Criar sin violencia

By on marzo 11, 2019

Inculcar disciplina a los niños, niñas y adolescentes contribuye a su formación. Las madres, los padres y los adultos referentes tienen la responsablidad de guiar a los niños y niñas para que aprendan a manejar sus emociones y resolver los conflictos con responsabilidad y respeto a las normas. Sin embargo, es común que los adultos utilicen la violencia física y verbal como métodos de disciplina; en muchos casos, no es una decisión meditada, sino simplemente la consecuencia del desborde de los adultos por situaciones personales junto a la falta de conocimiento de métodos para disciplinar que no utilicen la violencia. Existen distintas formas de maltrato, pero cuando se trata de disciplina o puesta de límites las dos formas que aparecen son el maltrato psicológico y el físico. El psicológico es cualquier actitud que provoque en el niño sentimientos de descalificación o humillación; incluye agresión verbal, amenazas, intimidación, denigración, ridiculización, provocación del sentido de culpa o manipulación para controlar a niños, niñas y adolescentes. El maltrato físico, también conocido como castigo corporal, se refiere a cualquier castigo que incluya el uso de la fuerza física con la intención de causar cierto grado de dolor o malestar, por leve que sea; por ejemplo, pegar a los niños, ya sea con la mano o con algún objeto. Según la intensidad de la agresión, se considera leve o grave.

Ambos esquemas, considerados de manera inadecuada como ejercicio de disciplina, tienden a ocurrir de manera conjunta, exacerbando el daño que producen tanto a corto como a largo plazo. El daño depende de la naturaleza, el grado, la frecuencia y la severidad de la exposición del niño, niña o adolescente a la violencia, y los efectos pueden ser tanto inmediatos como duraderos, con consecuencias incluso en la edad adulta. El uso de métodos de disciplina violenta -como golpes, tirones de pelo u orejas, insultos, atemorización o amenazas- pueden dar la impresión de ser efectivos porque los niños tienden a obedecer a los adultos que los ejercen en el corto plazo; pero, a largo plazo, lo que ocasionan son daños emocionales con efectos que pueden ser permanentes.

  • Ser agredido por alguien a quien se ama produce emociones fuertes y complejas, tales como miedo, tristeza, resentimiento, rabia, impotencia y desamparo.
  • Las agresiones afectan la autoestima y la confianza en uno mismo y en los demás.
  • Cuando el niño se cría en un vínculo de dominación y autoritarismo no le resulta fácil salir de él. Lo más probable es que cuando sea mayor se transforme en un ser autoritario o, por el contrario, que sea una persona sometida durante toda la vida.
  • El niño o niña agredido aprenderá que los problemas deben enfrentarse con violencia y aplicará esta enseñanza en todos los ámbitos de su vida. En consecuencia, la persistencia de estas conductas acaba generando una sociedad violenta, que utiliza la violencia como mecanismo para resolver conflictos.
  • La violencia física o psicológica no enseña a portarse bien, sino a evitar el castigo. Por ese camino, los niños solo aprenden qué tienen que hacer para no enojar al castigador.
  • Los niños que crecen con personas adultas autoritarias, que emplean métodos disciplinarios violentos de forma regular, tienden a mostrar menor autoestima y peores resultados académicos, son más hostiles y agresivos, menos independientes y más proclives al abuso de sustancias peligrosas durante la adolescencia.
  • Además, la exposición a situaciones de violencia puede alterar el desarrollo fisiológico del cerebro y repercutir en el crecimiento físico, cognitivo, emocional y social del niño.

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