LAS RAÍCES DEL FUEGO…. Chiautla de Tapia, 1912

By on abril 14, 2019
sabino

 

Gildardo Cilia López

Por: Gildardo Cilia López

En 1912, sí que todo era distinto. El crispado viento de agosto traía consigo el resonante clamor de guerra. Se había desatado una tormenta, cuyo vórtice de violencia había tocado los pueblos de Morelos y los pueblos de la Mixteca Baja.

Chiautla se estremeció por la turbulencia. Un año antes, en abril de 1911, en el legendario pueblo ancestral, símbolo del movimiento libertario de 1810, se habían reconciliado Zapata y el viejo caudillo Gabriel Tepepa, lo que afianzó a Emiliano como Jefe Máximo y único del Ejercito del Sur.

El Jefe Político del pueblo, Angel J. Andónegui, ingenuamente, sin medir la magnitud de los acontecimientos, ni el ímpetu de las fuerzas que arremetían, en esa primera incursión zapatista, se negó a entregar la plaza, lo que le valió perder la vida. Así se resquebrajó en la Villa de Chiautla de Tapia el viejo régimen porfirista, arreciándose con ello aún más la tempestad.

Como en el periodo de la independencia, la batalla se había gestado en la monumental Parroquia de San Agustín; después las fuerzas revolucionarias avanzaron hacia Chietla e Izúcar de Matamoros y hacia los pueblos de la Baja Mixteca, para luego convertirse en un ejército temido y respetado en el Valle de Morelos y en el Sur de Puebla.

chiautla de tapia

A partir de ese momento inició el vaivén de las fuerzas antagónicas y el natural desasosiego que origina todo movimiento convulso. Sin ley y sin orden, se empezó a caminar sobre un terreno quebradizo. La justicia se hizo veleidosa, dependía del humor y de la conciencia de quien tomaba la plaza (zapatistas, huertistas o carrancistas); o de la querencia o malquerencia de facinerosos que se arropaban con la bandera de uno u otro bando.

Zapata pronto se dio cuenta de la existencia de estos tránsfugas. Los repudiaba profundamente porque eran proclives al acto más vil de todos: la traición. Mantuvo ese sentimiento durante toda su etapa revolucionaria –  tal vez durante toda su vida – lo reiteraba diciendo: “puedo perdonar todo, menos la traición”; aunque paradójicamente murió asesinado por una atroz traición.

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La anarquía incontrolable amenazaba con arrasar todo, hasta con las raíces genealógicas del pueblo ancestral; como se constata con el incendio de la sede del Registro Civil entre 1913 y 1915, que transformó en cenizas actas y demás documentos constitutivos de la población y de sus familias; quedando como única huella los registros parroquiales de la portentosa iglesia del pueblo.

La turbulencia afectaba a todos, particularmente a una persona que en esos años frisaba entre los 27 y 28 años de edad, de nombre Victorio Cilia Méndez. A instancias de su madre (Cristina Méndez), él había iniciado una nueva etapa cultural en su familia; lo habían excluido de la labores del campo, para que emprendiendo otras actividades tuviera una vida distinta. En un acto de emancipación, Cristina forjó un nuevo destino:


“Ahora sídijo Pablo, su padre- en esta siembra me voy a llevar a Victorio para que se haga cargo de algunas labores y de esa manera sepa labrar la tierra.

¡No! contestó Cristina Vito no irá a trabajar contigo en el campo. No adviertes que por la ignorancia en que nos encontramos vivimos en una angustia lamentable y que de otra manera, sabiendo tu leer y escribir en grado superior a como sabes, podrías desempeñar un empleo de “dependiente” sin tener que matarte en el surco y expuesto a los vaivenes del tiempo que es lo que determina las buenas o malas cosechas y cuando el temporal es adverso, ya ves la penas que pasamos para subsistir. No Pablito, tú te enojarás o tal vez me maltrataras, pero no voy a permitir que nuestro hijo tenga la misma vida de sufrimiento que nosotros. Ya le hable a don Elpidio, el maestro de la escuela, para que aprenda a leer y escribir perfectamente y pueda conseguir empleo en la Presidencia Municipal, aunque sea de mozo o lo que Dios diga, pero que ya no tenga nuestra misma vida de sufrimientos”.

