1520-2020: 500 años de epidemias en América/ La Semanal

By on julio 26, 2020
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La Jornada

Para México, América y el mundo, 1520 fue el año en que una nueva pandemia, encabezada por la viruela, que inauguró la segunda fase del ciclo de epidemias de larga duración que conformará la mundialización de los ecosistemas microparasitarios que, a su vez, se inserta como parte nodal de una unificación ecológica del planeta, de la cual procede el moderno régimen epidemiológico.

-Dos momentos históricos del capitalismo-

El proceso histórico-social del siglo XVI sucede precisamente en los inicios del sistema capitalista (lo que Karl Marx llama la acumulación originaria); por su parte, la pandemia actual del SARS-CoV-2, que produce el síndrome del Covid-2, sucede en lo que podrían ser los finales de dicho modo de producción. Ambos años, 1520 y 2020, marcan una historia de quinientos años de perturbaciones ecológicas y epidémicas producidas por la lógica codificada en el ADN del sistema de producción y reproducción capitalista: su expansionismo obsesivo-compulsivo en la búsqueda de recursos materiales e inmateriales, mediante despojos, esclavizaciones y expoliaciones, sin importar las consecuencias dañinas a los ecosistemas y a la ecorporeidad humana (el metabolismo humanidad-naturaleza).

A diferencia de la coyuntura de 1520, cuando el capitalismo recién emergía en el mundo, la humanidad apenas contaba con 450 millones de habitantes y se encontraba frente a un gigantesco territorio por invadir-conquistar-colonizar, para transformarlo según su código expansivo a su lógica mercantil subsumidora, generar e imponer su dominio a partir del crecimiento de sus fuerzas productivas y sus relaciones de producción, la pandemia del SARS-CoV-2 forma parte de otro ciclo de epidemias y pandemias, pero esta vez de corta duración –alrededor de cuarenta años–, precedida por las microparasitarias VIH-Sida, el SARS, MERS, la gripe aviar, la influenza AH1N1 y el ébola, así como otras biosociales, como diabetes, obesidad, alcoholismo, tabaquismo, drogadicción, y epidemias reemergentes, como cólera, malaria, etcétera, de tal manera que nos encontramos en una época de una pandemia de epidemias convergentes y persistentes, bajo el capitalismo decadente y su capitaloceno [coacción forzada del trabajo (tanto humano como no humano), subordinada al imperativo del beneficio a cualquier precio (la acumulación ilimitada del capital), Jason W. Moore en ¿Antropoceno o capitaloceno? Historia, naturaleza y la crisis del capitalismo.], ya extendido globalmente. Se desenvuelve con una humanidad enormemente expandida, de casi 8 mil millones de seres humanos conectados por tecnomedios de transportes y de comunicación expeditos e instantáneos; en un planeta devastado, contaminado y a punto de colapsar debido a la sobreexplotación de recursos naturales (bosques, selvas, acuíferos, biodiversidad) debida al hambre de ganancias del capitalismo, desplegada durante quinientos años de intenso y contradictorio crecimiento y seres humanos asediados por miserias y desigualdades, a favor de una minoría de uno por ciento, todo a causa del modo de vida productivista-consumista y a los sistemas estatales e internacionales de control (Davos, G/, BM, FMI, OCDE, etcétera) impuestos por las trasnacionales y las instituciones dominantes oficiales a nivel mundial y nacional (ONU, OIT, OMS, CDC).

-La situación “médica” en Abya Yala-

En 1520 no se conocían las causas integrales de las epidemias; tampoco existían sistemas médicos institucionalizados, e igualmente no se contaba con una política mundial para tratar las epidemias o pandemias. Obviamente, tampoco se contaba con la medicina microbiológica y alopática para tratar de enfrentar las enfermedades infecciosas, ni con los conocimientos médico-científicos sobre la existencia específica de los microparásitos, cómo identificarlos y combatirlos con vacunas y medicamentos fármaco-químicos. Especialidades como la microbiología, la epidemiología, etcétera, así como las políticas de salubridad, higiene y demás, fueron producto de los siglos XVII al XIX, y los descubrimientos de microorganismos sucedieron durante los siglos XIX y XX gracias a personajes como Louis Pasteur, Robert Koch, Alexandre Yersin y Dmitri Ivanovski.

Lo que se conoce como Continente Americano –o, como lo llamaban los indígenas Kuna de Panamá, Abya Yala–, a finales del siglo XV y durante el siglo XVI fue tierra virgen para la llegada masiva de las enfermedades infecto-contagiosas, traídas inicialmente por los invasores españoles (desde la llegada de Cristóbal Colón, en 1492). No existían codificaciones biológicas y sanitarias, ni experiencias previas respecto de esos microparásitos específicos y de las enfermedades que coproducían.

