Las Raíces del Fuego: Niñez, Educación y Palabras

By on mayo 15, 2019
escolares

 

Gildardo Cilia López

Por: Gildardo Cilia López

En medio de un caos que parecía implacable, se tenía que pensar en el porvenir. Nadie podía sentirse tranquilo, es cierto; pero quien conoce la historia, sabe que está es cíclica: que nada es permanente; que la vida social tiende siempre a regenerarse. ¡La sombra siempre cede al influjo de la luz!

La desolación no podía imperar, México tenía que ser distinto; de modo que la educación era el camino a seguir para aspirar a un cambio; era el único medio para atemperar la tempestad. Quienes así pensaban, también buscaban contravenir al tiempo, moderarlo y matizarlo con la esperanza. Formar, significaba retomar los principios inalienables de justicia que los hombres armados exigían; también preparar el sendero de la paz y entender que era a la siguiente generación la que le tocaba asumir el compromiso de construir lo que se había destruido; es decir, la que tenía que reconstituir el tejido social.

“Vito” creía firmemente en la educación, la concebía como la raíz que tenía que profundizarse en la familia. Él simbolizaba un cambio en la huella generacional, la educación le había permitido adquirir un capital único para afrontar las vicisitudes de la vida. Contrario a todo anacronismo, él no podía romper con la inercia del destino que por sí mismo se había forjado. Además, ante la falta de heredad, la educación se constituyó en el único bien insustituible que podía heredar a sus hijos. Así, con empeño buscó la mejor forma de educar a Tollo y a los dos “chinditos”, Sabino y Mirito:


“Mi primo Casimirito y yo estudiamos en el Colegio Católico y después, en la Primaria Particular Mixta que dirigía la insigne y respetable maestra María de la Paz Ceballos”. (Notas biográficas de Sabino Cilia Flores”).


Casimiro Méndez Cilia

Casimiro Méndez Cilia 

Sabino Cilia Flores

Sabino Cilia Flores

El artículo tercero del texto constitucional de 1857 parecía impracticable. Textualmente señalaba que la educación debía ser libre, dejando a un lado a la religión y al dogma como los ejes vertebrales de la enseñanza. En los hechos, la opción liberal se incumplía: en todo México lo que prevalecía eran los colegios católicos, cuyo principal objetivo era catequizar a la sociedad civil. La conquista espiritual dio inicio en el siglo XVI y pese a los cambios sustantivos promovidos en la Constitución y en las Leyes de Reforma, la iglesia mediante sus centros educativos seguía dominando las conciencias de los hombres.

Sin embargo, la letra constitucional permanece latente – tiene más vida de lo que uno puede suponer -; sin ella la posibilidad de cambios sustantivos se reduce a la nada. Son las leyes y su espíritu, las que le dan un contenido al futuro que se le quiere dar a la patria. Los hombres de la “Reforma”, con sus leyes, habían roto con el dogma intolerante – perpetuado por los “conservadores” – con el que nació México en su vida independiente: La religión católica, apostólica y romana es la única que se debe profesar en el Estado. (Constitución de Apatzingán de 1814).

En las ciudades y los pueblos de México, la Constitución de 1857 – y las “Leyes de Reforma” – abrió la posibilidad de crear colegios laicos, en donde el adoctrinamiento y la enseñanza confesional pasaban a un segundo término. Esa suerte corrieron Sabino y “Mirito” con la existencia de la Primaria Particular Mixta existente en Chietla.

Niños católicos, Chietla 1943

Niños católicos, Chietla 1943

Los constituyentes de 1917 fueron aún más ambiciosos en sus objetivos:


La enseñanza es libre; pero será laica la que se dé en los establecimientos oficiales de educación, lo mismo que la enseñanza primaria, elemental y superior que se imparta en los establecimientos particulares. Ninguna corporación religiosa, ni ministro de algún culto, podrán establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria.

Las escuelas primarias particulares sólo podrán establecerse sujetándose a la vigilancia oficial.

En los establecimientos oficiales se impartirá gratuitamente la enseñanza primaria. (Texto original del Artículo tercero constitucional.


 En la etapa de la educación primaria de Sabino y “Mirito”, entre 1918 y 1924, el precepto del tercero constitucional solamente parecía una magnífica utopía; empero, la consecución de la letra escrita se convirtió en uno de los pilares fundamentales en la transformación del país. Todavía ahora significa un gran reto.

