Las Raíces del Fuego: “Hacer de la Escuela una Casa del Pueblo”

By on agosto 10, 2019
josé vasconcelos

Por: Gildardo Cilia López

Gildardo Cilia López

El Infatigable Hermes

En el Panteón Griego, Hermes pareciera un Dios secundario, pero en realidad tiene un papel trascendente en la simbología del desarrollo humano. Analicemos sus múltiples matices.

Hermes, en primer lugar, simbolizaba cambio; por eso era la divinidad protectora que está en todo lo que parece un tránsito inherente del ser, así como en la posesión de las cosas. Sus dominios son amplios y diversos: se relaciona con el intercambio de bienes en forma voluntaria o forzada (robo); con las vías de traslado y las señales que orientan en el camino; con las puertas y umbrales que establecen límites pero también accesos no sólo físicos, sino espirituales; con los mensajes que permiten la comunicación abierta, pero también velada; con lo que resulta enigmático en el proceso del conocimiento: la revelación y la interpretación y con lo que se puede percibir consciente, subconsciente o inconscientemente. ¡Hermes era el Dios de la mente!

Como mensajero de Zeus, Hermes era el encargado de llevar los sueños a los mortales. Según la tradición antigua griega: es él quien nos mantiene entre la vigilia y el reposo y el responsable de que se experimenten en los sueños lo que parece una realidad vivida, en el que se involucran un sinfín de sentimientos: miedo, ira, regocijo, tristeza, culpabilidad y vergüenza, entre otras sensaciones.

Como Dios mensajero estaba relacionado con aptitudes o aspectos nodales en la vida de todo hombre: movimiento, reposo creativo (ingenio), astucia, dolor y placer. La figura de Hermes como viajero incansable también sintetizaba los aspectos sustantivos de lo que es el devenir histórico del hombre: origen, huella y destino.

Hermes podía trasladarse del cielo al inframundo, tocaba así los umbrales de la luz o de la obscuridad; era el dios Psicopompos, es decir, el que guiaba las almas hasta la laguna Estigia, en donde éstas debían pagar un óbolo para subir en la barca de Caronte que las conducía hasta el reino de Hades. El Dios, así, era un intermediario de todo lo que puede concebir la mente humana: entre los Dioses y los hombres; entre el cielo, la tierra y el inframundo; entre el día y la noche; entre la claridad y la penumbra espirituales.

Como Dios que simbolizaba el movimiento estaba asociado al sonido, es el inventor del lenguaje: del hablado y su ingenio le permite trazar los sonidos, por tanto es el creador del alfabeto (griego). Él es quien ilumina a los oradores, dándoles el don del convencimiento y la persuasión. Amante de la disertación, estimulaba a los hombres a hacer un uso profundo de las palabras; de él proviene el conocimiento dialéctico.

Hermes articulaba la ciencia con las artes: fue el inventor del fuego mediante la frotación y de la lira y la siringa. Su capacidad de persuasión y su música divina podían dormir a sus oyentes. Zeus le da la difícil tarea de eliminar a Argos Panoptes: el gigante de cien ojos que vigilaba a Io, la amante de Zeus, instruido por su celosa cónyuge: Hera. El Dios mensajero durmió al temible guardián tocando su flauta mágica, matándolo con una piedra afilada cuando en su somnolencia se le cerraron todos los ojos.

El Dios ve todo y entiende todo: revela y muestra; también oculta, en espera del descubrimiento del conocimiento y de su interpretación. De Hermes se deriva el hermetismo y la hermenéutica, complementando el ciclo del conocimiento: el hermetismo resguarda el saber para los que desean conocer; en tanto que la hermenéutica descifra, traduce y devela, es decir, permite interpretar y comprender las cosas.

hermes

Como es notorio, Hermes era un dios con muchos oficios y tareas y de innumerables ardides y trucos; de ahí su adjetivo de polítropos. En la concepción de la Grecia de la edad heroica era un Dios infatigable, que no descansaba ni un instante, tanto en el día como en la noche.

En el siglo II a. C., Luciano de Samosata, en su “Diálogo de los Dioses”, con cierta ironía aborda el pluriempleo del Dios mensajero. En un diálogo con su madre Maya, Hermes se queja de todos sus quehaceres: “Al clarear el día, es necesario barrer la sala del festín…(Luego) tengo que presentarme ante Zeus y llevar de un lado a otro sus mensajes, corriendo todo el día para arriba y para abajo…Y lo más terrible de todo, es que soy el único que no duerme durante la noche, sino que debo conducir las almas a Plutón…No me son suficientes los trabajos del día: estar en la palestra, ser pregonero en las asambleas e instruir a los oradores, sino que además debo repartirme para organizar los asuntos de los muertos”.