En el caso de Mesoamérica, especialmente la cuenca de México y algunas zonas mayas donde las poblaciones estaban aglomeradas, las fuentes y las investigaciones etnohistóricas que las han interpretado documentan crisis ecológicas con plagas, sequías y hambrunas acompañadas de enfermedades contagiosas, que en náhuatl se nombran genéricamente como cocoliztli. Tenemos el caso del xekik o vómitos de sangre de la zona maya-quiché, entre 1342 y 1362, o la pestilencia producto del ciclo sequía-hambre entre los pueblos de los lagos del valle de México entre 1454 y 1456, grave enfermedad que los nahuas llamaron netochhuíloc (del año uno conejo).

-La pandemia de viruela y similares en 1520-

Destacamos la pandemia de 1520 pues diferentes epidemias y enfermedades conocidas y desconocidas asolaron de manera intermitente, pero con continuidad, durante todo el resto del siglo al Continente Americano en todas sus regiones y a todos sus pobladores, pero la inmensa mayoría de las víctimas fueron los nativos que, según cálculos promediales, hacia 1492-1519 sumaban aproximadamente unos ochenta millones de pobladores.

El virus de la viruela lo portaban los españoles y éstos infectaron en Cuba a algunos esclavos africanos; así, cuando las huestes de Pánfilo de Narváez se incrustaron en tierras mesoamericanas para tratar de apresar al invasor Hernán Cortés, contagian primero a indígenas mayas de Cozumel y de allí la enfermedad se extiende a toda la península yucateca. Cuando llegan a tierras de los totonaks (principalmente Cempoala), la epidemia se difumina por toda Mesoamérica hasta alcanzar con rapidez la totalidad de Centro y Sudamérica. El porcentaje de personas fallecidas por dicho síndrome infeccioso en poblaciones “vírgenes” fue de entre ochenta y noventa y cinco por ciento; se genera bajo el contexto lleno de tensiones y conflictos del impacto invasor, y tiene como consecuencia una primera y drástica baja de población nativa que rondó los 20-25 millones de personas en la primera oleada, que se concentra de 1519 a 1523.

Pero 1520 es el año fatídico para los amerindios. La viruela y otras enfermedades (que los nahuas llamaron huey záhuatl o gran enfermedad) afecta ese año a varios grupos mesoamericanos (chontales, popolucas, tlaxcaltecas) en las rutas conquistadoras de Narváez y Cortés, siendo un factor clave para el debilitamiento de la resistencia de los mexicas, tlatelolcas y otros grupos nahuas y tecpanecas en la defensa de Tenochtitlan-Tlatelolco y de otras ciudades del sistema de lagos, como Texcoco, Iztapalapan y Atzcapotzalco. Los mexicas de Tenochtitlán perdieron a Cuitláhuac, su huey tlatoani, a los ochenta días de su reinado (7 de septiembre-28 de noviembre), después de que éste había organizado y encabezado, como jefe del ejército, la expulsión de Tenochtitlan de los españoles del palacio de Moctezuma el 30 de junio (y se refugian ese mismo día en Popotla, sobre la calzada de Tlacopan, donde Hernán Cortés, según cuenta B. Díaz del Castillo, llora lamentando la derrota de su ejército y las pérdidas de joyas y oro, junto al ahuehuete de la posteriormente denominada “noche triste”) .

Tal vez justamente debido a los efectos físicos y morales de la llamada “matanza del Templo mayor” entre los sacerdotes y nobles, así como el desgaste de la batalla entre los militares nahuas, pudo dar inicio la infección entre dicha élite, de modo tal que, después de su investidura, en el momento que reconstruía edificaciones y preparaba la resistencia de la ciudad, Cuitláhuac cae enfermo y da pausa para que los españoles y sus aliados tlaxcaltecas (que igualmente habían sufrido en Tlaxcala la epidemia de viruela, lamentando la muerte de su dirigente Maxixcatzin) refuercen sus armamentos y estrategias para asediar la ciudad de mayo a agosto de 1521.

-De Mesoamérica hasta la Patagonia-

En 1520 se registraron epidemias en poblados mayas asentados en la actual Guatemala (cuyo significado es “flujo de narices”), y quizás en lo que hoy son territorios de Panamá (viruela); igualmente, y quizá de manera simultánea con el brote mexica, entre la élite inca. Esta epidemia, si se tratase de viruela como se ha planteado, es sorprendente porque, sin haber hecho acto de presencia física en esas tierras los invasores españoles (pues las expediciones de Francisco Pizarro a Perú comienzan en 1524 y éste logra penetrar a Cuzco hasta 1533) el contagio llega, tal vez vía indígena antillana-centroamericana, hasta el corazón de la ciudad inca, haciendo sus víctimas, entre otros, a los personajes de la corte real, comenzando por el soberano Qapac Inca Huayna (los quechuas nombraron a la rara enfermedad con manifiestos escalofríos y fiebre con erupciones, chucchu rupu); posteriormente mueren por afecciones semejantes y respiratorias los líderes militares, gobernadores familiares y allegados del Inca Huayna (Apu Hilaquito, Auqui Tupac, Mihcnaca Mayta, Mama Qoca y otros).