Y él Pablo derrotado ante tan contundentes razonamientos, le contestó: Bueno, si tú quieres que nuestro hijo sea “cagatintas”, ni modo, será un mandato que cuando se sienta grande nos abandonará y tal vez se vaya lejos de aquí y los perderemos”

No importa (respondió nuestra bisabuela) “si es para bien de él”. 


 escribano

La trascendencia del cambio ha sido indiscutible en el derrotero de la familia, si se toma en cuenta que a partir de “Vito” todos sus descendientes directos han sustentado principalmente su vida en el desarrollo del conocimiento de alguna ciencia, empresa, arte u oficio y no en los trabajos de labranza como lo habían hecho sus ancestros.

No es por subestimar las labores del campo, pero hay que reconocer que en esa época y en esa región, éstas se desarrollaban mediante usos y costumbres y a partir de la experiencia empírica. Por ello, no era necesario siquiera saber leer y escribir. Quien se dedicaba a realizar actividades distintas a las de la labranza, socialmente era menospreciado y se le aplicaba el curioso mote de “cagatintas”.

Victorio (Vito) de iniciarse como un joven “mozo”, había avanzado insospechadamente y en 1912 ya descollaba por su carrera administrativa, jurídica y política. Él no era el tipo de hombre capaz de adentrarse al espiral de violencia, en él obraba primero la razón. Se dice de él que era:


“Franco, leal, pacífico, reposado, exento de odio; siempre un hombre integro, amante de la verdad; conocía los mandamientos divinos y era un ferviente admirador de la ciencia del derecho jurídico”

Dicen que Dios da el don, pero el hombre es quien lo cultiva. En su vida Papá Vito se dedicó a dignificar su inteligencia: su portentoso talento. Autodidacto por antonomasia, destacó en todo lo que se proponía:

En el ejercicio del Derecho, su desempeño fue notable: primero amanuense, luego Ministerio Público y finalmente Juez del Distrito de Chiautla. Fue un eminente abogado en la región. 

Era músico de “nota” y dominaba varios instrumentos: el clarinete, el violín, la guitarra, la mandolina y prácticamente tocaba cualquier otro instrumento de cuerda.

 En la empresa ferrocarrilera realizó diferentes actividades administrativas, en las oficinas y en el carro de express. Su inteligencia innata le permitió descifrar el código Morse, necesario para operar el telégrafo. 


escolares

¡No!, él no era del tipo de gente que pudiera enfrentar con el uso de las armas este periodo aciago; tuvo que hacer uso de su inteligencia para lograr que él y su familia capearan la tempestad.

La que si estaba preparada para arremeter contra el vendaval, era su esposa, tal vez uno o 2 años menor que él (25 o 26 años), Gabina Flores Sánchez (Gabi). Sus mismos orígenes así lo delatan. Ella nació en una estancia del Estado de Guerrero, “Paredones”.

Aun cuando las estancias existían desde la época prehispánica, con el tiempo también fueron fundadas por familias criollas y mestizas, que además del sustento buscaban alejarse de los cacicazgos que existían en los centros congregacionales; de modo que en esos reductos defendían hasta con el último halito de vida lo que consideraban propio. Fueron esas familias las que hicieron bravías las tierras de Guerrero y de la Mixteca Baja; asumían cualquier sacrificio antes de ver conculcado sus derechos.

De Gabi se dice que era de color claro, alta, fuerte y guapa y como es natural, decidida y valiente; a tal punto que en más de una ocasión se interpuso entre  Vito y quienes criminalmente lo querían agredir, por venganzas insanas, malos entendidos, o simplemente porque él no era de su “parecer”.


También era tenaz e inteligente:

“Para salir de la ignorancia en que se encontraba, por si misma, con gran entusiasmo y dedicación inició su capacitación, habiendo obtenido en un periodo breve avances extraordinarios, dominando no solamente la lectura y la escritura, sino que también aprendió a escribir a máquina, confeccionaba prendas de vestir en la máquina de coser, preparaba sabrosos guisados propios de la clase media y elaboraba bonitos bordados”


Vito y Gabi habían procreado en 1905 un hijo, Eustolio Cilia Flores (Tollo). Él era un niño apacible, aun cuando se tienen referencias que el mismísimo Dios de la Guerra  se ponía de pie y huía cuando lo hacían enojar. Como todo niño apacible, era un observador acucioso y fue testigo asombroso tanto del periodo aciago, como de la etapa de transición y refundación cultural de la familia.

