Pesadillas navideñas

By on diciembre 24, 2016
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Infancia y Sociedad

infancia y sociedad

Andrea Bárcena
hypatia.alejandria18@gmail.com
Cuando mi abuela decía “anoche soñé…” todos nos sentábamos a su alrededor para escuchar larguísimas historias absurdas y divertidas. Yo heredé esa cualidad, que disfruto mucho casi siempre, porque a veces me tocan pesadillas de esas que se quieren olvidar de inmediato. Una vez, de niña, soñé que Santaclós me traía una muñeca con carita de borrego. Otra, que el mar se salía, y eso que no había oído hablar de los tsunamis. Supongo que son la melancolía y la angustia de fin de año lo que produce esas pesadillas. Anoche, por ejemplo, soñé que vivía en un país espantoso en el que todos los habitantes mentían y se hacían trampas unos a otros.

Los que más engañaban eran los jefes: mentían casi siempre y hasta se creían sus mentiras. Eran ladrones y desvergonzados. Era época de Navidad y el periódico informaba que 80 por ciento de los niños no comían carne ni verduras y que en los hospitales faltaban doctores y medicinas. Sin embargo, a los jefes nada de eso les preocupaba y seguían llenando sus bolsillos de dinero, asignándose sueldos muchas miles de veces mayores que los que recibían maestros y obreros. Se daban a sí mismos bonos, aguinaldos y estímulos millonarios sólo por cambiar de un puesto a otro. Los pobladores de ese país estaban muy enojados, pero no sabían cómo cambiar la situación; muchos pensaban que era el destino, designio de Dios, y debían resignarse y seguir trabajando duro para poder comer, aunque fueran sólo tortillas y frijoles.

Otros pobladores estaban más enojados, pero les tenían miedo a los policías y soldados, así que se desquitaban robando y matando a los más indefensos.

Ese país empezó a llenarse de tumbas y de cadáveres escondidos: desaparecían mujeres, hombres y niños; las madres lloraban buscando a sus hijos, los estudiantes y los maestros hacían marchas interminables que perdían sus brújulas. Mientras, los jefes seguían mintiendo y robando…

De pronto, los dragones guardianes, que dormían en ignoradas cuevas, despertaban y salían a lanzar tremendas llamaradas que incendiaban el país. Yo huía entre las multitudes con amigos y familia, en un camino muy estrecho (lleno de hoyos y cámaras ocultas) y que tenía un abismo a cada lado; a punto de caer en uno, al fin desperté: estaba bañada en sudor, con la respiración y el corazón agitados. Salí corriendo a mirar desde el balcón: ¡Que alivio –pensé– era sólo un sueño! “…y los sueños, sueños son”.

(Escribí esto dos días antes de la tragedia en Tultepec. Nadie en este país debiera hoy estar jugando con fuego).

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