Pedagogías espontáneas

By on marzo 8, 2021
Maestras

Revista Educarnos

Decía un editor de libros de texto oficiales que, cuando tenía que lidiar con alguna maestra de primaria, le daba la sensación de que ella lo percibía como si hubiera sido su alumno. Casi de inmediato comenzaba a aleccionarlo acerca de lo contenido o lo que debían contener los libros. La maestra veía la sala de juntas de la casa editorial como si fuera su aula, al libro como la ocasión de comenzar la lección y al editor como a uno de sus queridos estudiantes.

En las filas de peatones o de coches, en las salas de espera, en los funerales, en los servicios religiosos, en los tianguis y mercados, también surgen algunas personas con ánimos de aprendizaje y otras muchas con espontáneos ánimos de enseñar a cruzar las calles, a manejar un coche, a vivir o a morir, a cocinar, a comunicarse, a reflexionar, a arreglar algún desperfecto mecánico, doméstico o matrimonial. Hay incluso especialistas en reglamentos, en interpretaciones de las leyes divinas, de las normas locales o de las sanciones implícitas en determinadas sanciones a las formas sensatas o habituales de comportarse.

A partir de esa vocación que tienen muchas personas para la docencia y la guía de los demás, suelo sugerir dos ejercicios a los estudiantes que pasan por mis cursos. A partir de preguntas específicas cada uno: ¿cómo enseñarías a hacer algo que a ti te apasiona?, y ¿cómo podrías enseñar a otros esta asignatura? Sus respuestas me han dado el placer de enterarme de la existencia de actividades humanas de las que jamás habría sido consciente, y me han ayudado a entender las perspectivas, las estupefacciones y algunos mecanismos de pensamiento y acción bastante originales.

En las lecciones espontáneas de personas que, airadas o cariñosas, preocupadas o dadivosas nos modelan o nos moldean, nos ejemplifican o nos advierten, nos transmiten una cultura o un oficio, hay una infinidad de elementos que rara vez se presentan en la educación formal. Y muchos de ellos pueden ser más útiles que algunos de los conocimientos que se pueden aprender o enseñar en un salón de clase.

Alguna vez escuché a un nicaragüense que tenía unos cuantos meses en Estados Unidos quejarse de sus clases de inglés. “Desde que llegué, he asistido sin falta a mis clases de idioma. Todavía estoy esperando la lección en la que me enseñen qué decir a las muchachas para que quieran salir conmigo en una cita”. Ciertamente, todavía no había podido expresar su queja en inglés, durante las clases formales. Lo más seguro es que haya tenido que observar y escuchar a algunos de sus compañeros en sus esfuerzos por socializar, fuera de la clase. Si no supo cómo preguntar, es posible que alguno de sus compañeros de curso le haya enseñado las frases clave que le abrirían la posibilidad de establecer otros diálogos de menor formalidad y quizá de mayor eficacia.

Lo que resalta de las pedagogías espontáneas es que vale la pena poner atención a ellas. Si alguien nos llama la atención por alguna infracción al reglamento de tránsito, bien podemos aprovechar para aprender al menos ese artículo que cita quien se queja de nuestra ignorancia y nuestras torpezas. A quienes se quejan de que se aburren, les paso la moraleja de estar atento a las conversaciones a las que nos invitan o en las que nos inmiscuimos: es probable que de ellas aprendamos algo nuevo.

Nada qué agradecer. Es parte de mi vocación espontánea.

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