Un normalismo rural irredento

By on junio 20, 2021

La Jornada

Muchas son las voces redentoras que han prometido atender el abandono y precariedad histórica de las normales rurales (NR), cantos que enternecen al más duro y escéptico opinador. Diversas son las voces que afirman tender una mano franca y ofrecer un oído atento, aunque al calor de una protesta se asuman como vehementes defensores de la legalidad y el estado de derecho marcando furibundas descalificaciones y condenas en su contra.

Nacieron en 1922 con un sello de identidad, formar al nuevo magisterio, instituidas a la sombra de la Revolución, se les presumió como el laboratorio pedagógico de la naciente epopeya social, no obstante, el reto asignado desde sus primeros días fue superior a sus condiciones materiales, eran escuelas pobres para pobres. Los problemas estructurales de las escuelas formadoras de maestros rurales las denunció temprano el profesor José Santos Valdés, quien las tipificó en cuatro grupos: escuelas mal ubicadas, escuelas sin agua, escuelas sin tierra y escuelas sin luz.

La clasificación no fue simple narrativa, durante las primeras dos décadas de vida la prensa reportaba raras epidemias en las NR, los males no eran tan desconocidos, paludismo y tifoidea, consecuencias de la precariedad material y sanitaria en que vivían las escuelas-internados. En 1935, nació la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM), organización juvenil que concentró a todas las sociedades estudiantiles de las NR y regionales campesinas, así como a sus problemas y luchas.

En 1940, la FECSM convocó a la primera huelga de estas escuelas, solicitó aumento presupuestal de alimentación, camas, cobijas, calzado, reparación y acondicionamiento de todos los edificios, medicinas, bibliotecas y maestros. Las demandas juveniles recibieron distintas respuestas en las regiones, caracterizadas por la indiferencia y el abuso. En Puebla, el gobierno estatal envió soldados con bayonetas a desalojar a los estudiantes campesinos; en Morelos, la policía secuestraba por las noches a grupos de estudiantes y los abandonaba en los límites de Guerrero bajo amenaza de horca o fusilamiento.

En 1943, en su primera responsabilidad al frente de la SEP, el secretario Jaime Torres Bodet reconoció que el problema más agudo que enfrentaba la dependencia era el estado conmovedor en que vivían las NR. No obstante el reconocimiento, el tratamiento ante las manifestaciones fue cada vez más severo por parte de la autoridad y la prensa, así lo constata la narrativa creada alrededor de las huelgas de 1940, 1947 y 1950.

¿Por qué las NR de ayer y hoy reciben un trato displicente de la autoridad?, ¿por qué el sector estudiantil es el actor protagónico en la gestión de estas instituciones? Es necesario colocar algunos sucesos que han marcado su calendario:

* 1969, intervención y cierre de 14 de las 29 NR.

* 1987, El Quinto, Sonora, salió de la FECSM como condición para no cerrarla.

* 2003, Mactumatzá perdió su sistema de internado.

* 2004, El Mexe, Hidalgo, perdió el sistema de internado, cuatro años después egresó su última generación.

* 2014, 26 y 27 de septiembre, 43 estudiantes de Ayotzinapa fueron desaparecidos, tres jóvenes asesinados con sadismo, seis más quedaron en estado de heridos graves.

* 2017, tratamiento judicial y policiaco en contra de estudiantes normalistas rurales de Cañada Honda, Aguascalientes; Tiripetío, Michoacán y Panotla, Tlaxcala.

* 2018, el Presidente de la República encabezó un evento de reapertura de la NR de El Mexe, Hidalgo (aún no se concreta la reapertura).

* 2021, son recluidos en el penal de El Amate 93 estudiantes normalistas rurales de Mactumatzá, Chiapas, acusados de motín (solicitaban un examen de nuevo ingreso presencial y no en línea); reprimen a estudiantes en Oaxaca; fallecen dos normalistas rurales de Teteles, Puebla.

Los políticos, no pocos funcionarios y la prensa, las señalan como equivocadas eternas o, peor aún, manipuladas por actores internos y externos; en escasas ocasiones otorgan credibilidad a la juventud normalista rural por organizarse alrededor de aquello que públicamente solicitan, exigen o denuncian. Por lo regular, arguyen sospecha y duda, les ofrecen un tratamiento que no muestra tregua en esa relación adversa que se encarniza en su contra al paso de los años. Desde 1950, el profesor José Santos Valdés alertaba que jamás habían querido reconocer la justicia de las peticiones juveniles y siempre que concedían algo había sido porque la lucha y la rebeldía de los estudiantes rurales los habían obligado a ceder.

El normalismo rural expone una historia abierta, no concluida. Hay paralelismos entre los siglos XX y XXI, de manera recurrente, a partir del cierre del cardenismo y hasta nuestros días, existe una amplia red de circunstancias que lo mismo arropan las expulsiones y amenazas de muerte a estudiantes normalistas rurales de 1940 que las calumnias recibidas por la prensa durante 1950, el hostigamiento por su activismo en 1965, las clausuras de 1969 y las desapariciones de los 43 estudiantes de 2014, así como las aprehensiones de 2021. Todas, revestidas por una continuidad autoritaria hacia el proyecto normalista rural y de una normalización de la violencia en su contra. Paralelos que obligan a ver con otros lentes a estas irredentas normales rurales.

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