LAS RAÍCES DEL FUEGO: Los Desplazados

By on abril 25, 2019
zapata

 

Gildardo Cilia López

Por: Gildardo Cilia López

La amenaza provocada por la dislocación social movilizó a las familias; actuaba en ellas el espíritu natural de sobrevivencia. “Vito”, consciente actuó en consecuencia; no podía quedarse en Chiautla a sufrir vejaciones, o a ver que otros las sufrieran. Sabía que no existían límites, que todos eran víctimas potenciales: no importaban si fueran o no contrarios, con la simple presunción bastaba. Y él reposado y tranquilo, corría un riesgo inminente, trabajaba en la Presidencia Municipal.


“Miles de noticias alarmantes circulaban en la población (en Chiautla), como la de que los revolucionarios eran arbitrarios, violadores de mujeres, ladrones y tantas y tantas cosas más del mismo jaez. Pasaron los días y todo parecía que había pasado. Pero mi padre, hombre responsable de su familia y de sus actos, (estaba intranquilo); por lo que se comunicó con alguien conocido de él que radicaba en Chietla, Puebla. Al recibir respuesta de esa persona, nos previno, o mejor dicho, previno a mi madre y a mis abuelos: “una vez que pase esta semana nos marcharemos a Chietla, pues la revolución sigue muy fuerte y en este lugar, como ustedes ven, no contamos con garantías que pudieran salvaguardar nuestras existencias, ni nuestras propiedades. Nos llevaremos lo más indispensable y ya casi al finalizar el año de 1912, nos fuimos para Chietla”. (Narración biográfica de Eustolio Cilia Flores)


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“Vito”, como un moderno Moisés, en su peregrinar a Chietla, estaba acompañado por toda su prole: padres, esposa, hijos, hermanos y sobrinos. En el camino y en las veredas, entre árboles caducifolios y cactáceas, él – amante de la ciencia jurídica – pensaba: ¿cómo hacer prevalecer la justicia, sin ley?


Meditaba:

La irrupción armada ha roto la frágil cohesión social. No hay tregua, ni perdón, ni misericordia; se cumple así un certero paradigma: “los remedios violentos son siempre más crueles que los males que queremos hacer desaparecer”. La sed de justicia, se ha convertido en sed de odio, en sed de venganza. La ira ha obnubilado las mentes. No hay compasión para el adversario; ello en medio de una desconfianza creciente, casi enfermiza: 

“El que no está conmigo, está en contra mía”.


Recordaba los acontecimientos que se desencadenaron después de la toma de Chiautla de Tapia, en abril de 1911. La revolución zapatista crecía insospechadamente; parecía ser que en los pueblos hubiese surgido espontáneamente un deseo natural de justicia y que esto por sí mismo fuese suficiente para explica la simpatía, la solidaridad y la adhesión. La lucha por la tierra se había convertido en un concepto convergente en el que se fundamentaba la identidad y cohesión del movimiento. Luchar por la tierra significaba, entonces, reivindicar el pasado histórico: recuperar la libertad: emanciparse de la opresión.

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En noviembre de ese mismo año, en el poblado de Ayoxuxtla, muy cercano a Chiautla, se firmó el Plan de Ayala, con el cual el movimiento adquirió un contenido sustantivo. Zapata se convertía en el símbolo de una nueva era: “La Era de la Justicia de los Pueblos”.

Entre 1911 y 1912, los zapatistas rondaban y merodeaban por casi todos los pueblos aledaños y cercanos de la cabecera del Municipio; el torrente, sí,  crecía, pero como todo torrente existían brazos incontrolables. Hombres que les hacían daño a los pueblos, desprestigiando a Zapata ante la gente que decía defender. ¡Sí!, extorsionaban y agredían a los pueblos que era la razón de su causa.

A “Vito” se le hacían incomprensibles muchas cosas, su juicio estaba impregnado por los sucesos del año anterior. Recordaba lo que le pasó a don Ángel J. Andónegui. Sabía que efectivamente era un hombre severo y exigente con la gente de la población. En la plaza cívica mandó a instalar las sillas entrelazadas con tiras de fierro (que todavía hoy sobreviven como algo típico y peculiar).

