Amar la profesión, amar la vida siendo maestra

By on mayo 16, 2021

Leonor Eloina Pastrana Flores*

Acerca del título

Me he decidido por poner este título pensando en exponer momentos o situaciones clave dentro de mi devenir magisterial. Entre todas las posibilidades para estructurar mi escrito, he decidido hacerlo bajo los siguientes puntos.

Un ejemplo de vida

Durante mi niñez, puedo decir con alegría que inicio mi trayectoria docente, jugando a la escuelita con mis muñecos y muñecas, para después habiendo terminado la secundaria, decidir estudiar para ser maestra.
Estudié para profesora de primaria, teniendo siempre como referente a mi tía paterna, la profesora Leonor Elfia Pastrana Ramírez(+), egresada de la emblemática Normal de Jalapa, profesora de grupo en una escuela primaria Artículo 123º en Cerro Azul, Veracruz, quien representó para mí todo un ejemplo de vida, pues mi padre se refería a ella como “tu tía la profesora”, mostrando su orgullo por contar entre la familia a alguien estudiado, de hecho mi tía la profesora fue de ambas familias paterna y materna, la primera “estudiada”, ¡cómo no sentir ese orgullo por su hermana, siendo un obrero de la industria automotriz que con trabajos terminó la primaria! Orgullo que a mí me transmitió.

Una inspiradora influencia en mi formación

En mis años de formación docente formal el pedagogo Paulo Freire fue una inspiradora influencia; lo veía yo como un maestro comprometido con preocupaciones y propuestas por los demás y en especial por los pobres, los desposeídos, para los cuales aprender a leer tenía que ser un acto de liberación, pues no se trataba de leer la letra en sí misma sino de leer el mundo, un mundo injusto, un mundo desigual, hostil… que había que transformar.
En efecto, leí a Paulo Freire durante mis estudios de Normal (que realicé en una institución de corte privado, cuyo costo era más o menos accesible para familias como la mía) gracias a una profesora, la “hermana” sor Dolores Martínez Vázquez (Hija de María Auxiliadora) de la sección femenina de la congregación salesiana radicada en Santa Julia; en sus cátedras de didáctica abordábamos más que aspectos técnicos, el sentido de la educación escolar para una sociedad. Esta profesora dejó una huella indeleble tanto en mi formación formal como en mis expectativas de ser maestra como trabajo, profesión y proyecto de vida.
Agradezco esta sólida formación docente, pues ahora tenemos maestros que conocen a Paulo Freire hasta llegar a un posgrado. En mi caso, las enseñanzas de este insigne pedagogo – maestro están en mi perspectiva del hacer docente desde los estudios de Normal, que aunque se le ha denominado básica o elemental fue más bien fundamental: nos dio fundamentos y fundamentó las bases de una práctica docente a plenitud.

Una experiencia fundamental

Al egreso de la escuela Normal comienzo a laborar en una escuela privada y busco una oportunidad en la escuela pública, dándose esa posibilidad en el noreste del Estado de México en la colindancia con el estado de Hidalgo, donde tuve el privilegio de ser maestra rural.
Recibí mi nombramiento como profesora de grupo de primaria foránea, y mi primer año de servicio lo cubrí en una escuela rural del municipio de Hueypochtla. Fue aquí donde consolidé mi decisión y convicción de ser maestra, después de una experiencia no tan agradable durante mi estancia en la escuela privada, mi labor como maestra rural –de lo cual me sentía tan orgullosa– me hizo entender el sentido profundo de ser maestra.
Pues, el ser maestra, no se trata únicamente de transmitir conocimientos, dar una buena enseñanza de asignatura, preparar clases, afianzar el dominio de contenidos, diseñar las estrategias didácticas pertinentes, llevar el seguimiento de cada alumno en términos de aprovechamiento escolar, etcétera, y aclaro, sin menospreciar ninguna de estas tareas, ya que forman parte del desempeño de un buen maestro, sino que considero que este conjunto de actividades integran una tarea fundamental: contribuir a la formación de seres humanos enteros e integrales a través de la escuela.
Una población rural siempre agradece la presencia y la permanencia del maestro, pero también lo cuestiona sino se comporta debidamente desde sus parámetros culturales, al menos eso viví y esas vivencias abrieron mi sensibilidad a la relación escuela–comunidad y a la condición socio-cultural de con quienes estamos trabajando.
Estas preocupaciones de carácter socio-cultural aún prevalecen en mi actuación docente.