Dichos estallidos epidémicos, que se repitieron en los siguientes años (de 1520 hasta la llegada y dominio español en la década de 1530), debilitaron líneas y jerarquías de mando. Por ejemplo, hacia 1526, la muerte de Huayna Qapac propició y desencadenó la lucha por el poder entre Huascar y Atahualpa, lo que trastocó la estructura del poder, provocando la guerra civil y la debilidad política y militar inca, condiciones que los españoles aprovecharon para invadir, asaltar y saquear esa sociedad.

La viruela y otras afecciones concomitantes y asociadas pasaron posteriormente de los incas hasta las poblaciones indígenas de la actual Bolivia, y desde allí se diseminaron hacia asentamientos comunicados por todos los poblados del actual Paraguay y Argentina, siguiendo el curso del río de la Plata y de sus afluentes.

Esas otras afecciones, muchas de ellas también patologías epidémicas, para todos los casos de los pueblos de Abya Yala, fueron nocivas y letales: enfermedades extrañas, confrontaciones guerreras, estrés extremo, decaimiento vital y moral, hambrunas, desnutriciones, alcoholismo y mortandades, de tal manera que, al cabo de un siglo –de 1520 a 1620–, hubo una resquebrajamiento demográfico que podemos llamar genocidio-etnocidio, de entre ochenta y noventa y cinco por ciento de la población (quedando sólo de 16 a 4 millones) de los grupos originarios amerindios.

-Situación actual en América ante la pandemia Covid-19-

En América, y especialmente en Latinoamérica, las epidemias se han incrementado en los últimos cuarenta años de capitalismo neoliberal, sistema que ha empobrecido económica, social, emocional y mentalmente a millones de pobladores del campo y la ciudad, siendo especialmente vulnerables las personas mayores, los niños, los indígenas y los precarios en general. La desnutrición debida a dietas basadas en grandes cantidades de productos chatarra, así como la insalubridad, la falta de servicios y el desmantelamiento de los sistemas médicos públicos, han creado las condiciones propicias para afectar a organismos con inmunidades débiles, susceptibles a contagios biológicos y socioculturales. Citemos el caso de enfermedades que se consideraban superadas o disminuidas y vuelven a aparecer con fuerza en todas las estaciones del año: sarampión, dengue, zika, influenzas de diversos tipos, etcétera.

Este 2020, con la pandemia de Covid-19, se han hecho más que evidentes dichas fragilidades en nuestros sistemas inmunológicos personales y sociales, además de las inseguridades y los miedos que retroalimentan la depresión de nuestra inmunidad. Están además las patologías agravadas durante el neoliberalismo, por ejemplo: alrededor de 420 millones de americanos son hipertensos (350 de ellos en Latinoamérica) y 250 millones son diabéticos (200 en Latinoamérica). Justo a inicios del mes de junio, América se ha convertido en el epicentro de la pandemia por el aumento de contagios y por las defunciones registradas. Cinco de los diez países con mayor número de infecciones diarias son americanos (cuatro latinoamericanos): Estados Unidos, Brasil, Perú, Chile y México; para el 10 de junio, el número de infectados en América es de 3 millones 500 mil (Estados Unidos rebasó los 2 millones). América concentra 190 mil decesos (eu rebasó los 112 mil fallecidos). Además, se están reportando incrementos alarmantes de infectados y fallecidos en las comunidades indígenas y grupos afroamericanos, desde Canadá hasta Patagonia, debido a la pobreza, falta de agua corriente y otras carencias en vivienda y acceso a servicios sanitarios. Un ejemplo: en Estados Unidos, la nación Navajo, tal como se conoce el principal territorio indígena del oeste del país, se ha convertido en el segundo foco de la epidemia de coronavirus, pues a inicios de junio presentaba más de 4 mil casos, con una tasa de infección per cápita justo por detrás de la ciudad de Nueva York, epicentro de la epidemia en Estados Unidos. El número de muertes se acerca a ciento cincuenta. Los grupos que viven en la cuenca del Amazonas y albergan a más de 2 mil 400 territorios en ocho países, rebasan los 2 mil casos y más de seiscientos decesos. Sin embargo, muchos grupos se han organizado con base en sus formas colectivas de vigilancia y autogestión para detener y resistir el impacto de la pandemia.

-Un desafío histórico-inmunológico-

Quinientos años después del reinicio de las epidemias en el continente amerindio, que durante los siglos XVI y XVII completaron la unificación microparasitaria del mundo y que, en total (junto con las del siglo XIV en Europa) mataron a más de cien millones de personas, sin duda ha sido la pandemia de larga duración más letal de la historia humana.

Las epidemias del capitalismo salvaje neoliberal siguen activas en nuestros países y pueblos, causando estragos en todos los aspectos de la vida bio-socio-cultural. Es hora no sólo de decir basta, sino también, y sobre todo, de encontrar y construir alternativas ecológicas y colectivas fortalecedoras de nuestras inmunologías (nutrición-alimentación, atención médico-sanitaria de calidad, gestión de los saberes y de las riquezas naturales, tecno-económicas y sociales), que nos hagan capaces de superar el capitalismo, el capitaloceno y sus degradantes neopestes.

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