Esas sillas poco cómodas, se calientan con el clima ardiente de la Mixteca. Escuchó decir a don Ángel que así las mandó a construir porque no quería ver “huevones sentados en la plaza a plena luz del Sol”. El Jefe Político mostraba la dureza de un Porfirista, era un convencido fiel de que la patria requería “orden, paz y progreso”.

Rígido e implacable, no permitía insubordinación alguna, menos actos subversivos. Actuaba con toda la fuerza del Estado y hasta con los excesos que le confería el cargo cuando era necesario. Era un digno sucesor de aquellos jefes políticos que a sangre y fuego, mediante el uso de juicios sumarios y la ley fuga, socavaron al bandolerismo y a las rebeliones que se suscitaron en Chiautla y su jurisdicción, en la segunda mitad del siglo XIX.

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En 1903, don Ángel reprimió a un grupo subversivo que se había rebelado contra el régimen, al grito de ¡Muera el mal gobierno! ¡Viva Chiautla! ¡Viva la libertad!; pero ocho años después las cosas eran distintas. El contingente que venía de los pueblos azucareros de Morelos no sólo era temible por sí mismo, sino que contaba con el apoyo popular de las comunidades. El Jefe Político no entendió que se había quedado solo; que el orden y la paz que se ofrecía eran poco generosos por la ausencia de justicia. Los pueblos sentían una natural animadversión hacía el régimen y mostraban su adhesión y simpatía por los “levantados”. La nueva rebelión, así, era incontenible y el enfrentamiento infructuoso.

“Vito” tenía muy presente los sucesos: primero, hubo una pequeña refriega en el templo de San Agustín; luego Emiliano le dijo a don Ángel, que para evitar más derramamiento de sangre entregara la plaza; al entrevistarse con Zapata, sin negarse del todo, le dijo que le diera tiempo para pensarlo. Al regresar a la plaza pública, don Ángel se dio cuenta que un número importantes de elementos con los que contaba habían desertado. Se sintió solo por lo que se intimidó y se quiso esconder.

Cuando lo tomaron preso, el rencor hacia el hombre temido brotó: lo acusaban por abusos  y nadie se atrevió a abogar por él. Entre los rebeldes se encontraba el “Güero” Juan Andrew Almazán, con cuya familia don Ángel guardaba gran amistad, además de haberla favorecido en sus negocios relacionados con el lináloe. Tal vez le dio miedo de que la gente se le volteara y lo acusaran de “traidor”, de que era amigo de un cacique, de un Prefecto al servicio del Gobierno. ¡No!, no intercedió por él; antes bien, junto con Zapata y Margarito Martínez, él  firmó la sentencia de muerte.

Imagen relacionadaPero “Vito” no podía ver a don Ángel simplemente como un jefe político, con él – como empleado del Ayuntamiento – se acostumbró al trabajo disciplinado, arduo e infatigable. Hombre agradecido, apreciaba la formación que había recibido; de modo que sus sentimiento eran ambiguos: sí, rechazaba la prepotencia y el despotismo; pero al mismo tiempo apreciaba la capacidad de trabajo del Jefe Político; su deseo de cumplir sin ambages con la tarea que le encomendaba el supremo gobierno: mantener tranquila a la región.

Compasivo, se estremecía al recordar lo que le platicaron sobre la muerte de Don Ángel:


“Vale, los alzados le navajearon los pies; en esas condiciones lo querían hacer caminar hasta Huehuetlán el Chico. Al llegar al paraje de Cruz Verde – a unos tres o cuatro kilómetros de Chiautla – pidió misericordia y suplicó que lo mataran de una buena vez. Y ahí lo fusilaron”.


Como jurista, tampoco entendía el poco juicio que se tenía sobre la impartición de justicia. Los Zapatistas al tomar Chiautla liberaron a todos los presos, entre ellos a Jesús “El Tuerto” Morales, un pendenciero que debía muchas vidas en varios pueblos de la Mixteca Poblana. Un hombre sin escrúpulos al que de inmediato Zapata lo convirtió en el jefe zapatista de la región y que se dedicaba a cometer todo tipo de tropelías. Presentía que siendo “El Tuerto” un hombre sin conciencia, tarde o temprano las iba a pagar; tal como sucedió en 1914 cuando Zapata lo llamó a cuentas por volteársele y estar negociando con Victoriano Huerta.

