Trump, ¿el estás loco? y el fin del discurso neoliberal en México

By on marzo 14, 2018
Donald Trump.
  • La política exterior con el ascenso del neoliberalismo se matizó y prácticamente dejamos de ver al mundo en aras de la integración comercial

GILDARDO CILIA LÓPEZ@GciliaCilia

La revelación que hizo Trump sobre el diálogo que sostuvo con el Presidente Peña ya no nos debe sorprender: “Me dijo, señor presidente, me gustaría que hiciera una declaración de que México no pagará por el muro. Le dije: ¿Estás loco? No haré tal declaración”.

Días después, el Presidente de México, en Chile, sólo declaró que la revelación de Trump no había sido un gesto amistoso.

¿Por qué hizo esa petición el Presidente Peña? Sin duda, una declaración de esa naturaleza hubiera sido el mayor éxito diplomático de un Gobierno que necesita revertir el gran descrédito en el que se encuentra; tal vez también hubiera servido para enderezar el camino del candidato de su Gobierno, del cual por los resultados de las últimas encuestas, se encuentra cerca del precipicio.

Durante esta semana Trump ha dosificado el tono de sus declaraciones, pero, sin duda, el ¿estás loco?, es una frase lapidaria que ratifica el fin de una era en las relaciones entre México y Estados Unidos y que ha horadado la esencia del neoliberalismo. Bien lo ha dicho Lorenzo Meyer: la posición proteccionista de Trump ha dejado sin discurso a nuestros neoliberales.

Desde hace 25 años, se ha impulsado un modelo económico de libre mercado, cuyo principal vértice ha sido la integración económica con los Estados Unidos de América, mediante el Tratado de Libre Comercio con Norteamérica (TLCAN). Todas nuestras esperanzas se centraron en la idea pragmática de que se podían obtener enormes beneficios con una mayor asociación con el país más poderoso del mundo. Desde el periodo del presidente Salinas de Gortari, se concibió que para avanzar en ese camino teníamos que hacer a un lado nuestros prejuicios respecto a un país del que históricamente se han recibido agravios.

La política exterior con el ascenso del neoliberalismo se matizó y prácticamente dejamos de ver al mundo en aras de la integración comercial. Desde siempre la relación con los Estados Unidos había sido cuidadosa y cuando era necesario se invocaban los principios sustantivos de no intervención y la autodeterminación de los pueblos.  Estas piedras angulares era el blindaje que ofrecía la diplomacia para evitar ser víctima de los intereses – que podían ser irracionales – de un Estado económica y militarmente extraordinariamente más poderoso que el nuestro.  

La condición de socio, la coincidencia económica de los gobiernos, incluyendo el de Canadá, de crear la zona con mayor potencial de desarrollo en la faz de la tierra, parecía que en forma permanente nos iba a llevar a tener relaciones de mutuo respeto. Se pensaba también, pragmáticamente, que se tenía que aprovechar las ventajas que nos ofrecía un tratado, sobre todo en materia de flujos de inversión y de transferencia tecnológica.

La integración tuvo un problema de origen, que no se quiso observar, que el Tratado era entre desiguales y que éste se limitaba estrictamente al plano comercial. Se concibió que todo iba a llegar por añadidura, sin que se generaran políticas sustentables que acompañaran congruentemente a la integración comercial: desapareció prácticamente el fomento económico; se obvió que debería existir una política industrial alterna y de proveeduría; se dejó a la deriva a importantes actividades productivas del campo y de los centros urbanos y se desatendió la formación y desarrollo del capital humano. Sin todo esto, los beneficios esperados se revirtieron; así el TLCAN trajo paradójicamente la debilidad del mercado interno.

La ruta inicial poco cambio, nuestras ventajas comparativas se asociaron indisolublemente a la existencia de bajos salarios que con el tiempo se han pauperizado, hasta llegar a los límites de la sobrevivencia. Tampoco hubo el crecimiento anhelado del 5 o 6%, para alcanzar el equilibrio requerido en el mercado de trabajo. Ambos factores trajeron consigo la expulsión masiva, en muchos sentidos inhumana, de nuestra fuerza de trabajo hacia los Estados Unidos. Situación agravada, porque nunca se avanzó  en una verdadera integración, la cual debe tender a eliminar muros y fronteras y  posibilitar en un sentido más amplio el libre tránsito de las personas entre los países.

Donald Trump

El proteccionismo de Trump.

El advenimiento de Trump nos ha puesto otra vez los pies en la tierra. En torno a un proteccionismo que resulta inaudito y sorprendente, ha llevado a renegociar el instrumento que forjaba la limitada concepción de desarrollo de la política neoliberal: el TLCAN. Los argumentos del presidente de los Estados Unido son incompatibles con la teoría del libre del mercado, pero no necesariamente dejan de responder a los intereses que tiene los Estados Unidos de reafirmarse como potencia  en el mundo.

Para Trump el TLCAN fue un mal trato porque debilitó la manufactura estadounidense; hizo emigrar la inversión productiva, principalmente la automotriz, hacia México; causó desempleo en su país, acentuando que los obreros norteamericanos han perdido oportunidades de empleo por la migración masiva, que origina una bajo costo de la mano de obra. Aun cuando es difícil decirlo, hay que reconocer que parte de su diagnóstico es acertado, porque muchas de las distorsiones por él señaladas se derivan del rezago productivo y el bajo desarrollo social de nuestro país.

Trump ha señalado que en un mes se podría llegar a un acuerdo para suscribir un nuevo TLCAN, pero no debe olvidarse que su espíritu proteccionista va a continuar. Sólo basta recordar cómo ha alineado la política fiscal y arancelaria en torno al proteccionismo: ha disminuido considerablemente los impuestos a los poseedores del capital en su país; ha amenazado con imponerle impuestos a los productos que exportamos y con aplicar aranceles a productos estratégicos, como el acero y el aluminio. Benevolente por hoy nos eximió de estos aranceles, pero la amenaza continúa de no llegar a los acuerdos que él quiere.

Nos debemos preparar porque las medidas adoptadas por el Gobierno estadounidense nos van a seguir dañando. Nuestra planta productiva es vulnerable a las políticas comerciales de los Estados Unidos, quien es nuestro principal socio comercial. Ya en el corto plazo los resultados adversos han sido notorios, se ha devaluado nuestra moneda y se han cancelado inversiones extranjeras. Ante la extrema dependencia económica, en un escenario en donde las opciones productivas parecen ser escasas y poco reactivas, no es impensable el presagio de una recesión.

¡Ah!, sin importar quien lo pague, el muro sigue siendo la idea obsesiva de Trump. Es poco probable que con ello se detenga el flujo migratorio, pero es un golpe artero, porque el muro se va a constituir en el símbolo xenófobo de un presidente y de la porción importante de un pueblo que nos tiene poco aprecio. ¡Sí! Ahora nos damos cuenta que no dejamos de ser “vecinos distantes”.

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