Fernando Valenzuela: El lanzador imposible

By on septiembre 18, 2020
Ferando Valenzuela
Por: Raúl Criollo y Jorge Caballero

“Bravo por ti, Fernando (…) Eres un jugador que tiene el pincel en la mano y la luz en el alma. Nunca olvidaremos esto. ”
Pedro El Mago Septién en la narración del tercer juego de la serie mundial de 1981 con victoria de Fernando Valenzuela.

Cuando se gana el premio del Jugador Más Valioso de una liga profesional, cuando ésta tiene también figuras con mucha experiencia y ruta andada, pero además, ese galardón se recibe cuando apenas se tienen 21 años, es el aliento de un destino ganador. Pero ni quienes lo seguían, ni quienes lo premiaron, ni quienes lo admiraban podían imaginar lo que vendría con el lanzador zurdo nacido en Etchohuaquila, Sonora, tierra de campesinos, el primero de noviembre de 1960; nadie podía sospechar en lo que se convertiría Fernando Valenzuela.

Un prospecto en Sonora

Inspirado en su hermano Rafael, quien lo aconsejaba, Fernando se incorporó a la liga infantil de su estado. La seriedad y retraimiento que tenía en el banquillo le sirvió para enfocarse en perfeccionar técnicas de lanzamiento. En 1977 llegó a los Mayos de Navojoa en la Liga del Pacífico y con los Tuzos de Silao, Guanajuato, en la Liga Mexicana. No parecía destino firme que ese joven de 16 años se fuera a andar el mundo siendo callado y tranquilo, sin experiencia fuera del terruño, pero Fernando mantuvo la maleta dispuesta y con ella pasó a los Leones de Yucatán en 1979.

El mexicano que faltaba

El cubano Camilo Corito Varona, buscador de talentos para Grandes Ligas, se dio cuenta del potencial de Valenzuela mientras jugaba para Yucatán, si bien no era él su objetivo en una ronda de búsqueda. De vuelta a Estados Unidos, Corito comentó sobre del zurdo, lo que favoreció a su paisano Mike Brito, buscador de Dodgers, quien se trasladó a México para ver a Fernando. Con ojo, experiencia y mucho colmillo para no permitir que alguien más se adelantara, Brito reportó a su equipo que tenía a un joven que debían cerrar de inmediato. El 6 de julio del mismo 1979, los angelinos firmaron un contrato con el prospecto mexicano. Sin hablar inglés, sorprendido por el ritmo que todo había tomado para él, pero también con la valentía de no perder la oportunidad, Valenzuela cruzó al otro lado para cumplir el sueño dorado de miles de peloteros del mundo: jugar en las Grandes Ligas.

La llegada de Fernando a California se cruza con un hecho muy particular: el monumental estadio de beisbol de los Dodgers se construyó en predios que habitaban comunidades hispanas pobres de Los Ángeles. Esos barrios irregulares fueron borrados como conjuntos habitacionales. En su gran mayoría inmigrantes mexicanos, los desplazados no tenían particular cariño por la novena beisbolera de la ciudad, que para ellos representaba imposición oficial y afectación patrimonial. Sin buscarlo ni el lanzador ni la organización, Fernando pasó a convertirse en el mexicano que había llegado al equipo. De fuerza, corazón y persistencia, ajustaba al mote de El Toro.

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El paso natural por las filiales de expansión del primer equipo (algunos llegan a estar un par de años antes de madurar y consolidarse para subir con las figuras) se disolvió cuando las lesiones afectaron al Bullpen de Dodgers. La merma de lanzadores hizo que Fernando estuviera apenas unos meses en la categoría preliminar antes de ponerse la casaca angelina, donde siempre portó su hoy emblemático e histórico número 34. Lanzó como relevista varios juegos con buena fortuna en 1980. El muchacho terminó por lanzar el 9 de abril el juego de apertura de la temporada de 1981 ante la lesión del abridor. Muchos cuestionaban que el mánager Tom Lasorda pusiera en el montículo a un desconocido, pero Fernando lanzó sólido y ganó el juego 2-0. Esa campaña marcó un particular récord: único novato en la historia en conseguir ocho blanqueadas.

La Fernandomanía

Fernando, pese a su seriedad, tenía un carisma muy especial. Muy distinto de la media de jugadores, normalmente atléticos, Fernando tenía sobrepeso, pelo largo y la sencillez de quien no estaba pensando si saldría en los resúmenes deportivos. En Estados Unidos aprendió la que sería su mejor arma de combate: el lanzamiento conocido como screwball o tirabuzón, un lanzamiento difícil de ejecutar que implica tomar la pelota de forma particular para generar un movimiento que exige mucho desarrollo de muñeca, extensión de brazo, hombro y codo, creando un efecto que suele engañar a los bateadores.