Pensando mi práctica docente

Después de mi experiencia como maestra rural transito al área urbana del estado de México, específicamente hablo de Ecatepec, complejo municipio conurbado a la gran metrópoli de la ciudad de México.
En este municipio laboro en un pueblo histórico de Ecatepec que ha sido subsumido en el tejido urbano industrial que caracteriza esta parte del área conurbada, se trata de un pueblo viejo a pie de cerro y a orillas de lago, de lo que fuera el antiguo lago de Texcoco; en este localidad la ubicación de la escuela primaria donde fui asignada, vuelve a traer esa preocupación por el entorno sociocultural y las condiciones de vida del alumnado, pues se trataba del turno vespertino.
En estos años trabajo con entusiasmo frente a grupos de quinto y sexto grado, además de un primer año que me reto con la enseñanza de la lectura y la escritura. Tuve mucha capacidad para vincular contenidos y estrategias de trabajo en el área social, artística, matemática, por supuesto español; mi tema pendiente fueron las ciencias naturales, en ellas me movía con más cautela.
Nunca trabajé sólo en el aula, salía con mis alumnos al patio escolar a trabajar con el plano cartesiano, por ejemplo; además, en este periodo canalicé mis inquietudes por entender a mis alumnos y su entorno, me salí de la escuela para conocer el cerro donde vivían la mayor parte de ellos, los talleres, las fábricas, las canteras, etcétera y fui llamada la maestra vagabunda. Debo aclarar que siempre conté con el apoyo de la directora escolar (la maestra Conchita +). Esto que relato sucedió sin mayor problema hasta el cambio de supervisión; el nuevo supervisor quien veía con sospecha mis actividades, pues aunque yo le explique la importancia de lo comunitario, lo asocio con ideas comunistas, y pase a ser considerada como una maestra comunista.
Esto me llevó a reflexionar que muchas veces se espera de un maestro pasividad y conformismo, no inquietudes ni acciones, aunque se nos convoca a la innovación.
De cualquier forma tuve unas lindas experiencias, inolvidables lecciones magisteriales, escolares, culturales, sociales, en suma, de vida.

Maestra por convicción

Por supuesto, he seguido estudiando a la par de mis labores docentes, me considero una profesora de primaria que ha estudiado Sociología, Antropología y Ciencias de la Educación, lo que me permitió incursionar en distintos niveles y modalidades del sistema educativo.
Además de trabajar en educación básica, lo he hecho en educación de adultos, en educación superior, pero sobre todo los últimos años, poco más de veinte, los he pasado en el ISCEEM División Ecatepec, una generosa institución, donde he seguido sintiéndome maestra –ahora de posgrado– y siempre he aludido con orgullo a mi origen e identidad magisterial, aunque he sido calificada como “empirista”, porque busco en cada teorización el nexo con aspectos concretos y prácticos del mundo de la escuela y la enseñanza. Aclaro que no desdeño las cuestiones teóricas, pero busco en ellas anclaje histórico, político, cultural y social para no disertar en el vacío.
En mi trayectoria magisterial he pasado paulatinamente de ser maestra por inducción familiar a ser maestra por convicción, consolidando mi amor a la profesión más noble del mundo.

Mi contribución actual

En estos momentos de mi accionar docente, realizo diversas actividades relacionadas con la impartición de un posgrado dirigido a maestros en servicio, en las que pongo ese matiz de recuperar la experiencia docente y reflexionarla, no en vano pertenezco a la línea de Práctica Educativa.
Aquí debo destacar mi tarea como conductora de un seminario básico denominado Sujeto, Cultura y Educación en el cual se hacen ejercicios de reconocimiento del maestro como sujeto cultural anclado en su propia historia y personalidad más allá de la escuela; también he de resaltar mi docencia en un seminario de carácter optativo que se denomina Cultura Escolar, el cual es enriquecido, además de las lecturas, por las experiencias de los participantes y la conductora en este ámbito.

Una frase contundente

Para cerrar quiero reflexionar sobre una frase contundente para pensar el sentido de ser maestro, la cual proviene del “juramento normalista” de las normales del estado de México que dice: porque ser maestro; es encontrarse el hombre, ante la responsabilidad del mismo hombre.
En efecto, hacerse maestro, ser maestro, vivir como maestro (no sólo vivir del magisterio), implica enfrentarse a una parte del proceso de humanización, de construir humanidad en y desde cada escuela.
A esta extraordinaria frase del “juramento normalista”, yo le añadiría lo siguiente: porque ser maestro a plenitud, es cumplir con un trabajo y ejercer una profesión que implica un proyecto de vida y exige una contribución sólida a la formación de sujetos en sentido humano amplio.

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