La utopía educativa de Altamirano

By on diciembre 2, 2020
Ignacio Manuel Altamirano

La Jornada

E

l nuevo horizonte del país reclamaba un esfuerzo educativo titánico. Para Ignacio Manuel Altamirano la victoria de los liberales tendría que ser acompañada de nuevos contenidos y prácticas educativas, con el fin de consolidar la emancipación del país y construir nuevos ciudadanos y ciudadanas que crecientemente ejercieran su libertad de conciencia.

En otras circunstancias a las del contexto histórico de Altamirano, sin embargo, las reflexiones pedagógicas del personaje son valiosas en los tiempos que vivimos. Él enfrentó adversidades que pudo vencer y en la lid fue determinante la luz de la educación que amainó las tinieblas que lo circundaban. En varias ocasiones escribió que era orgullosamente un indio puro, hijo de los integrantes de los pueblos originarios de México. Nació en Tixtla (13 de noviembre de 1834), hoy población perteneciente al estado de Guerrero, pero en la época del nacimiento de Altamirano formaba parte del estado de México.

A los 12 años inició estudios primarios. En la escuela experimenta lo que significaba ser indio: “En el contexto social de su infancia, marcado por el racismo, recuerda el escritor que los niños eran separados en dos bancos: en uno se sentaban los hijos de los criollos y mestizos considerados ‘de razón’ y destinados a adquirir diversos conocimientos. En otro, los indígenas que ‘no eran de razón’ se dedicaban al aprendizaje de la lectura y a la memorización del catecismo del padre Ripalda”, consigna Edith Negrín, estudiosa de la vida y obra de Altamirano.

Gracias a una beca destinada a jóvenes indígenas, a los 15 años ingresa al Instituto Literario de Toluca, y deja en Altamirano profundas huellas e influencia uno de sus profesores, Ignacio Ramírez, El Nigromante. Antes de continuar estudios en el Colegio Nacional de San Juan de Letrán, en la ciudad de México, Ignacio Manuel se unió en 1854 a la llamada Revolución de Ayutla, movimiento organizado para combatir la dictadura de Antonio López de Santa Anna.

A partir de 1856 estudia derecho en el Colegio de Letrán, donde además de textos de jurisprudencia lee ávidamente sobre variadas temáticas. Asiste a las galerías del Congreso, donde tenían lugar intensos debates entre liberales y conservadores sobre la que sería la Constitución de 1857. Siguió con entusiasmo las exposiciones de los diputados liberales, particularmente de Melchor Ocampo, Ignacio Ramírez, Francisco Zarco y Ponciano Arriaga, todos partidarios de que se incluyera en la nueva Constitución la libertad de creencias y cultos.

En 1860 Altamirano inicia su carrera parlamentaria, dos años después organiza, por autorización de Benito Juárez, cuerpos de combatientes contra la invasión francesa. Participó en el sitio de Querétaro, cuando el 15 de mayo de 1867 los liberales toman el último reducto del emperador Maximiliano de Habsburgo. Altamirano tiene un encuentro con él en su calidad de encargado del Ejército Republicano.

En 1871, ya con el reconocimiento público y de sus pares como un gran escritor, Ignacio Manuel rememoró su experiencia hacia finales de 1863 en un pueblo dominado por el cura y en el cual la escuela estaba en ruinas, con un profesor sin recursos y a quien se le adeudaban cuatro meses de su magro salario. Altamirano describió la opulencia del sacerdote, el desprecio que tenía por los indígenas y la identificación con las fuerzas invasoras que, según el clérigo, derrotarían a los liberales. Ejemplificó la situación descrita en el poblado con la predominante en el país y, por ende, la necesidad de fortalecer al sistema educativo con recursos y programas pedagógicos liberadores ( El Federalista, 20/2/1871).

Una semana después, en el mismo diario, Altamirano describió las caracetrísticas de la escuela modelo. Abogó por lo que llamaba la ilustración de las masas, ya que solamente los gobiernos absolutistas se fundaban sobre la carencia de instrucción: La ignorancia del pueblo es una base insegura para las instituciones democráticas. Tenía que dejarse el tutelaje, que consideraba incapaces mentalmente a las personas, para construir un sistema educativo donde fructificara la libertad de pensamiento y, en consecuencia, de ciudadanos libres que decidieran informadamente sobre su vida personal y asuntos públicos. Es cierto, argumentaba, que hubo cambios políticos, pero quedaron intocadas estructuras que continuaron la colonización de las conciencias.

Para Ignacio Manuel Altamirano era impresindible construir un nuevo piso educativo/cultural: No hay que engañarnos sobre nuestro triunfo de ahora. Las cabezas de hidra de la ignorancia renacen más formidables cada vez, y no sería sorprendente que a la vuelta de 10 o 20 años, nuevos esfuerzos de los enemigos de la República, vinieran a probarnos que habíamos edificado sobre arena. Clamaba por un entramado educativo público sólido al que se dotara de recursos para ser capaz de hacer florecer mujeres y hombres libres.

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