Si Luciano rompe con la concepción del mundo griego, es porque “humaniza” a los dioses. Pero ello nos lleva a una interrogante que es importante escudriñar: ¿es posible “divinizar” al hombre, es decir, enaltecer su espíritu para darle un cauce sustantivo a sus quehaceres?

El Joven del Ateneo

Con la creación de la revista “Savia Moderna”, en 1906, surgió una generación de intelectuales que rompe con la corriente filosófica predominante en el porfirismo: el positivismo. Para los jóvenes del Ateneo la vida no sólo era obra material, el determinismo y el mecanicismo comtiano y spenceriano, no cubrían el aspecto fundamental que podía sustentar – con el quehacer – la superación de una sociedad como la nuestra: el espíritu.

La obra material que se deriva de la ciencia la concebían importante, pero propendía a mantener el estatus quo: la inmovilidad social, el conformismo y el rezago de muchos en pro del beneficio de unos cuantos; así la ideología justificaba una vida que permanecía inalterable mediante el orden y el progreso, como si eso fuera afín a las leyes de la naturaleza: a una herencia biológica predeterminada. La corriente intelectual predominante era sombría y frívola, en consecuencia, había que enaltecer el espíritu, más bien, ¡la obra del espíritu!

Se podría decir que la generación del Ateneo era heterogénea, pero la obra de cada uno de ellos se sustentaba en elementos filosóficos, teóricos y conceptuales que alimentaban la estructura de sus ideas. Para romper con el positivismo recurrieron a Platón, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Bergson, James, Croce y desde luego a la literatura clásica griega; pero asombrosamente todo ese marco conceptual lo pudieron concatenar con lo que efectivamente les preocupaba: lo mexicano y lo hispanoamericano.

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Edificio de la Secretaría de Educación Pública

De la generación del Ateneo, tal vez el intelectual más sobresaliente sea José Vasconcelos, porque su pensamiento se derivó en acción constructiva. Hombre de matices sobresalientes, tradujo la esencia de sus ser a partir del servicio; ello arropado por un misticismo en el que convergen sueños y aspiraciones. No se podría entender el México moderno sin su monumental esfuerzo. La ansiedad ontológica de construir; de elevar la identidad del pueblo al estatus de raza cósmica; de darle congruencia a la historia a partir de la grandeza que nos identifica; de romper con la principal atadura que nos afrenta: la ignorancia, le permiten a Vasconcelos saltar su propia historia, es decir, ser un referente permanente de lo que debe ser nuestra cultura. Su visión de México la transformó cualitativamente en una misión: ¡dotar de espíritu al pueblo mediante la educación!

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¡Sí!, se puede decir que en Vasconcelos, más que pasión, existía fervor. Su filosofía educativa clara y concisa así lo indica:

1) sentir la cultura mestiza como base del concepto de mexicanidad;

2) mexicanizar el saber… hacer objeto de estudio la antropología y el medio natural del país;

3) hacer de Latinoamérica el centro de una gran síntesis humana;

4) emplear el sentido de servicio y amor fraterno del ser humano, como medio de ayuda a los más desprotegidos y

5) valerse del industrialismo… para promover el progreso de la nación”.  

El afán constructivo de Vasconcelos, su fe en la educación, se hace evidente, cuando al ser el Titular de la Secretaría de Educación Pública, define magistralmente lo que deben ser las escuelas y los maestros rurales: “Hacer de la escuela una casa del pueblo y del maestro un líder de la comunidad”. Esa frase se convirtió en el sustento de la misión de los maestros rurales.

La Fundación de una Primera Escuela

Sabino estaba convencido de que tenía que ser un maestro misionero; que era importante construir otro México, que era posible cambiar el rumbo de nuestra historia: contener pasiones, darle congruencia a nuestra bondad instintiva; desterrar nuestra ignorancia enraizada a lo largo de cuatro siglos. La misión educativa, significaba una gran aventura, en un país que se debatía entre la barbarie y la violencia, aún distante de pacificarse. Sin embargo, él tenía que cumplir con su primera gran misión: fundar su primera escuela:


“La Dirección Federal de Educación me ordenó (en 1931) que pasara a fundar la escuela rural en la ranchería de Plazuela, Municipio de Peñamiller, ubicada en la Sierra Gorda de Querétaro. Ahora quiero hacer un paréntesis, desde que era niño por la trayectoria de mi papá se fortaleció en mí el deseo de participar en lo que es la más maravillosa y hermosa de las funciones: la política. Con esta voluntad mía, antes de trasladarme a Plazuela, visite en su despacho al señor Saturnino Osorio, Gobernador Constitucional del Estado, para ponerme a sus órdenes y ofrecerle mi más amplia colaboración educativa, social y política en la región. Yo tenía 19 años de edad”.


