Neurosis y transformación de la educación

By on marzo 19, 2018
UNAM
  • En 1999, mientras decenas de miles de estudiantes realizaban una larguísima huelga contra las colegiaturas y las evaluaciones del Ceneval, la Anuies de entonces planteaba su proyecto de universidad para el siglo XXI, fundado precisamente en los cobros y la evaluación a todos los estudiantes
Hugo Aboites
Por: Hugo Aboites
*Rector de la UACM
La Jornada
Anteriormente, hablando del malestar universitario (4/3/2018), planteaba la tesis de que en la educación y en el país nos aproximamos a un punto de transformación o profunda frustración, que, en especial en las universidades públicas autónomas, había llegado a su límite el modelo universitario impuesto durante los recientes treinta años. A las instituciones se les exigió que cambiaran y ya que lo hicieron, las dejan ir a la quiebra.
El de la calidad y el mérito no es un discurso, es una serie de requisitos burocráticos que inspiran poco y no convocan a una transformación. El rompimiento con ese pasado lo está generando como fuerza tectónica, por un lado, el creciente desfase entre las profundas y dramáticas demandas de maestros y estudiantes junto con las enormes necesidades de conocimiento de la población mayoritaria y, por otro, un discurso etéreo, cada vez más incapaz de retomar y responder al llamado social que demanda un cambio en la educación.

Ya en 1999, mientras decenas de miles de estudiantes realizaban una larguísima huelga contra las colegiaturas y las evaluaciones del Ceneval, la Anuies de entonces planteaba su proyecto de universidad para el siglo XXI, fundado precisamente en los cobros y la evaluación a todos los estudiantes. Hoy, 18 años después, el desfase es mucho mayor. La SEP-INEE y los candidatos hacen declaraciones sobre las virtudes de la evaluación y de la reforma educativa, como si estuvieran en un mundo raro, donde no hay una fuerza nacional de maestros que exitosamente resiste, ni el hecho de que un candidato presidencial, además, el más fuerte, haga suyas las quejas y demandas de estudiantes y catedráticos y se proponga resolverlas.

El desfase, sin embargo, es aún más profundo. Los sicoanalistas y los buenos políticos reconocen la existencia de un mundo personal subterráneo, habitado por procesos y pulsiones y por los sueños (y las pesadillas) de las que estamos hechos (Shakespeare), que pueden generar una enorme energía, incluso destructiva, en los individuos y en los grandes colectivos.

De hecho, interactúan –dice Carl Jung–, la psicología del individuo corresponde a la psicología de las naciones. Es decir, las reformas neoliberales vinieron a romper seguridades muy importantes y profundas en las personas y, en consecuencia, hoy nuestro país es un trágico caos; un inconsciente desatado. Los procesos psicológicos que acompañan (el conflicto actual) sobre todo la increíble barbarización del juicio general, las recíprocas calumnias, la insospechada furia destructora, la incesante ola de mentiras y la incapacidad de los hombres para detener al demonio de la sangre, son los estímulos más adecuados para poner con vivacidad ante los ojos del hombre pensador el problema de lo inconsciente caótico que dormita inquieto bajo el mundo ordenado de lo consciente. Este (conflicto le) ha demostrado, inexorablemente, al hombre culto, que todavía es un salvaje. (Jung, C. Lo inconsciente, 1916, pág. 10).

Por eso, además de desfasado, el discurso oficialesco en educación es terriblemente peligroso. Porque, arrogante, ignora y desdeña esta otra realidad personal y social más poderosa, la que genera una intensa rabia social, asesinatos constantes, agresión a las mujeres, interminables conflictos, irresolubles confrontaciones.

En nombre de la calidad y la competitividad, ese discurso contribuye a romper el tejido social, despoja de sus pensiones y de seguridad al anciano, ahoga la salud y la esperanza, convierte a la educación en instrucción y la vuelve de acceso limitado, somete a los débiles a condiciones indecibles de trabajo, plantea que es la armada la única seguridad posible, y propone el castigo (hasta cadena perpetua) como único remedio al saldo social que deja la incursión de los bárbaros competitivos.

Urge, entonces, una reforma que, al menos en la educación, parta de esa otra realidad: la que desde un mundo oculto busca ansiosamente certezas básicas, seguridad, esperanza y apoyo, y ofrezca respuestas tales que sean perceptibles y útiles a la mayoría. No un discurso oportunista (ganar votos), sino uno que efectivamente lleve a pensar y construir de otra manera nuestras escuelas y universidades. Hay muchas formas, sutiles y otras no tanto, mediante las cuales un sistema educativo, un conjunto de instituciones de educación superior y un gobierno se pueden comunicar con los sueños de maestros, estudiantes y conjuntos humanos. Y enviar mensajes muy claros de esperanza y liberación, que dicen más que mil palabras.

Esta indispensable transformación es un diseño que no pueden imaginar y menos construir quienes sean lejanos y miren al mundo mediante vetustos conceptos burocráticos. Sí los que sufren directa y dolorosamente la realidad excluyente y hostil, quienes desde su fondo propio entienden mejor qué se necesita.

Y la educación debe servir para eso, para sacar a flote ese sustrato y usarlo para reconstituirse como personas junto con los demás. Porque, dice Jung, sólo el cambio en la actitud del individuo inicia el cambio en la psicología de la nación. A partir de las propias emociones y del conocimiento, se genera una enorme energía social-individual capaz de transformar a las personas y a las instituciones. Catalina Eibenschutz, quien acaba de dejarnos, es un bello ejemplo de esto último.

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