Sus éxitos volvieron a los angelinos la novena más seguida, logrando taquillas colmadas en casa, donde se pagaban reventas de escándalo por verlo lanzar. De habla breve, debiendo ser asistido permanentemente por un traductor, el rostro de Fernando se multiplicó en el mundo del beisbol, donde surgieron muchos productos con su imagen que también se agotaban en México, como los populares botones que se ponían en franelas y gorras beisboleras.

Fernando ganó los premios al Novato del Año y el prestigioso Cy Young como mejor lanzador, el único que consiguió los dos reconocimientos en su campaña debut. El Cy Young, máximo premio del pitcheo, fue entregado por primera ocasión a un jugador latinoamericano. Otros lo han superado en números, pero nadie ha generado el fenómeno deportivo y social que Valenzuela provocó. Su éxito se convirtió en motor para los inmigrantes, cambiando la forma de ver a los mexicanos en suelo estadunidense. Su ejemplo hizo que muchas escuadras voltearan a ver a nuestro país, de donde no había salido otra figura desde que el veracruzano Beto Ávila obtuviera el Champion Bat con los Indios de Cleveland en 1954. El sonorense generó la llamada Fernandomanía, que le dio un impulso global a las Grandes Ligas cuando ganó sus primeros ocho juegos en fila. Fernando ganó aquella serie mundial de 1981 contra los Yanquis de Nueva York (lanzó y ganó el juego tres). En otro episodio formidable ponchó a cinco bateadores consecutivos en el Juego de Estrellas de 1986 (algo que aún se exalta cada año en Grandes Ligas). Querido por sus compañeros (con quienes bromeaba usando una cuerda y lazándolos como hábil vaquero en la banca del equipo) y adorado por la afición, Valenzuela se volvió uno de los héroes más genuinos del deporte mexicano.

En la conmovedora película ganadora del Óscar Rain Man (Barry Levinson, 1988), el personaje Charlie Babbit (Tom Cruise) trata de que su hermano autista Raymond (Dustin Hoffman) se vaya con él a Los Ángeles y lo invita a ver lanzar a Fernando Valenzuela; Raymond le aclara que Fernando lanzará el siguiente miércoles.

El gran Comeback

La salida de Fernando Valenzuela de Dodgers ocurrió cuando no tenía ya la fuerza de sus mejores tiempos (el screwball de sus glorias también le afectó con varias lesiones) y quedó fuera de la organización en 1991. Para muchos fue una gran injusticia, pero Fernando nunca se sintió traicionado. La molestia quedó en los aficionados y analistas, que recordaban que Lasorda tuvo a Fernando tirando hasta en extra innings, si bien es verdad que a Valenzuela le moslestaba ser relevado en los juegos. Fernando lanzó en varios equipos después de Dodgers y tuvo uno de los llamados Comeback, es decir, cuando una figura veterana vuelve a brillar, lo que ocurrió con los Padres de San Diego, por quienes lanzó en Monterrey en agosto de 1996, siendo ése el primer juego de la temporada regular realizado fuera de Estados Unidos en la historia, por si le faltaba alguna marca. En total, El Toro estuvo 17 años en la Gran Carpa, donde hizo 2 mil 74 ponches y ganó premios a mejor bateador para un lanzador en 1981 y 1983, hecho marcado por la inolvidable escena de conectar un triple con casa llena. Hizo muchísimo, además, contrario a la tradición de las grandes celebridades del deporte, sin una sola nota de escándalo.

La fama en el corazón

El 30 de junio de 1990, Dave Stewart logró un juego sin hit con Atléticos de Oakland, poco antes de que los Dodgers salieran a jugar contra los Cardenales de San Luis. Estando con sus compañeros, Fernando les dijo: “Acaban de ver un sin hit ni carrera por la televisión; ahora lo van a ver en vivo”. Ni el propio Fernando esperaba que su broma fuera profética. El Toro hizo una joya desde la lomita. A 30 años de la hazaña, los aficionados siguen admirando al hombre que veía al cielo antes de hacer caer la esférica. Es injusto que no esté en el Salón de la Fama de Grandes Ligas, pero vaya que lo está en el corazón de la afición mexicana, a quienes saluda, sonríe o firma autógrafos, con la calma de quien tocó el cielo, pero nunca despegó del piso.

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