CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En fecha reciente, Aurelio Nuño, nuestro ínclito Secretario de Educación Pública anunció la “Estrategia” para el aprendizaje masivo de la lengua inglesa dentro del sistema educativo nacional que preside, obligándonos a publicar algún comentario. Acorde con sus conocidos dislates ‒imposible olvidar la perla de su “ler”, sin el diptongo del infinitivo, por señalamiento de una niña‒, Nuño reconfirmó su incapacidad para proponer algo con visos de congruencia y volvió a certificar la ineptitud gubernamental ‒representada por él con donaire‒ para bregar con un grave problema al que sólo se busca la forma de paliarlo, o de “remediar” con grandilocuentes “estrategias” que, a fin de cuentas son, meramente, palos de ciego.

Así, cual panacea de la fraudulenta “reforma educativa”, ahora el titular de la SEP discurre que con el aprendizaje en gran escala del inglés, los educandos mexicanos podrán salir de sus baches formativos y estarán capacitados para aprovechar las oportunidades que el “mundo global” ‒otro de sus dislates, pues no capta que el planeta, por definición es global‒ les ofrece. No es el caso de ahondar mucho en la finitud y torpeza de tal iniciativa sino, más bien, de insistir en que el hecho de que los ciudadanos del futuro sean pseudo bilingües no es garantía de que estarán capacitados para saber relacionarse con sus semejantes, que sus valores serán afines a la ética, que sus capacidades intelectuales estarán bien desarrolladas y que sus herramientas emocionales para lograr desenvolverse sanamente dentro de una sociedad cada día más cambiante y convulsa serán las adecuadas. Tampoco, que serán capaces de insertarse socialmente como seres propositivos de espíritu crítico y como individuos plenos con una formación humanística e integral que les permitirá valorar su cultura en la misma medida que valorarán las de otras civilizaciones, tanto del pasado como del presente.

En todo caso, de lo que podrá estarse seguro es que los mexicanos de las siguientes generaciones serán aptos para entender los discursos vanos y las ordenanzas perentorias del imperio yanqui, mismo que sabrá aprovechar su rupestre bilingüismo para incorporarlos, sin mediadores, a su perverso engranaje de capital y mercadeo. Aunque, es necesario aclarar que nadie se opone al aprendizaje de otro idioma, al contrario, con ello se incorpora una nueva ventana para asomarse al cosmos ‒siendo previsores será igual de necesario en un futuro inminente saber mandarín‒, pero es más importante dominar ‒porque como se habla se piensa‒ primero el propio ‒lo que implica conocer su literatura y sus expresiones líricas‒ y sobre todo, entender cuál es el mecanismo que hace que el aprendizaje de una lengua se destrabe en el cerebro y se instale en la memoria.

Es precisamente ahí, en la comprensión de ese mecanismo cognitivo donde habría de centrarse, ya que como podemos anticipar, la “estrategia” aludida se implementará con las añejas taras de nuestro sistema educativo, es decir, se pondrá a maestros y niños a repetir, como loros, frases inocuas hasta que la simple repetición ‒no habrá, por supuesto, complicados análisis sintácticos, ni un estudio exhaustivo de las características fonéticas específicas‒ les meterá en la cabeza el vocabulario mínimo y las morfologías elementales del nuevo idioma. Estos serán los ciudadanos que la SEP pretende formar en el lapso de dos décadas: seres incompletos y deficientes ‒a eso habrá que agregarle la severa desnutrición, para más de la mitad de ellos, que incide en su pobre rendimiento escolar‒ que mascullarán tonterías en dos lenguas, las mismas que los jerarcas del “nuevo” PRI, empezando por su máximo líder, procesan y farfullan.

Mas centrándonos en esa cognición que permite que la mente se moldee y opere a través de un nuevo canal de comunicación, hay que enfatizar que es ahí donde nuestra materia tiene mucho que decir o, mejor dicho, tiene todo que ofrecer.

La música, al igual que las lenguas, se aprende en primera instancia mediante el oído. Y eso no hay manera de refutarlo. Asimismo, los músicos bien formados ‒en especial aquellos que aprendieron el lenguaje de los sonidos a temprana edad‒ son reconocidos desde siempre por la facilidad con la que manejan muchas lenguas. El pianista Arthur Rubinstein, por ejemplo, se comunicaba con fluidez en diez idiomas, y el violinista Henryk Szeryng dominaba nueve y sin dejo alguno de acento. ¿Es llana coincidencia, o el hecho de adiestrar el oído a percibir y discernir las texturas más tenues, las frecuencias más finas y las mezclas polifónicas más insólitas repercuta en que la predisposición auditiva se establezca con firmeza para que el aprendizaje de cualquier materia e información se consoliden? Por supuesto que no, es un hecho comprobado.

