La Canica de la Suerte

By on enero 7, 2020
canica

Gildardo Cilia López

Por: Gildardo Cilia López

En las tierras semiáridas del Estado de Nuevo León, las noches de «Reyes», eran extremadamente frías. Todo parecía mágico, la vegetación tomaba el tono blanquecino de la escarcha de nieve y de los hogares de casas de adobe salía el humo de los hornos de leña para cobijarse del extremoso frío.

No había luz eléctrica, de modo que las pláticas nocturnas consistían en hablar de un tesoro escondido que se encontraba en una hacienda derruida, de la que solo quedaba un casco y se narraba de brujas y de seres extraños que salían por las noches para hacer quien sabe cuantas cosas y destrozos. Cuando se platicaba de la fauna, particularmente se contaban infinidad de anécdotas de los coyotes, de su gran astucia y capacidad de transformarse, ya que podían mimetizarse en cualquier otro ser viviente, incluso en humanos. En lugar de “hombres lobo” había “hombres coyote».

Eran los años sesenta, había llegado cierta «modernidad». Un tema recurrente eran las extrañas luces, que se decía se desprendían de objetos circulares. ¡Sí!, los platillos voladores rondaban por la noche y las madrugadas por toda la humilde localidad. De niño y a los 6 años podía asegurar que era cierto, pues yo juraba haber sido testigo de algunos avistamientos en los rayos crepusculares.

Los habitantes de San Cayetano, Nuevo León, eran pobres o tal vez extremadamente pobres. Pero yo de niño no lo notaba, además estaba cobijado en un mundo amoroso. Vivíamos en una casa dentro del Centro Escolar que contaba con un gran patio.

Lo que me traían los Reyes Magos eran juguetes entrañables, con los que yo me divertía enormemente: trompos, baleros y canicas. Así, el 6 de enero de 1964, llegó a mis manos una canica de agua, moteada: mi canica de la suerte, con la que me sentía invencible al jugar con otros niños en el patio de la escuela.

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Desde luego yo era muy diestro y tenía un gran tino para jugar a las canicas, pero en mi mente quedó la idea de que sólo era imbatible si jugaba con mi canica de la suerte. Así, siempre la llevaba en mi bolsillo y cuando no la llevaba, simplemente les decía al o a los contendientes que me retaban: «espérenme un ratito» y raudo corría a la casa por mi canica preferida

Con su uso se fue «cascando» pero nunca la cambié por otra, tampoco la cedí cuando ocasionalmente perdía. La canica viajó conmigo por muchos pueblos, ciudades y regiones. Jugué  con ella en el semidesierto neolonés; en Chetumal y en la selva quintanarroense;  en Puebla y en la Baja Mixteca y a los 13 años todavía seguía jugando con ella en la Ciudad de México.

No sé si, en efecto, era invencible con mi canica favorita, pero siempre fui un convencido de que sin ella no podía ganar. Mi alma infantil vivió con esa idea. No recuerdo a que edad la perdí. Sólo que llegué un día a la casa, la busqué por todas partes y nunca más la encontré. El descuido había sido imperdonable, mi infancia había concluido; pero el eco de la niñez a mis 60 años de edad, siempre estará ligada con esa canica con poderes invencibles.

P.d. Dios no juega a los dados, pero tal vez esté jugando en el infinito con mi canica de la suerte.
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