Las Raíces del Fuego: El Maestro Rural

By on julio 13, 2019
faeton

  • La educación es misión; quien no cumple comete el peor de los pecados: atenta contra el porvenir

Gildardo Cilia López

Por: Gildardo Cilia López

El Mito de Faetón

Cuando Faetón se acerca a Helios para confirmar su linaje solar, el Dios con vehemencia le dice: “en efecto eres hijo de Clímene y mío y como padre que soy tuyo, te juro por el Río Estigia que te concederé cualquier deseo que me pidas”. Faetón, le manifiesta su deseo: “déjame conducir un día el carro solar, quiero demostrar que soy tu hijo”. Helios se dio cuenta que había cometido una imprudencia, pero como Dios no podía incumplir con la palabra empeñada. Tratando de disuadirlo, le dice: “ni el mismo Zeus puede controlar a los caballos briosos”.

Faetón con firmeza le contesta: “si soy tu hijo: ¡claro que puedo conducir el carro solar!”. El hijo de Helios se mantuvo inflexible, por lo que al Dios sólo le quedó hacerle las recomendaciones necesarias: “cuida el sendero: no castigues en demasía con el fuete a los caballos; tampoco dejes que ellos caprichosamente hagan su voluntad y te dominen. ¡Debes hacerles sentir que llevas la rienda con firmeza!”.

El desenlace era previsible: en la travesía, Faetón perdió el control de los caballos albos que tiraban el carro solar: primero subió tan alto que la tierra se enfrió; luego el carro descendió de tal forma que hizo exclamar a Gea de dolor. Ante el caos generado por la torpe conducción, Zeus se vio obligado a intervenir, fulminando a Faetón con un rayo. Conforme al mito, así fue como una parte de la tierra ardió y se secó, haciendo desaparecer su vegetación: fue así como surgieron los desiertos.

El mito lleva a una lección dual: para unos, es el castigo que merece un joven irreflexivo que no puede contener sus impulsos ante una acción por él desconocida; para otros – esa es la lectura que le da Sor Juana Inés de la Cruz – es el comportamiento de un joven que desea firmemente probarse a sí mismo y que quiere demostrar su grandeza ante los demás: al querer ejecutar una acción que sólo le es dada a un Dios.

Para Sor Juana el ejercicio máximo de los dioses es la sabiduría y la osadía consiste en tratar justamente de igualarse a ellos; de modo que utiliza el mito como una analogía del deseo de conocimiento; del afán por el conocimiento dice Octavio Paz.

El mito bien pudiera tener más lecturas. Si la prudencia significa sabiduría, es el Dios Helios (el padre) el primero en equivocarse: al prometer un deseo sin conocer la intención de Faetón (el hijo); también se puede concluir que ni un Dios puede oponerse a la voluntad vehemente de un joven. Las analogías pueden ser múltiples, pero a mi parecer la piedra angular que sostiene al mito es el deseo, que es lo que marca el destino de todo hombre.

Profesor Sabino Cilia Flores

Profesor Sabino Cilia Flores

El Deseo de Sabino

Habían pasado tres años después de la muerte de su madre y el joven Sabino, de 15 años, se encontraba intranquilo e insatisfecho. Si bien contaba con el empleo de Comisario del Juzgado de Primera Instancia y con la protección de su padre “Vito”, se daba cuenta que se encontraba estancado y sin posibilidad alguna de superación porque en Chiautla de Tapia sólo existían escuelas de educación básica.

Su tierra rodeada de relieves, le evocaba las paredes de un laberinto; también se daba cuenta que su ancestral tierra tenía un sinfín de caminos y veredas en todos los puntos cardinales que lo podían conducir a diferentes destinos. ¡Sí!, el espacio terrenal en el que se desenvolvía existía una paradoja: por una parte, reclusión, porque Chiautla en la época colonial había sido un centro congregacional de mano de obra; por otra, libertad, porque su tierra formaba parte de las rutas de arrieros, de aventureros y de hombres que querían evadir o escapar de las restricciones económicas y espirituales impuestas por el régimen novohispano.