Lo saben muy bien los japoneses y lo adoptan en su sistema Susuki. Lo ponen en práctica los suizos con diversos sistemas de enseñanza como el Dalcroze. Y pasa lo mismo con los alemanes y su método Orff y con los finlandeses, noruegos, suecos, etcétera; básicamente, con todos los pueblos donde la enseñanza sistemática de la música es consustancial con su grado de civilidad. Sólo a los bárbaros de Norteamérica ‒regidos entonces por Bush Jr.‒ y a sus lambiscones del Tercer Mundo ‒en nuestro caso a partir de Zedillo‒ se les ocurrió desterrar la música de las aulas, reduciéndola a una materia optativa sin beneficios concretos.[1] Exactamente de eso se trataba, de traficar con los aportes de la música para el desarrollo humano volviéndolos negocio, y de quitarle a los desposeídos la posibilidad de seguirlo siendo; no en balde las opciones sustitutas se emplazaron en peores contenidos mediáticos, una alimentación más sórdida y en una oferta ilimitada de estupefacientes para ayudarlos a evadir sus oquedades existenciales.

Leamos lo que apunta un doctor de la Universidad de Granada al respecto:[2] “la enseñanza de la música es un medio insustituible para la evolución humana en el que intervienen el tiempo, el ritmo, las emociones y el movimiento, gracias a la perfecta directriz de los sonidos. Como recurso pedagógico enriquece sustancialmente la formación integral del niño, no sólo por su aspecto formativo, sino por su contribución en el sano desarrollo de su personalidad. Entre sus ventajas más significativas está el desarrollo del aspecto intelectual, socio-afectivo, psicomotor, de crecimiento personal y la formación de hábitos. En el aspecto intelectual, la música desarrolla una relación adecuada con el propio organismo, permite la improvisación de respuestas creativas a situaciones imprevistas; favorece el pensamiento lógico, la atención, observación, concentración, memorización, experimentación, agilidad mental y la creatividad; también permite evaluar resultados, mide capacidades, ayuda al conocimiento de sí mismo, y enseña a razonar. En el aspecto psicomotor, la música condiciona ostensiblemente al cuerpo, desarrolla la psicomotricidad fina y gruesa, la agilidad corporal y autonomía y la energía constructora; y en lo relativo al crecimiento personal, desarrolla el sentido de la justicia, promueve la libertad, alivia el temor y la timidez, canaliza la agresión, desarrolla la voluntad y el autocontrol, enseña a definir límites y a tomar decisiones, ofrece una alternativa armonizada del mundo y auxilia el logro de metas. Además, la música cumple una función de extrema importancia en el desarrollo socio-afectivo del pequeño ser humano al enseñarle a diferenciar roles y definir responsabilidades, al capacitarlo para una mayor y mejor participación en el aula y al adiestrarlo para interactuar de manera saludable y respetuosa con sus semejantes.”

Podemos ahora preguntarnos, por citar un ejemplo de terrible actualidad escolar: ¿tendría el bullying tal “boom” si los que lo practican se ejercitaran todos los días, mediante la música, a confrontar sus límites y expandir sus habilidades? Seguramente no, y para demostrarlo basta con recurrir al caso de las escuelas suizas, donde este problema de conducta es casi inexistente. Para empezar, los niños suizos inician sus jornadas educativas cantando a varias voces en el patio.[3] Acto seguido, ingresan a los salones con los oídos predispuestos para captar todo lo que se les imparta. En adición, tienen cotidianamente verdaderas clases de música ‒sus maestros perciben por ellas el equivalente de $2000 x hora, en promedio,[4] y el Estado está obligado constitucionalmente a proveerlas‒ y al finalizar su bachillerato son, como mínimo, cuadrilingües.

¿Le quedarán claros los conceptos Mr. Nuño, o en qué lengua tendríamos que explicárselos?

[1] Nos referimos a las escuelas públicas, pues las privadas yanquis ofrecen la formación más depurada del planeta.

[2] Pedro Cornejo. El valor formativo de la música para la educación en valores Revista de Educación y humanidades, UGR, 2012 pp. 263-277.

[3] Se sugiere la audición de alguno de los coros infantiles suizos, con el repertorio que aprenden en las aulas. Audio 1: Robert Cantieni – Lingua materna (Zürcher Sängerknaben. (MÚSICA HELVETICA, 2014)   Video 1: Himno nacional suizo-   www.youtube.com/watch?v=bQRImwYqcvs

[4] Esa es la tarifa para los profesores sin antigüedad; con ésta pueden ganar hasta 12 000 francos al mes, los que aunados al aguinaldo se convierten en 3 120 000.°° de pesos al año. Es de aclarar que los costos por vivir en Suiza son exorbitantes, pero aún así, su profesorado es el mejor pagado del orbe.