Al desplazarse de Chiautla, más que su vida, “Vito”, buscaba la sobrevivencia de la familia. Él mismo no se podía explicar porque seguía vivo, siendo que había sido empleado de la Presidencia Municipal y colaborador cercano del Jefe Político. Conjeturaba y sonreía: recordaba que al pardear la tarde y haciendo a un lado toda fatiga, apresurado con batuta, clarinete y violín en manos, iba a la plaza pública a dirigir y a tocar con sus amigos (los Monroy, los Macareno y los Ponce, entre otros). La orquesta amenizaba con polcas, jarabes y valses las tardeadas, las festividades cívicas; ¡ah! y sobre todo las fiestas: la patronal y las de los barrios; por esos ratos de solaz, él se sentía querido por la gente.

¡No!, no fue la veleidosa Temis, de quien era ferviente devoto, la que le había permitido sobrevivir; más bien le debía la vida a la virtuosa Euterpe, quien lo  cobijó con la gente para recibir protección y hasta para pasar inadvertido.

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Los Paredones*        

Gabina, la esposa de “Vito”, estaba realmente consternada, no quería aceptar su nuevo destino; se sentía de nueva cuenta desplazada. Sabía que con la ley escrita también se cometían graves injusticias.

Veinte años antes, en un enfrentamiento desigual con las fuerzas del orden, habían muerto casi todos los hombres de su familia: su padre, sus tíos y sus hermanos. Todo por defender unas tierras fértiles ubicadas a las orillas de un río, que habían labrado sus ancestros por generaciones y que se  las expropiaron con el argumento de que eran baldías. Recordaba conmovida a su hermano mayor, Manuel Flores Sánchez, hombre temido y respetado por su arrojo y valentía.

Contra la voluntad de su padre, Manuel se dedicó a la arriería y a arrear ganado. Prácticamente conocía todos los caminos de Guerrero – desde Tlapa hasta Acapulco – y los de la Mixteca Baja. Era un asiduo concurrente a las ferias, vestía elegante, como “plateado”; una moda que introdujeron los bandoleros del Estado de Morelos a los pueblos de Guerrero y del Sur Puebla. Tenía “bestias”, una buena cabalgadura y a diferencia de los demás miembros de la familia, que contaban con rifles de una sola percusión, él portaba un buen revolver. Siempre atento a las peripecias de la familia, llegó a la estancia para sumarse a la contienda.

Antes de la refriega, los Flores dejaron a una prudente distancia, en un punto de observación, al menor de los hombres de la familia, a Jesús, de diez o doce años. El niño comprendió que todo estaba perdido cuando vio morir a Manuel, protegiendo con su cuerpo a José María, su padre moribundo. ¡Sí!, Manuel murió auxiliando y sintiendo el aliento de su padre; sin él ya no quedaba más que hacer.

Al observar el desenlace, Jesús de inmediato corrió a dar aviso a las mujeres para que abandonaran la estancia. Ellas también estaban armadas, pero comprendieron que todo era inútil. Así empezó el peregrinar de lo que quedaba de la bravía familia Flores. Vivieron temporalmente en Epazutla, en Ixcamilpa y en varios pueblos y estancias de Guerrero y Puebla, hasta que finalmente llegaron a Chiautla. De la estancia de los Flores, ahora sólo queda eso: unos simples  “Paredones”.

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“Gabi” presentía una nueva etapa de incertidumbre. Le preocupaba el devenir, más aún cuando en este nuevo peregrinar llevaban a dos niños en brazos: Sabino y Casimiro (Mirito). Éste último hijo de Francisca, la hermana de “Vito”, quien murió en el parto. De modo que Gabina, además de amamantar a su hijo, era la nodriza de Mirito, quien a lo largo de la infancia y la juventud fue el alma gemela de Sabino.


In memóriam de don Esaú Cañongo, quien le narró esta historia a Sabino Cilia Flores, mi padre y a mí.

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