Conocía a la perfección los puntos periféricos, las barrancas y las cañadas. Los conocía por el deseo natural de emancipación que le había generado su padre, al desposarse con una mujer distinta a “Gabi”, su madre; también, porque formaban parte de la ruta amorosa que él mismo había trazado. Entendía ya a “Vito” y respetaba y quería a “Lucinita”, la nueva esposa de su padre. Sabino también era presa de un amor limpio y sincero:

Chiautla de Tapia

Chiautla de Tapia

“Yo estaba en la edad de la juventud, tuve con el bello sexo femenino una suerte grandiosa, pero tenía una novia preferida, guapa, decente y hacendosa.

Eloy, mi novia amada, y yo siempre nos demostrábamos honestamente nuestro cariño. Me obsequiaba algunas cosas y ciertos postres preparados de leche y yo también le hacía regalos convenientes y afines”.


No obstante, sabía que tenía que salir del laberinto: o lo hacía – como Ícaro -, con las alas de cera que le podía obsequiar su padre; o bien – como Faetón -, con su propio impulso. Él ya había concebido su destino, así que decidió ser su propio artífice.

Escuela Normal Rural de Izúcar de Matamoros, 1930

Escuela Normal Rural de Izúcar de Matamoros, 1930

La Escuela Normal de Izúcar de Matamoros

Sabino tenía ya el deseo de su propia superación, pero en la vida es necesario que se concatenen las circunstancias para que los eventos se den. Durante tres años parecía que las cosas permanecían inmutables, pero se aferraba a la esperanza de que iba a surgir la oportunidad que le permitiría emprender el derrotero que deseaba. Durante esos años, indudablemente los días habían sido felices, cobijado por el amor de “Vito” y por el refugio encontrado en los brazos de ninfas y doncellas, hasta descubrir a la novia amada; sin embargo, no podía quedarse ahí: la flor prodiga vida, inspira; veleidosa recibe la luz del día, contempla el cielo, pero es fruto del esfuerzo de la tierra.

La oportunidad llegó y él consciente le abrió la puerta. En sus palabras:


“En el año de 1928, yo continuaba con el empleo de Comisario del Juzgado de Primera Instancia y de lo Criminal. En el mes de junio fui llamado por el Presidente Municipal, quien me informó que se ofrecían unas becas en la Escuela Normal Rural de Izúcar de Matamoros, Puebla, donde ya estaban estudiando con anterioridad unos muchachos de Chiautla, entre ellos mi gran amigo Arnulfo Domínguez y que si deseaba aprovechar la oportunidad que me fuera desde luego porque el plazo estaba por vencer o ya había vencido. Esto se lo comuniqué inmediatamente a mi papá, habiéndome concedido el consiguiente permiso. También lo hice del conocimiento de mi novia Eloy, causándole alegría al saberlo. Mucho me animó y más o menos, me dijo: “Que bueno que te vayas a estudiar, yo te quiero mucho y te deseo un porvenir mejor”.


Quien incesantemente busca un cambio, tiene que ser esencialmente digno. Sin ello, la vida encuentra un misterio insondable: los anhelos se revierten; no hay superación y da inicio una tortuosa regresión. La vida no es gratuidad; todo se sustenta en el esfuerzo: ¡el mundo es energía! El joven así lo entendía, a los 15 años salía de su tierra para darle un nuevo rumbo a su vida; radiante de optimismo, bien sabía que estaba preparado para enfrentar el porvenir: traía consigo su inteligencia; una educación básica esmerada, fortalecida por un autodidactismo natural y su inseparable (su inalterable) dignidad:


“Cuando llegué a la Escuela Normal Rural …me trasladaron a una aula y ante la presencia de los alumnos del grado escolar, fui sujeto a examen de las principales asignaturas, siendo los resultados que no sólo fui aprobado, sino que me inscribieron en el segundo grado. Me puse muy contento y feliz por el éxito obtenido y porque había logrado seguir capacitándome académicamente; porque sería un alumno becado por el gobierno, sin ocasionarle gastos económicos a mi papá; y porque vislumbre con más claridad que mi anhelada superación en el futuro estaba en mi camino.

Fui un estudiante pobre, pero digno. Nunca pedí gratuitamente nada a nadie, excepto a mi bondadoso papá. Mi novia Eloy me enviaba obsequios en prendas, frutas de la época, dulces de leche y otras cosas. Muy a mi pesar, las prendas las empeñaba o mal vendía cuando mucho necesitaba de dinero para satisfacer mis necesidades más ingentes. Como recuerdo que cuando anochecía iba al tianguis que se instalaba a un lado del zócalo, compraba dos centavos de cacahuates tostados en horno o dos centavos de semillas tostadas y un raspado de hielo con dulce de tamarindo o grosella con leche que me costaba tres centavos. El raspado, cuando no tenía dinero, me lo fiaba la “marchantita” y se lo pagaba tan pronto como podía.


