Laberinto y Destino

By on julio 30, 2017
destino
  • Los hilos del destino: ¿Qué tanto los teje el hombre? ¿Qué tanto los teje Dios? 
Gildardo Cilia López
Por: Gildardo Cilia López

Se dice que caminamos en un doble laberinto: en el laberinto de la razón y en el laberinto de las pasiones. Yo no lo creo así, no existe tal disociación. Sólo se camina sobre un laberinto, avanzar significa utilizar nuestro razonamiento y nuestros sentidos para poder hacer frente a las circunstancias, que se constituyen en los obstáculos que se tienen que superar para no movernos sobre una tediosa línea recta.

Cuentan que el Rey Minos, le encargó a Dédalo la construcción de una laberinto de galerías concéntricas, lleno de pasadizos y de falsas puertas, para encerrar a un Minotauro. Una vez que se entraba en él, sólo se podía mover uno de un lado a otro; se podía retroceder, incluso avanzar, pero jamás salir.

Minos símbolo del poder, dueño del laberinto y del monstruo (dice Julio Cortázar), atemorizaba a los otros pueblos. Le exigía cíclicamente a Atenas el sacrificio de siete jóvenes para ser devorados por el Minotauro en su prisión: el laberinto. Es así como el héroe ateniense Teseo, decide ir a Creta, con el propósito de matar al monstruo y liberar a su pueblo de semejante sacrificio. En el Palacio de Creta encuentra a Ariadna, hija de Minos, quien se enamora de él y cautivada, además de obsequiarle una espada mágica, le da la clave para escapar del laberinto.

Minos

La estratagema es ejemplar por su sencillez: le da un ovillo de hilo que iba devanando a medida que se adentraba en la prisión del monstruo; una vez que lo vence, enrollando el hilo logra superar lo que parecía imposible: escapar del laberinto.

El hilo conductor que lo lleva a salvo de una manera tan simple confunde a Teseo; no entiende el sentido de su verdadera historia. El héroe lleva en sus manos la cabeza del monstruo, pero no comprende que la verdadera hazaña ha sido su libertad. En la obnubilación de la victoria descarta que tenga tanto o más mérito quien había dilucidado la forma de abandonar el laberinto; tampoco comprende que al huir de Creta con Ariadna, debía de recorrer con el mismo valor el camino intrincado del extenso mar.

Por la premura de llegar a buen puerto y de evadir a los monstruos marinos, abandona a Ariadna en una ínsula desértica. El hilo de la libertad se había quedado en Creta, en el ser del héroe se había devanado un nuevo hilo: el hilo invisible de la ingratitud.

minotauro

La vida siempre es un laberinto, lo es hasta el último suspiro. El hombre al vivir en una sucesión de hechos, no ata su destino sólo a un hilo; más bien el hilo se va entretejiendo con la complejidad que tienen los caminos que se recorren. Los hilos de cada hombre sólo se hacen resistentes con el aliento de la imaginación y cuando los sentidos se aguzan.

La historia no termina ahí. Minos se enteró de quien fue estratagema para escapar del laberinto era Dédalo, el arquitecto del Laberinto; que Ariadna sólo había sido un portavoz de su ingenio. Lleno de ira el poderoso rey aprisiona a él y a su hijo Ícaro en la que había sido la cárcel del Minotauro: el laberinto.

Dédalo sabía que era imposible salir de ahí, que sólo era factible abandonarlo por los caminos del aire. Y es que la libertad invariablemente está asociada a la plasticidad del cielo, por eso el hombre desde su origen ha dirigido su vista al universo.

Dedalo

Dédalo contempla el vuelo de las aves y surge en él una idea genial, hay que imitarlas para surcar los aires y así abandonar la asombrosa prisión que él mismo había erigido. Construye dos pares de alas, unas para su hijo Ícaro y otras para él. Haciendo acopio de una gran cantidad de plumas, las fue pegando en una estructura con cera de abejas y luego las adaptó con un arnés a la espalda y los brazos.

El amor por el hijo lo lleva a concluir que lo ideal era liberarlo del laberinto. No concebía que dejarlo caminar solo en él, significaba la mejor oportunidad de despertar en Ícaro sus sentidos y su espíritu creativo. El gran artífice sabía que en el cielo también existían contratiempos y le advierte a Ícaro antes del vuelo:  “Si quieres huir conmigo del laberinto préstame atención y sigue mis consejos. Es necesario que te muevas en el justo medio de la atmósfera. Si vuelas muy bajo la humedad del agua empapará las plumas y éstas se harán muy pesadas y caerás al mar. Y si vuelas muy alto, el calor del sol derretirá la cera, se desprenderán las plumas e invariablemente también te precipitarás a las aguas profundas, pero de una mayor altura. Témele también al viento y obedece el impulso que genera su energía”.

Para proteger al hijo y evitar la adversidad, amoroso le ofrece: “yo seré tu guía y como timonel, dirigiré lo que debe ser tu cauto vuelo”. Sin la prudencia, madre de la sabiduría, que origina el recorrido por la vida; lleno de temeridad, Ícaro en el vuelo se separa de su padre. Presa del espejismo que le daba la libertad de volar, deslumbrado siente que puede tocar el carro de Helios, ignora que en el cielo el hombre todavía es más frágil; que en realidad lo que está haciendo es surcar un espacio destinado a los dioses. Su insensatez lo lleva a su cruel destino: al aproximarse al fuego solar se derriten sus alas, las alas pierden las plumas que lo sostenían en el aire; agita precipitadamente sus brazos, pero todo es inútil, le espera la profundidad del mar.