La razón del traslado de un colegio católico a un centro de enseñanza liberal y laico partió de un concepto sustantivo de “Vito”: el aprendizaje tiene una naturaleza endógena, se explica por el interés que se debe tener por el conocimiento mismo. Bien lo comprendía al ser un autodidacto por antonomasia.

Las reprimendas o castigos corporales sólo eran un signo inequívoco de una falta de capacidad de enseñanza; de perpetuar formas anquilosadas provenientes de siglos anteriores, en donde se tomaba en forma literal el proverbio de “que la letra sólo con sangre entra”; además los azotes también se utilizaban como ejemplo y para hacer prevalecer la disciplina:


“¿Les voy a platicar por qué salimos del Colegio Católico? Los alumnos teníamos prohibido cortar la fruta del árbol de huajocote que había en los patios del Templo y cuando cierta vez algunos fueron sorprendidos en el hecho, el vigilante los acuso con el profesor del grupo, el que los azotó atrozmente con una vara. Yo tan sólo acompañaba a los culpables, pero también fui castigado. Esto motivó nuestra salida al darle la queja a mi papá” (Notas biográficas de Sabino Cilia Flores).


“No hay mal que por bien no venga”, su insigne y respetable maestra de la Escuela Primaria Mixta: María de la Paz Ceballos, se convirtió en la artífice de una buena educación: de un proceso de enseñanza – aprendizaje esmerado sustentado en la paciencia, en la comprensión y el afecto. El aprecio creció con el tiempo, se hizo mutuo y duró toda la vida. Sabino al visitar Chietla iba al encuentro de su maestra y ella en su ancianidad y él ya en una edad madura, se saludaban, mostrándose un afecto inconmensurable.

Maestra María de la Paz Ceballos, diciembre 1948

Maestra María de la Paz Ceballos, diciembre 1948

La Expansión Espiritual

¡Es inútil!, aunque queramos no podemos dejar de ser niños. Y es que la niñez es la raíz de todo: del carácter y de la conciencia. Se vive una realidad, sí, pero esa realidad a esa edad es única, porque se concibe más con la imaginación, todo tiene un toque de magia y fantasía.

Todo en la niñez es trascendente, es la única etapa en el que el tiempo es nuestro: el tic taca del reloj son los latidos de nuestro corazón. Les damos a las cosas con las que interactuamos un valor único, porque creemos firmemente que están imantadas con nuestro ser. De modo que a todo le agregamos la palabra suerte: a la moneda, a la canica, a los zapatos; sin esas cosas que espiritualmente “forman parte de nuestra alma”, ante cualquier evento, juego o contienda nos sentimos perdidos.

Es en la niñez cuando el hombre tiene la mayor capacidad de amar: es en ese periodo cuando nuestros sentimientos están más acordes con la expansión del universo espiritual. ¡Ah! y es el juego – bendita diversión – la que nos enseña a entender y comprender nuestra condición de seres afectivos; a partir de él descubrimos esa emoción inenarrable que nos conduce a la ruta del amor, el aprecio y la sensibilidad. Algunos como mi padre jugando a las “escondidas” experimentaron la sensación del roce de la piel, del primer beso; sí, ¡del desmedido palpitar del corazón!:


“Ahora recuerdo gratamente, que desde cuando cifraba los 8 y 12 años de edad, fui favorecido por el bello sexo femenino. En el Colegio Católico fue mi condiscípula y amiguita la niña Rebeca Coca, sobrina del párroco de la iglesia, la que compartía mi pupitre y siempre le gustaba estar conmigo. En la Escuela Particular Mixta tuve dos compañeritas, hijas de españoles, cuyo padre era dueño de la hacienda la Esperanza, a orillas del pueblo. A la hora del recreo, ya sabíamos: jugábamos a las escondidillas y en alguno de los cuartos vacíos nos encontrábamos. Ellas inocentemente me abrazaban y besaban, de lo cual yo también me sentía contento y complacido. En la casa donde vivíamos, a la derecha, estaba la de mi condiscípula Carmen Lepiés, hija de árabes. En el cerco de piedra que dividía los patios, nos poníamos a platicar con cariño y a veces me obsequiaba tortillas de harina u otros platillos propios del país de sus padres. A la izquierda, vivía mi condiscípula Emilia Moreno, la que igualmente me trataba bien”. (Notas biográficas de Sabino Cilia Flores).