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Sierra Gorda, Querétaro

Parece que no ha pasado el tiempo: todavía gratamente recuerdo a Sabino (mi padre) cantar con su voz enfática y tocando con su mandolina “Caminito de la Sierra”, balada ranchera compuesta por Joaquín Pardavé en 1929. Nunca le pregunté porque la entonaba con tanta frecuencia. Me parecía que la melodía se circunscribía sólo a una añoranza campirana; ahora al leer sus notas biográficas, me doy cuenta que la balada seguramente la cantaba o tarareaba cuando emprendía sus caminatas o cabalgatas en la Sierra Gorda de Querétaro. Esa canción, desde luego, formaba parte de lo que él consideraba nostálgicamente uno de sus principales méritos: el de haber asumido el servicio educativo como un apostolado:


“Salí de Querétaro a Tolimán en un camión carguero. Pernocté la noche del sábado en Tolimán. Al día siguiente, domingo, me agregué a unos arrieros que iban a Peñamiller llevando sus mercancías. Ya estando allí, descansando de las horas que caminé a pie, en unas de las bancas cercanas al mercado, acontecieron dos sucesos imprevistos: Uno, inopinadamente me di cuenta que dos individuos, próximos a mí, reñían con palabras soeces y de pronto sacaron sus puñales y se arremetieron alrededor de la banca donde yo estaba. Me levanté rápidamente y me retiré del lugar. Los rijosos siguieron en sus ataques por unos instantes, intervinieron algunas personas y al fin fueron detenidos por la policía. Y dos, cuando ya empezaba a oscurecer saqué de mi mochila el sarape y la sábana para un poco acomodarme en la banca para dormir. Había transcurrido aproximadamente una hora, cuando llegó una señora y me dijo que era peligroso que yo pasara la noche ahí, por lo que me invitaba a hospedarme en su casa, lo que, por supuesto, acepté con todo gusto, porque en el pueblo no había ningún mesón u hotel.

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Casa de la Corregidora, Ciudad de Querétaro

(Al día siguiente) emprendí el recorrido a pie de doce kilómetros de Peñamiller a Plazuela, lugar de mi destino, cuyo camino era abrupto y agreste propios de la Sierra, pues en aquellos años se carecían de carreteras y de otros medios de transporte. A llegar a la ranchería me di cuenta que unas cuantas casas se hallaban en el centro y las más diseminadas entre cerros y barrancas en la jurisdicción del ejido. La escuela y los mesabancos fueron construidos rústicamente por ellos, con bejucos, varas, horcones, tablas, vigas y otros materiales de la región. Para el espacio de la Escuela y para un pequeño patio de recreo tuvieron que rebajar las tierras de una loma previamente seleccionada. El mismo día de mi arribo hablé con las autoridades y se convocó para el día siguiente una asamblea general. Cuando ésta se inició me recibieron con aplausos y alegría, y después de haberles manifestado a grandes rasgos cuál sería mi programa de trabajo a favor de los alumnos, de los campesinos y de la comunidad, en general, quedaron muy contentos de mis propósitos.

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Tolimán, Querétaro

Todos ellos eran muy entusiastas, trabajadores, cumplidos y me dieron sus manos de amigos a tal grado que construyeron una casita rústica para que yo viviera, pusieron a mi disposición un matrimonio para que me atendiera en el aseo de la ropa y la alimentación, para lo cual llevaban maíz, fríjol, chile, nopales, manteca, miel de abeja, gallinas, huevos, carne de ganado cabrío que abundaba, frutas de la época de la región. Fue también aquí en Plazuela que cuando terminaba mis clases nocturnas con los alumnos adultos, me dedicaba valido de un método al estudio de la taquigrafía que aprendí en gran parte y que mucho me serviría en el futuro, lo mismo que hacía prácticas en la máquina de escribir para fortalecer mis habilidades en mecanografía.

A iniciativa mía se rebajó más la tierra de la loma, en donde se instaló un campo deportivo de voleibol. Enseñé a jugar a mis alumnos y jóvenes y también a adultos entusiastas. Después íbamos los domingos, previamente programados, a competir con el equipo de Peñamiller. Además, los sábados y domingos, se utilizaba el campo deportivo para la celebración de bailes, cuya música, con instrumentos rústicos, eran los sones huastecos. Mis alumnas, ya quinceañeras, me enseñaron a bailar los sones, lo que después hacía con todo gusto con ellas y otras señoritas. Por supuesto, el campo deportivo, estaba destinado preferentemente para recreo de los niños y para los juegos infantiles y juveniles que yo dirigía. Por último, diré: mi sueldo asignado fue de $ 45.00 CUARENTA Y CINCO PESOS mensuales.

El espíritu de Vasconcelos, estaba latente en el joven de 19 años y así se mantuvo inconmovible a lo largo de toda su vida: “Hacer de la escuela una casa del pueblo y del maestro un líder de la comunidad”.

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