La Cuota de Diosa Elpis

By on mayo 19, 2020
Sabino Cilia Flores

La vida de mi padre continuaba en una trayectoria ascendente, sin dejar de enfrentar riesgos. Se cumplían sus sueños, de recorrer el país mediante una ardua tarea. En 1935 se trasladó al Territorio de Quintana Roo, concebido  en esos años como ignoto y recóndito. La Ciudad de Payo Obispo (la actual Chetumal), estaba rodeada de selvas inhóspitas, casi inexploradas; las casas de lámina y madera, hacían proliferar zancudos y otros insectos: crueles portadores de enfermedades; oponentes molestos y voraces: enemigos mortales. Para animar a los maestros y demás empleados públicos a prestar sus servicios en esa entidad lejana, aún indómita, se les ofrecía a los docentes el 100% de sobresueldo.

Mi padre, en aquella época, era el colaborador más cercano del Director Federal de Educación Pública de Quintana Roo; y la misión era organizar el servicio educativo en ese recién fundado Territorio.  Se cumplió el objetivo; pero luego se debatió entre la vida y la muerte. El enemigo era diminuto pero terriblemente letal: el mosquito anofeles. Extraño sino el de mi padre: cumplir siempre con gran dedicación y esfuerzo, para luego ver alejar en forma inesperada al hado de la suerte; pese a ello nunca abandonó  la “ESPERANZA”.

ELPIS

O tal vez, esa era la cuota de su Diosa Protectora: Elpis, llegar casi a la cumbre para inesperadamente descender y volver a escalar. Y es que Elpis sólo cubre con su manto a los hombres esforzados, a los que nunca dejan de luchar; a los  que nunca se resignan ante la adversidad. A los hombres que caen y la vuelven a abrazar. Leo a mi padre:


“En diciembre de 1934, el Profesor Florentino Guzmán (de quien era su asistente en Tlaxcala) me propuso que siguiera colaborando con él en la Dirección Federal de Educación, pero ahora en Quintana Roo. Acepté con todo gusto…por la confianza que tenía en mí; porque yo iba a conocer otras latitudes; y por el ascenso e incremento que recibía en mi sueldo de $64.44 a $ 152.00 CIENTO CINCUENTA Y DOS PESOS mensuales.

El Profesor Guzmán y yo emprendimos el viaje a Payo Obispo, Quintana Roo, en marzo de 1935 (el invariable “cinco”, su número cabalístico). Fue la primera vez que yo viajé en avión. Que sensación tan agradable y maravillosa experimenté, me agradó mucho, al grado que después con cierta frecuencia utilice el servicio de pasaje aéreo. Primero llegamos a Mérida y dos días después nos trasladamos por el mismo medio a Payo Obispo. Ya posesionados en nuestros respectivos cargos, el personal administrativo cumplía con el horario oficial establecido; pero el profesor Guzmán y yo nos poníamos a trabajar a cualquier hora y hasta los domingos y días de asueto. Así, en poco tiempo, organizamos el desarrollo del servicio de la educación en el recién creado Territorio.  Tiempo después el maestro Florentino Guzmán se fue como Director de Educación Federal a su Estado natal Oaxaca y yo quedé al frente de la dependencia local. Siendo el General Rafael E. Melgar, Gobernador del Territorio, fui designado para que en las fiestas patrias, el 15 de septiembre de 1935, yo pronunciara el discurso oficial.

Hago un paréntesis, el joven tenía 23 años. Prosigo, con la lectura:

En los primeros meses del año de 1936, me enfermé seriamente de un paludismo agudo, sufriendo día a día no solamente  escalofríos y  fiebre, sino también un dolor intenso en el brazo izquierdo, lo que motivó que el doctor me inyectara morfina, por lo que no hubo más que las autoridades de la Ciudad de México, concedieran autorización para que yo me separará del servicio por el tiempo necesario. Permanecí durante algunas semanas en la casa de mi papá en Izúcar de Matamoros, en donde continué con la atención médica, recibiendo sus cuidados y los de mi abuelita Cristina.

Regresé a Quintana Roo y lamentablemente, a principios de 1937, nuevamente me enfermé de paludismo, por lo que entonces las autoridades de la Secretaría de Educación, dispusieran que volviera adscrito al Estado de Tlaxcala”.


Los tiempos no eran para arredrarse.  Había vivido momentos de angustia,  pero el futuro que él mismo se había trazado estaba lejos de cumplirse: conocer su patria, “cumpliendo con una eficaz gestión educativa”; su superación – así lo creía firmemente – venía por añadidura.

Al finalizar los treintas se vivían momentos difíciles, había que aclarar la conciencia; adoptar posiciones con respecto al rumbo que iban a tomar los acontecimientos en el país.

El mundo se había vuelto terriblemente convulso en los treintas; dogmas sombríos conducían acelerada e irreversiblemente a un nuevo cataclismo. La inflexibilidad era el rasgo más característico en esos años: la enajenación ideológica se había acentuado en las conciencias; y – en contra de toda racionalidad – mentes delirantes se habían apropiado del devenir de la humanidad.

Había que estar atento a las noticias: el mundo estaba a punto de desbordarse en una conflagración sin precedentes.

Me imaginó a mi padre a los 28 años, siempre ávido de lecturas, acudir puntualmente a los puestos para adquirir los periódicos locales o los de circulación nacional que llegaban con cierto retraso (a veces de días); o suscribiéndose a través del Servicio Postal a diversas revistas; o en los portales y plazas públicas de Tlaxcala y Puebla leyendo todo lo que podía tener a la mano.

También lo percibo inquieto por el derrotero que iba a tomar el país. En las elecciones presidenciales contendían el General Manuel Ávila Camacho,  poblano;  y el General Juan Andrew Almazán, con arraigo en Puebla y con gran presencia en la zona de la mixteca poblana y en Chiautla, su tierra natal. Lo veo interesado en conocer todo lo que proponían; leyendo todo tipo de propaganda política, a través de la literatura panfletaria que se repartía en las calles de la Ciudad de Puebla y en Izúcar de Matamoros, donde vivía “Papá Vito”.

Todo lo que leía y lo que veía, eran motivo de preocupación. México podía caer de nueva cuenta en una grave dislocación social. Existían las condiciones para el arribo de una gran tormenta por: las posiciones francamente encontradas entre el candidato oficial (y el propio gobierno) y el candidato opositor; la posición de éstos ante las líneas ideológicas predominantes en el mundo; y el interés que tenían las propias potencias mundiales en establecer alianzas con México.

Para adoptar una postura, más allá de cualquier ideología, era necesario hacer una reflexión histórica; analizar el pasado reciente. México había vivido convulsamente: en la segunda década del siglo XX, anarquía y  caos por el movimiento armado; en los siguientes años, inestabilidad por pugnas políticas y por el conflicto religioso; y, al finalizar los treintas, todavía existían resentidos o inconformes que buscaban cualquier oportunidad para incitar a la insurrección. La paz social estaba lejos de estar garantizada.

Durante tres décadas la vida había sido tortuosa; mi padre y su familia la habían experimentado en carne propia. El análisis retrospectivo le permitía observar huellas profundas: solidaridad y generosidad en medio del dolor, la angustia, la escasez y la pobreza. El futuro tenía que ser mejor: ese debería ser el sentido de la política; tenía que ser la ciencia del bien supremo. Él definía a la función política como “la más maravillosa y hermosa de las funciones”.

En medio de lo que parecía un nuevo caos, la conciencia de mi padre se mantuvo inconmovible: tenía que cumplir con la función que le correspondía en el engranaje social; tenía que continuar con su ardua labor educativa.

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