Las Raíces del Fuego: El Hilo del Laberinto

By on junio 7, 2019
el laberinto del minotauro

 

Gildardo Cilia López

Por: Gildardo Cilia López

“Vito”, no quería emprender el camino del retorno a su tierra amada; regresar significaba volver a empezar: ¡perder todo! Quería seguir creciendo, además lo obtenido había sido producto de un gran esfuerzo: de su capacidad para enfrentar con ingenio la adversidad. Durante su estancia en Chietla había explorado la posibilidad de continuar el camino hacia nuevos destinos, que propiciaran mayores beneficios y seguridad a la familia. En su vida, se había impuesto la concepción de continuar devanando el ovillo de  hilo que lo alejaba de las sombras de su tiempo; que le permitiera a la familia vivir sin temores, “con mayor libertad”:


 “En aquellos días, ya mejorada la situación económica de mi padre, para hacer frente a los requerimientos ineludibles de la familia, dedicó parte de su tiempo a la siembra del maíz, para  lo cual adquirió en arrendamiento tierras de labor en lo que eran latifundios del  Ingenio Azucarero de Jaltepec y después en los de Atencingo, al frente de cuyos trabajos materiales quedó mi abuelo Pablo y yo como coadyuvante.

En 1920, en los primeros días de abril, empezaron a circular rumores de que era inevitable un rompimiento político entre Don Venustiano Carranza y el General Álvaro Obregón. Pasó el mes de abril y ante los ominosos rumores de una guerra de mayores proporciones de la que íbamos saliendo con la muerte del General Zapata, mi padre dispuso nuestro envío a la Ciudad de Puebla. Ahí, para no perder el tiempo, mi madre nos hizo ingresar al Colegio “Lafragua”. (Notas biográficas de Eustolio Cilia Flores).


 Eustolio Cilia Flores

Eustolio Cilia Flores

¡Sí!, las circunstancias son los dados con lo que juega Dios: la posibilidad de vivir en Puebla era latente; sin embargo, entre 1920 y 1924 la trayectoria de “Vito”, fue admirablemente ascendente; de modo que optó por permanecer en Chietla:


 “Invitado por el General José María Sánchez para realizar en ese Municipio su campaña política, le gestionó con la influencia que tenía, el nombramiento de Agente de Ministerio Público del distrito de Chiautla. Cuando el candidato arribó poco días después a Chiautla, siendo mi padre su Jefe de Propaganda en el Municipio, lo nombró Juez de Primera Instancia y de lo Criminal del Distrito de Chiautla, con sede en Chietla”. (Notas biográficas de Eustolio Cilia Flores).


Crecer significó paradójicamente para “Vito” perder la tranquilidad que había anhelado para él y su familia. Asumió el riesgo, pero casi de inmediato empezaron las discordias con diferentes opositores políticos y con hombres que ambicionaban su posición. La envidia se hizo presente y las amenazas abiertas; el hilo conductor de su superación, en forma extraña lo habían introducido a un laberinto aciago.

Y es que la vida siempre es un laberinto, lo es hasta el último suspiro. El hombre al vivir en una sucesión de hechos, ata su destino a circunstancias que se entretejen y que pendularmente lo hacen mover de la ventura  a la desgracia. Él, no quería regresar, pero entendía que no sólo era responsable de su propia vida; también era responsable de la de su familia:


“Ante las circunstancias graves de inseguridad en la existencia física de mi padre, mi mamá Gabina y mi abuelita Cristina en pláticas que tenían con él, lo instaban a que dejará la posición e intereses que tenía en Chietla y que se fueran con la familia lo más pronto a nuestra tierra Chiautla, en donde también podría lograr una situación privilegiada. Convencido ante tales razonamientos, nos fuimos a principios de diciembre del año de 1924 a Chiautla de Tapia”. (Notas biográficas de Sabino Cilia Flores).


chietla

Chietla, Puebla

Los tiempos eran infaustos: de amenazas continuas, de delitos impunes, de violencia solapada. No había posibilidad para la disidencia; todo desacuerdo implicaba riesgos. “Tollo” recuerda también la causa del retorno a Chiautla:


“La discusión acalorada con un hombre que se decía agrarista; que se sentía un non plus ultra, un perdonavidas, pues sin que mediara motivo asesinaba al que quisiera, y lo peor de todo que esos delitos quedaban impunes por el sólo hecho de ser agrarista. Las incidencias políticas y la incapacidad de (los contrincantes) de aceptar los triunfos o las derrotas; la muerte violenta de mi abuelo Pablo; así como las suplicas y ruegos de mi abuela Cristina y de mi madre ante el temor de perder al ser amado, obligaron a mi padre a regresar a Chiautla de Tapia”. (Notas biográficas de Eustolio Cilia Flores).


Así concluyó la Odisea de Chietla; después de 12 años la familia retorna a casa, a Chiautla. Regresan “Vito”, su esposa Gabina y sus hijos Sabino y José Herón (“Lonchi”), quien había nacido en Chietla en 1919; su madre Cristina y Casimirito, (primo hermano y hermano de crianza de mi padre). Pablo había muerto, victima de la barbarie de esos tiempos. El joven Eustolio se había quedado en Chietla, para construir el mismo su propio destino: hombre inteligente, noble, reposado, creativo, imaginativo, de buena pluma; fue el tronco de una rama paralela a nuestra generación.

Templo de San Miguel Arcángel, Chiautla de Tapia.

Templo de San Miguel Arcángel, Chiautla de Tapia.

Las Raíces Profundas 

¿De dónde surgieron las raíces profundas de mi padre, el maestro Sabino Cilia Flores, si la tierra, en apariencia, después de 12 años de ausencia ya se había reblandecido? El lugar de nacimiento le da un sentido de pertenencia al hombre; pero no lo es todo, sólo es un principio de identidad. La raíz sólo se hace entrañable, si existe además un sentimiento que trasciende a lo terrenal; que es divino, circundante al alma. A una edad transitoria en donde todavía se es niño, pero en la que inician cambios trascendentes, a los 12 años, lo sacude un golpe atroz, desgarrador: el 5 de febrero de 1925 muere su madre Gabina, en su tierra natal, a sólo dos meses  de haber regresado a Chiautla.

Al interrumpirse esa vida, el instante se convirtió en eternidad; la conciencia en honda tristeza; su alma agobiada sólo buscó la compañía del ser  ido, evocando siempre su recuerdo. Cito textualmente a mi padre:


(De regreso a Chiautla en 1924): “Bien me di cuenta que mi adorable mamá estaba muy contenta y feliz de que ya estuviésemos radicando nuevamente en nuestra tierra natal; pero principalmente porque mi papá ya no confrontaba los peligros que tenía en Chietla, pues mucho lo quería y se preocupaba por él, habiendo sido siempre una buena esposa, amorosa madre y cariñosa nuera, cumpliendo con todos sus deberes hogareños. Con su trato atento y afectuoso disfrutaba en sus relaciones sociales con los de la familia y con las personas de su amistad. La buena posición de mi papá y las nobles virtudes de mi mamá hicieron que en lo social hayamos sido la destacada y principal familia en los lugares donde estuvimos viviendo.

Cierta vez yo estaba jugando en la calle con mis amiguitos. Cuando entré a la casa me llamó mi mamá, que estaba postrada en cama, y me pidió que me acostara a su lado. Me abrazó y beso como una entrañable madre y al darse cuenta que mi camisa estaba rasgada en el hombro llamó a la sirvienta y le indicó que inmediatamente me diera otra y que en lo sucesivo tuviera cuidado de que mi ropa de vestir estuviera arreglada y limpia.

Nuestra querida mamacita se encontraba gravemente enferma. Nos dimos cuenta con gran pesar de los delicados momentos en que se encontraba…Y cuando las campanas de la iglesia tocaban el alba, ya estaba en agonía y llegó la cruel y dolorosa fatalidad de su fallecimiento a  las 5 horas del 5 de febrero de 1925. Al día siguiente, a las 11 horas, fue sepultado su cuerpo en el panteón de la iglesia de San Miguel, de Chiautla de Tapia. Adorable e inolvidable mama Gabina: Disfruta de la paz y dicha allá en el reino de nuestro señor.”