En 1912, Tollo tenía entre 6 o 7 años de edad. A lo largo de su vida conservó una prodigiosa memoria, por lo que recordaba con inusitada lucidez los sucesos de su niñez, casi desde su primera infancia. Él es quien relata la siguiente anécdota:


La revolución cobraba ímpetu y a principios de 1912, cuando los “miedos” volvieron arreciar, mi padre me dijo: ven, hijo, me vas ayudar en un trabajito, quehacer que consistió en escarbar la tierra al pie de un tlahuitole, para enterrar la máquina de coser de mi madre, que le había comprado mi padre por esos meses. A los pocos días arribaron los federales, con uniformes de pantalón plomo y camisas entre solferinas y rojas. Se posesionaron de la iglesia y era un bonito espectáculo, verlos sentados, como a las siete de la mañana, en las bardas que circundan a la iglesia y en los altos de la misma. En este ínterin, vino a este mundo mi hermano Sabino, o sea, el 29 de agosto de 1912, en la casa donde vivía mi abuelo, al oriente de la iglesia, junto al cerrito de San José. Esto fue un acontecimiento que llenó de alegría a la numerosa familia, pues para entonces estaban con mis personajes ya descritos, mi tío Jesús, mi tía Francisca, Eufrosina la esposa de mi tío Jesús, quienes celebraron el advenimiento del nuevo ser. En eso estábamos, cuando se propaló el rumor de que ya venían los zapatistas, que habían pedido la plaza de Chiautla al Comandante de los Colorados”.


ejercito mexicano

Dios en sus infinitos designios desde su primer aliento escrituró el destino del nuevo ser. Por el día de su nacimiento, le pusieron por nombre Sabino, en su acta bautismal lo registraron como José Sabino de Jesús Cilia Flores.

El nombre es emblemático a su persona. El Sabino es un árbol ejemplar, cuya naturaleza evoca: crecimiento, fecundidad, fortaleza, longevidad, cobijo y protección. Así, el día de su nacimiento creó una metáfora de vida, una verdadera analogía y es que el “El Sabino hunde sus raíces en lo profundo de la tierra para extraer la vital esencia que le da la vida”.

Desde la infancia “Vito” y el primogénito, “Tollo”, le dispensaron un extraño respeto a Sabino. Sí, sin duda, ponderaban su inteligencia, pero el talento de ellos era equiparable: parecía que como Atenea, hubiesen surgido de la mismísima cabeza de Zeus.

¿Qué factor, entonces, hizo que fuese tan respetado y ponderado por su padre y su hermano mayor? Tal vez concebían que en él corrían – más que nadie – las raíces de fuego de su madre: el carácter indomable y la inquebrantable fortaleza ante la adversidad.

Dios culminó su obra, dotándole de un espíritu peregrino. Y es que únicamente quien camina es distinto, quien recorre más conoce. Sólo somos héroes cuando desciframos laberintos, cuando ante circunstancias difíciles y en tierra ajena se aguza nuestro ingenio para alcanzar más y mejores objetivos. El Quijote muere cuando aquietado por una promesa de caballero, ya no puede hacer uso del ingenio que le daba su condición de hombre andante.

Sabino hace uso de su fértil imaginación e inicia la narración de su gesta dentro de un contexto dual: por una parte, el movimiento vital de quien se concibe como un caminante en el mundo; por el otro, la quietud que se añora, la que da el regazo de los brazos de una madre. Así empieza su historia. Cito lo que escribe con su pulso de hombre peregrino:

caminante


Mi papá dispuso que nos  fuéramos a vivir a la Villa de Chietla, en donde se pensó que habría más garantías y seguridades humanas. En esa época solamente se contaba con el servicio del Ferrocarril Interoceánico cuya ruta era Puebla, Cholula, Atlixco, Matamoros, Chietla, Tlancualpicán y viceversa; pero por los trastornos ocasionados por la misma revolución, no eran normales las salidas de los trenes, por lo que el viaje a Chietla se hizo por caminos de herradura, unos montados en burro y otros caminando a pie. Bueno, a mí me llevaba en brazos mi mamacita Gabina, pues yo tenía apenas unos meses de edad”.

¿Y es que el hombre no es acaso origen, huella y destino?

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