Conciencia y Palabras

Los niños crecían y adquirían conciencia. Se daban cuenta de la necesidad de hacer que su tiempo tuviera un contenido valioso: de utilizar su ingenio y su esfuerzo para ser menos dependientes del ingreso familiar. Esa necesidad no surgió por limitaciones económicas, porque “Vito” mediante sus diferentes empleos en las oficinas del Ferrocarril Interoceánico y en el Ayuntamiento, o en sus encargos en el aparato de la administración de justicia, como Ministerio Público, Secretario del Juzgado o Juez de Distrito ya había consolidado su posición económica. Trabajar significaba para los “chinditos” ponerse a prueba, darle un sentido creativo a la cotidianidad.


“Mirito” y yo éramos los comisionados por mi mamá “Gabi” para llevarle diariamente la comida a “Tollo”, quien ya se había empleado en las oficinas del Ferrocarril Interoceánico. La estación estaba a unos dos kilómetros de Chietla.

Nuestros padres, mi abuelito Pablo y “Tollo”, por sí mismos, nos daban algún dinero, o bien, cuando se los pedíamos. Sin embargo, desde niños, nos gustaba ganarlo mediante el desempeño de servicios. Después de llevarle los alimentos a “Tollo”, nos esperábamos a la llegada del tren de pasajeros y cuando éstos bajaban de los carros, nos apresurábamos a ayudarles llevándoles sus maletas y cosas. Cuando llegábamos a sus casas nos preguntaban cuanto tendrían que pagarnos y nosotros galantemente les contestábamos que no era nada, táctica que nos redituaba que nos dieran buenas propinas; bueno a veces nos resultaba mal porque solamente nos daban las gracias.

Mi papá Vito se dio cuenta de mis afanes y cuando yo tenía apenas 12 años de edad, me nombró comisario del Juzgado, donde él era el Secretario. Sin abandonar mis clases en la escuela, realizaba el aseo del local, limpiaba y arreglaba los expedientes, llevaba los citatorios a las personas que se necesitaban y hacía los mandados en general. Mi sueldo fue de CINCUENTA CENTAVOS diarios. Fue la primavera vez en que disfruté un sueldo asignado. ¡Ah!, y la sobrina del Juez, Filogonia Palma, era mi novia. Su tío y mi papá como festejaban nuestro incipiente idilio.

Además, tenía otros ingresos económicos, porque por la influencia de mi papá, yo tenía acceso para comunicarme con los presos que hubiera en la cárcel municipal, los que me encomendaban les leyera y les contestara las cartas que recibían de sus familiares, que les hiciera cualesquier clase de documentos sencillos y que les escribiera cartas de amor para la mujer anhelada ausente…Siendo joven e inexperto en esas lides, me inspiraba en las palabras que ellos me decían, por lo que me fue inútil el breviario llamado “Cartas de Amor” que había comprado”. (Notas biográficas de Sabino Cilia Flores).


Eustolio Cilia Flores

Eustolio Cilia Flores

Así aprendió Sabino que las palabras no se dicen por decir, que se deben de sentir: ¡qué se deben de vivir! Fue en esa etapa de su vida cuando nació su verdadera vocación: “el amor por las palabras”. Durante el transcurso de su vida, diariamente, leía el diccionario, se preocupaba por la ortografía, la sintaxis y el significado de las palabras.

Es imposible establecer el número concreto de palabras que tiene el idioma español (se estiman más de 150 mil); es una lengua viva, permanentemente se incorporan nuevas palabras; en tanto que algunas caen en desuso. Sabino, hay que decirlo, contaba con un amplio vocabulario, que fue vital en su desarrollo intelectual y en su misión educativa.

Leer, escribir y viajar, podrían resumir las actividades que hizo en su vida Sabino. Su tiempo fue de aprendizaje permanente y su gran pasión fueron las palabras. Consultarlas, ponderarlas, hacer uso de ellas, eran parte de su tiempo vital; del que no aceptaba interrupción alguna. Las palabras, ¡sí!, se convirtieron en los guijarros virtuosos que le daban contenido a su ser: a sus pensamientos y a sus emociones; fieles acompañantes, le hicieron adquirir el carisma de un “orador perpetuo y peregrino”.

“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

(Miguel de Cervantes Saavedra)

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>