 Tiempo y espacio se hicieron sagrados. En la conciencia de mi padre, quedo indeleble el recuerdo. De manera –  tal vez inconsciente – el CINCO se hizo cabalístico; era su número de azar. Durante los 84 años que le sobrevivió a su madre, siempre la honró en solemne culto y le explicaba vehemente lo que le iba aconteciendo en su vida. Ella se convirtió en su huella profunda; en la raíz invisible que lo atraía fervientemente a Chiautla; en la savia que alimentaba su alma. Por ella, él y sus queridos difuntos están aquí, transformándose en “polvo de amor”; son las almas que honramos. Son nuestras raíces del fuego.

Puente de las Flores, Chiautla de Tapia 1905.

Puente de las Flores, Chiautla de Tapia 1905.

La infausta pérdida, aceleró su tiempo. El niño sin su madre se hizo repentinamente hombre; convirtiéndose él mismo en árbol de vida. “El Sabino (o Ahuehuete) – en nuestra tradición memoriosa – es el abuelo de los árboles, el padre de las aguas; de él nacen los manantiales”.

Es posible concebir a mi padre, en un gran desasosiego: su núcleo familiar se había perdido.  Frente a esa desolación, no existe más remedio que acudir a la propia conciencia; toda salvación tiene una naturaleza intima, introspectiva:


Mi padre caminaba sin tocar el suelo; invocaba:

“¡Oh Dios!, restitúyeme en la tierra o dame la luz del cielo.

Y Dios lo hizo hombre; y le regaló un don divino: la “ESPERANZA”.

Y él – árbol viviente – se plantó en la tierra y se ofrendó al cielo.

Y su alma se hizo de raíces y peregrina.

 

La Divinidad del Tiempo y del Espacio

Ser árbol, ser todo: savia de tierra, manantial de vida;

 alcanzar con los frutos el esplendor del cielo.

Y no quedarse ahí: poder mover nuestras raíces;

caminar por senderos; conocer otros espacios;

otros contornos estrechos y constelados;

disfrutar otras esencias;

contemplar otros pasos;

 sentirse parte del universo infinito.

Y entender el tiempo:

regresar viejo a la tierra sagrada;

disfrutar de una santa pausa,

de nuestras raíces invisibles,

percibir el fuego que florece,

la esencia vital que nos distingue,

el espíritu que nos da aliento

hasta el último suspiro.

Vivir, sí, con los latidos del alma.

He ahí la divinidad del tiempo y del espacio.


Sobre el Mito del Laberinto

Metáfora sobre metáfora, el mito del Laberinto, proveniente de la Edad Minoica, (1450 años antes de Cristo), ha sido una fuente inagotable de inspiración de la cultura, la literatura y la ciencia universal. Mito de múltiples espejos, ha forjado innumerables interpretaciones. Hay quienes consideran al Minotauro no como un victimario, como una víctima; se conduelen de su aislamiento y su soledad. Bajo esta perspectiva, el monstruo no busca defenderse, más bien desea la muerte, ante un castigo que le impone la sed de poder de un hombre: el Rey Minos.

El mito lleva a concluir que la verdad es un conjunto de eventos que se entretejen y se ramifican, lo que hace imposible llegar a ella mediante un juicio simple. ¡Ah! y aun creyendo que hemos encontrado la verdad, toda verdad es siempre transitoria y relativa.

Caminamos no en línea recta; de hecho la línea recta no existe porque el espacio es curvo. Caminar sobre el laberinto significa hacer uso de nuestro ingenio y sentidos, alimentar nuestras capacidades: ¡forjar una personalidad! La vida laberíntica está relacionada con la evolución del hombre; sin imaginación y sin esfuerzo, se iniciaría un retroceso evolutivo.

Mi padre a los 12 años aprendió que, en realidad, la vida es un laberinto.

 

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