El joven estaba lleno de luces: era vigoroso, capaz y talentoso. Como los mantos del río corren al mar; así él avanzaba a un futuro ya no del todo ignoto; su espíritu tenaz, lo llevo a una conclusión luminosa; ¡Tenía que destacar! Su voz se hizo segura, repetía altivo: ¡Quién dijo miedo!; y su alma se impregnó de los frutos mágicos de “Elpis” la Diosa de la Esperanza. Todo estaba en marcha, en el camino que deseaba; él nunca fue un labrador, pero poseía la energía que mueve a la tierra; se preparaba para emprender una tarea portentosa. En su esencia, aún joven (y ya desde niño) era un hombre distinto, distinguido, dispuesto a destacar:

Vista panorámica de Izúcar de Matamoros

Vista panorámica de Izúcar de Matamoros

“Sin llegar a lo obsoleto, ni a la ridiculez, siempre fui un joven catrín: observaba las reglas del aseo y limpieza personal, me gustaba andar perfumado y además llevaba en la bolsa de la camisa una flor de jazmín, usaba buenas ropas y en lo general vestía bien. Esto último, por supuesto, gracias a la benevolencia de mi inolvidable papá. Mis ocupaciones habituales habían sido solamente las de oficinista y haciendo las veces de secretario particular de mi papá y de las personas que requerían mis servicios en lo particular.

Por lo anterior, no estaba enseñado, ni acostumbrado, en el desempeño de labores manuales y materiales, ni mucho menos en los rudos trabajos de cultivar la tierra, siendo esto un gran inconveniente que confronté al no cumplir a satisfacción con los programas de enseñanza práctica que sobre agricultura y oficios de herrería, carpintería, albañilería, pequeñas industrias, entre otras, se impartían en la Escuela.

De manera insólita e inesperada llegó la solución. Alguien le informó al Director de la Institución, que no contaba con ningún empleado administrativo, que yo escribía muy bien a máquina y que tenía algunos conocimientos de contabilidad. Él me llamó, me sometió a pruebas y se puso contento con los resultados. A partir de entonces, después de mis clases académicas, me encomendó y ejercí las funciones de su Secretario. Con tal motivo, mis amigos y compañeros me pusieron el alias de “LICENCIADO”, más cuando sabían que mi papá litigaba en tal profesión.

En el mes de noviembre de 1929, terminé mis estudios de maestro rural, habiendo recibido en un acto oficial las calificaciones y el certificado correspondiente. Momentos después llegó a mi mente un recóndito anhelo: me propondría llevar a cabo una ardua, constante y eficaz actuación para sobresalir entre los miles de maestros rurales que existían en el país y de que buscaría la forma de que mediante mi gestión educativa, conociera muchas partes del suelo patrio, pues yo nunca había salido fuera de la región de mi tierra natal. Gracias a Dios mis pensamientos entonces ilusos se realizaron con el transcurso del tiempo: paso a paso en breve tiempo ascendí en cada uno de los puestos escalafonarios y como maestro y funcionario, presté mis servicios en la mayoría de las entidades federativas, hasta llegar a ocupar un cargo a nivel nacional en las oficinas centrales de la Secretaría de Educación Pública”.


El joven brillaba con luz propia. Su luminosidad no se ubicaba en los bordes del espacio sideral; como en la leyenda mitológica del Quinto Sol, su luminosidad se situaba en el quinto punto cardinal: en el centro del cosmos. Se hizo maestro misionero; artífice de ideas, de proyectos educativos; – con el transcurso del tiempo – se convirtió en funcionario estricto, implacablemente exigente; pero ponía el ejemplo, siempre lo impulsó el deber, se adentraba a caminos inhóspitos para llegar a poblaciones recónditas; verificaba sistemáticamente el cumplimiento de las labores docentes, el avance educativo de los niños y jóvenes. Tenía razón: la educación es misión; quien no cumple comete el peor de los pecados: atenta contra el porvenir.

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