Las voces silenciadas de las y los estudiantes durante la pandemia

By on diciembre 1, 2020
Educación

Revista Educarnos

El contexto de pandemia que hemos vivido todos y todas de marzo de este año a estos últimos días del año 2020, nos ha dejado muchos aprendizajes que incluso ahora aun no podemos dimensionar en su justo término.

Trabajar en la distancia con formas que se han inaugurado de manera masiva bajo el mismo contexto del encierro, el aislamiento y el confinamiento han servido para llevarnos a buscar formas flexibles en el estilo o la manera de trabajar o abordar los asuntos educativos.

El trabajar en casa frente a un monitor de computadora, en donde se ven imágenes difusas o los iconos de estudiantes ha sido la forma nueva de proceder.

Uno de los aspectos que pudieran entenderse como no tan novedoso es la voz de los docentes: “bloqueen su micrófono y activen su pantalla”. Estamos ante una serie de alumnos silenciados que deben de guardar silencio, bloquear su micrófono, para no hablar o no hacer ruido.

Este silenciamiento de los sujetos estudiantes en todos los grados y niveles educativos da cuenta de la cultura piramidal y antidemocrática que tenemos en donde sólo unos pocos pueden hablar o hasta abusar de la palabra y el resto (los otros y las otras) les toca sólo callar, acatar, obedecer y actuar en consecuencia. Su voz no se escucha aparte porque aparecen ruidos extraños, interferencias, etcétera.

Bajo otros modelos o perspectivas pedagógicas, los cuales se basan en un esquema dialógico (Freire), cuyo principio rector es la circularidad de la palabra, todos están obligados a hablar, así como todos y todas están obligados a escuchar(se).

El ruido pedagógico incomoda en distintos espacios, por eso mismo, porque todo ruido mete ruido es decir toda estridencia en las escuelas alerta a los dueños del poder y de las decisiones.

El querer estudiantes silenciados (con el micrófono apagado, bloqueado o silenciado), es una clara muestra de los excesos unilaterales de la tarea: “sólo la profesora puede hablar y los alumnos están destinados a escuchar”. Aunque queda un paliativo, una pequeña salida “si alguien quiere decir algo, sólo active su micrófono y yo lo escucho”.

La pandemia no sólo ha venido acompañada por un contexto de miedo y aislamiento, también de silencio. Es necesario idear y buscar mejores alternativas, es necesario escuchar las voces de todos y todas, sobre todo los que no hablan, a los que no se les escucha, los que se esconden al fondo de la pantalla o del aula de clase.

La cultura del silencio es una paradoja, más bien estaríamos hablando de la cultura de los gritos y de la estridencia, –“te hablo no sólo porque tengo algo que decir, sino también te hablo porque deseo que me escuches”–, eso dijo una estudiante de preparatoria a su maestra de Ética (sic).

Así las cosas, debemos aspirar a modelos y plataformas más interactivas, más dinámicas, en donde todos y todas puedan decir y más aún en donde todos y todas tengan acceso a la escucha y al entendimiento de todo lo que se dice.

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