan miedo!”

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Los que firmaron eran en su gran mayoría del Pueblo de Anenecuilco y de la Mixteca Poblana. Don Cristóbal Domínguez, otro zapatista de la región entrevistado por Rosalind Rosoff y Anita Díaz señala: “Nosotros estábamos allí, cerca, nosotros firmamos. Nosotros somos del Estado de Puebla, y nosotros somos los que defendíamos legítimamente al general Zapata, nuestro general…”

El Capitán Francisco Mercado – como su tío el Coronel Manuel Vergara – tampoco tuvo miedo: “La vida estaba de un hilo, pues andábamos en eso. No porque dijeran: <Este firmó, fusílenlo. Si nos tocaba…, teníamos que morir>”.

La convocatoria en Ayoxuxtla para Zapata tuvo un gran significado histórico, logró aglutinar a su gente en torno al principio inalienable de la justicia; a partir de ese momento el movimiento tenía pendón y bandera. Sólo quedaba construir la nueva patria que se quería: “Reforma, Libertad, Justicia y Ley”, es decir: “Tierra y Libertad”.

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La Baja Mixteca Poblana es una región de cerros y de hondonadas profundas, de múltiples cañadas y barrancas; el sol da a plomo y parece que nunca se va, porque aún en las noches el calor es intenso, febril. Ese hábitat ha moldeado el carácter y la templanza de los hombres; prevalece en ellos los principios de lealtad y de solidaridad y los sentimientos de arraigo y de nostalgia. Todos estos elementos han propiciado la sobrevivencia de los pueblos a pesar de su lamentable adversidad; porque los sueños de los hombres de la Revolución Zapatista distan mucho de haberse cumplido.

En ese paisaje de murmullos de la naturaleza: en donde el espacio silente se conjuga con una sonoridad diáfana; en donde las palabras que se pronuncian adquieren la dimensión del eco; en donde si uno es atento, con la acústica se puede escuchar hasta los latidos del alma, Zapata encontró el remanso que necesitaba para darle a la lucha el contenido histórico que requería: ¡justicia para los pueblos!

En esa tierra que evoca a la eternidad, se dio un salto mayúsculo: la rebelión de los pueblos del sur se transformó fehacientemente en una revolución.

[1] Valentín López Gonzáles. Biografía de Emiliano Zapata, en documentos sobre Emiliano Zapata (Internet).

2 Ibidem.

3 Ibidem.

4 Testimonio de don Irineo Espinosa Sánchez, en “Cuatro testimonios de veteranos Zapatistas”, Plutarco García Jiménez, Coordinador. (Documento en Internet).

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