Dédalo entristecido veía las peripecias que enfrentaba su hijo, hasta hundirse en el Egeo. La vida de Ícaro se había ido en un instante, entre espejos de sol y agua. Dédalo, sollozando, comprendía que había desvirtuado el camino de Ícaro: ¡qué cada quien debe recorrer su propio laberinto, por más aciago que este fuese!

ARIADNA PUERTAS DEL LABERINTO

Metáfora sobre metáfora, el mito del Laberinto, proveniente de la Edad Minoica, (1450 años antes de Cristo), ha sido una fuente inagotable de inspiración de la cultura, la literatura y la ciencia universal. Mito de múltiples espejos, ha forjado innumerables interpretaciones. Hay quienes consideran al Minotauro no como un victimario, como sino una víctima; se conduelen de su aislamiento y su soledad. Bajo esta perspectiva, el monstruo no busca defenderse, más bien desea la muerte, ante un castigo que le impone la sed de poder de un hombre: el Rey Minos.

El mito lleva a concluir que la verdad es un conjunto de eventos que se entretejen y se ramifican, lo que hace imposible llegar a ella mediante un juicio simple. ¡Ah! y aún creyendo que hemos encontrado la verdad, toda verdad es siempre transitoria y relativa.

Caminamos no en línea recta; de hecho la línea recta no existe porque el espacio es curvo. Caminar sobre el laberinto significa hacer uso de nuestro ingenio y sentidos, alimentar nuestras capacidades: ¡forjar una personalidad! La vida laberíntica está relacionada con la evolución del hombre; sin imaginación y sin esfuerzo, se iniciaría un retroceso evolutivo.

espacio tiempo curvo

La ruta del destino.

Es posible forjar el destino, enfrentar la adversidad, pero también existe, en cada quien una especie de sino, que hace que las cosas sucedan o no sucedan. Por eso los griegos pensaban que en la vida de los hombres había un designio inevitable; que el destino estaba trazado por la mano invisible de los dioses.

¿Hasta dónde somos responsables de nuestro destino? ¿Hasta dónde actúa la mano de Dios? Nadie lo sabe. Narro una historia que relató  mi padre, cuando él tenía 15 años.

En 1925 había concluido la revolución, pero no las secuelas de la violencia. Sí, el odio a ciegas tarda mucho tiempo en irse. De modo que en esos años  cotidianamente era posible enfrentar hechos no buscados y ante tal situación, uno podía arremeter con la misma o con mayor violencia. Y es que la violencia encona, se apodera de los sentidos, perturba y puede cambiar el destino de  un hombre. Eso estuvo a punto de sucederle a mi padre:

revolución

“En cierta ocasión me encontraba bañando en los tanques que había en el barrio de Tecomaxuchitl, en Chiautla, en donde corría en aquel entonces suficiente agua en la barranca, cuando al salir y ya vestido, inesperadamente se abalanzó para golpearme un joven de más edad que yo, del que yo me defendí y a la vez ataqué. El resultado fue que me retó para enfrentarnos como fuese cuando volviéramos a vernos.

En cierta ocasión, cuando me encontraba en el Juzgado en el desempeño de mis ocupaciones  (como Comisario de Primera Instancia y de lo Criminal)… me di cuenta que en el rincón de un local, se hallaban hacinadas algunas armas de fuego y punzocortantes recogidas a los delincuentes consignados. Al estarlas revisando me gustó una pistola de mediano tamaño, de “quebrar”. Se la solicité a mi papá que era el Juez y me la concedió. Yo andaba muy ufano en la calle con el arma en el cinto, pero sin ningún pensamiento malévolo.

pistola apuntando

Sin embargo, de manera inesperada, llegó el momento de la prueba. Cuando me encontraba en el puente grande del pueblo (“El Puente de las Flores”), nuevamente se me enfrentó el enemigo gratuito que me había agredido en el barrio de Tecomaxuchitl. Se acercó a mí para atacarme con un puñal y yo instintivamente saqué mi pistola para defenderme y jalé el gatillo para disparar, por lo que mi adversario al ver esto emprendió despavorida huida.

Cuando me quede solo me di cuenta que la bala no había salido de la pistola, volví a disparar al aire y entonces sí hubo la detonación. Dios en su infinita misericordia había evitado que yo me hubiera convertido en un criminal o que mi enemigo me hubiera matado. Al día siguiente, sumamente arrepentido, devolví la pistola a mi papá, a quien le platiqué lo que me había pasado. Hice el juramento, por mí mismo, que jamás volvería a usar ninguna arma para atacar o defenderme, porque la vida de mi prójimo vale más que la mía.”

Los hilos del destino: ¿Qué tanto los teje el hombre? ¿Qué tanto los teje Dios?

One Comment

  1. Gildardo Cilia López

    julio 30, 2017 at 10:18 pm

    La edición es magnífica, lástima que el texto haya perdido secuencia involuntarianente.

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