México, obeso y diabético

By on noviembre 5, 2019
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La Jornada

En un informe publicado hace cinco años, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que la obesidad era una enfermedad no contagiosa que padecía la mitad de la población de los 34 países industrializados y emergentes que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En informes posteriores de instituciones que también miden las condiciones de salud de la población, se citan las causas de la obesidad: comer más de lo debido e ingerir alimentos que por su composición afectan a quienes los consumen; poca actividad física, vida casi sedentaria debido a la tecnología moderna, en especial la electrónica, que brinda entretenimiento a los niños, jóvenes y personas mayores.

El bienestar mal entendido, lo llaman los especialistas, que contrasta con la falta de alimento y calidad de vida de millones de familias.

Este año suman casi mil 600 millones los adultos con sobrepeso en el mundo. El país con mayor número y graves problemas de salud por esa causa es Estados Unidos: una de cada seis ­personas.

Las autoridades no hicieron lo debido para evitarlo con una política social y educativa de gran alcance. Como fruto, creció el número de diabéticos y las afecciones relacionadas con la tensión arterial y el corazón, el cáncer y otras enfermedades. El presidente Barack Obama la calificó como la crisis de salud más seria de esa nación. Para atacarla, su esposa Michelle puso en marcha una campaña contra la obesidad infantil, principalmente dirigida a las guarderías, con normas básicas para mejorar la salud y los hábitos de vida y alimentación de los más pequeños, pues uno de cada tres niños tenía problemas de sobrepeso. El señor Donald Trump eliminó la campaña.

En México la obesidad y la diabetes son dos graves problemas de salud pública. La primera es la enfermedad con mayor crecimiento; y la segunda la principal causa de mortalidad en edad productiva.El Instituto Mexicano para la Competitividad estima que atacar ambos males consume casi las tres cuartas partes del gasto gubernamental en salud. El crecimiento que esas dos enfermedades registra el último medio siglo va ligado a la demanda incesante de los alimentos procesados y la comida rápida ( fast food), que contienen más azúcar, grasas saturadas y sodio. En contraste, menos fibra, minerales y vitaminas. Pero son más accesibles en precio y disponibilidad que las comidas recién preparadas y saludables.

Existe una Estrategia Nacional para la Prevención y Control del Sobrepeso, la Obesidad y la Diabetes, destinada a establecer hábitos de consumo más saludables e incrementar la actividad física de la población. Sin embargo, hoy ocupamos el primer lugar mundial en obesidad infantil y el segundo en adultos. Poco más de 20 por ciento de los niños entre cinco y 11 años tienen obesidad; y sobrepeso uno de cada tres ­adolescentes.

Atender las enfermedades causadas por obesidad y sobrepeso (cardiovasculares, cerebro-vasculares, hipertensión, algunos cánceres y diabetes mellitus tipo 2) consume cada vez más el gasto del sector salud. En paralelo, la pérdida de productividad por muerte prematura atribuible a ambos males se cuadruplicó este siglo.

Somos uno de los países con una extraordinaria oferta y diversidad de productos alimentarios. Pero la modernidad mal entendida hizo que las dietas tradicionales las remplacen las que imponen las corporaciones trasnacionales y sus socios locales a bajos precios y en grandes cantidades. Pertenecemos ya a un escenario obesogénico globalizado en el que la peor parte la llevan las naciones en desarrollo. Bien cabe preguntar lo que el actual gobierno y los legisladores hacen para reducir los efectos negativos de la obesidad y la diabetes, para evitar el consumo de comida de mala calidad y el ­sedentarismo.

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