Experimentos sin método

By on septiembre 13, 2021
vacuna

Revista Educarnos

“Vamos a ver qué pasa”, ha sido el inicio de una serie de desgracias de la humanidad, pero también de descubrimientos buscados y serendipias. A veces, esta curiosa inquietud, como la que mató al gato, encuentra variantes como la de “vamos a ver qué se siente” o la de “vamos a dar si se dan cuenta”.

El estudio de Tuskegee (Alabama, Estados Unidos) ha sido objeto de una larga discusión y constituye un ejemplo clásico para los bioeticistas. Iniciado en 1932, con la intención de conocer qué pasaría si la sífilis no era tratada, pretendía describir “la historia natural” o, en otras palabras, qué pasaría si no se daba tratamiento alguno. Originalmente, el estudio incluyó a 600 hombres de raza negra –399 con sífilis y 201 sin la enfermedad– a los que no se les informó más que serían tratados por “mala sangre” (término que en la época incluía también a la anemia y la fatiga). Para 1943, cuando se generalizó el uso de la penicilina para el tratamiento de la sífilis, a los participantes en el estudio no se les ofreció esa opción. En 1972, un reportaje periodístico llamó la atención al estudio y la secretaría de salud y proyectos científicos estableció un comité que declaró que el estudio no tenía justificación ética, dado que los resultados eran muy escasos en comparación con el gran riesgo para los sujetos del estudio. A los hombres restantes se les ofreció tratamiento y, a partir de 1975, también se ofrecieron servicios de salud a las esposas o viudas y a los hijos. El último participante directo en el estudio murió en 2004, mientras que la última viuda murió en 2009. Todavía en abril de 2021 sobrevivían diez hijos de los sujetos incluidos en el estudio.

En mayo de 1997, cuando sobrevivían ocho de los participantes en el estudio, el entonces presidente William Clinton pidió perdón y señaló que muchos de sus connacionales desearían no recordar la época que habían sobrevivido esos sujetos de estudio. Señaló que esa nación no se alzó a la altura de sus ideales, pues quebrantó la confianza de su pueblo, fundamento de la democracia. Esa nación “recuerda a los cientos de hombres y mujeres utilizados en investigación sin que ellos lo sepan o lo consientan… sin recursos o alternativas… quienes creyeron que tenían esperanzas cuando se les ofreció tratamiento médico gratuito… fueron traicionados”.

Narro esta historia para destacar que los experimentos sociales y sanitarios, que deberían contar al menos con el consentimiento de los participantes, rara vez son conducidos de manera sistemática. Y quienes son parte del experimento rara vez se dan cuenta. No siempre tenemos la información necesaria de las personas involucradas antes de comenzar el experimento, aunque en muchas ocasiones sí acontece que se hagan análisis post-hoc (un poco al estilo del pozo que se tapa después del niño ahogado).

Es poco frecuente que nos enteremos de las posibles consecuencias de determinados tratamientos médicos (por ejemplo: ¿has leído las contraindicaciones de la medicina que tomaste esta mañana?); y no siempre estamos conscientes que muchas de nuestras actividades están sujetas a resultados inesperados. Pensemos en el transporte en vehículos de motor: no sabemos qué puede pasar dadas las condiciones de uso de las partes que los componen, la calidad y cantidad de combustible, condiciones y hábitos (o ignorancias) de quien conduce, el peso, las condiciones climáticas, las superficies e iluminación del contexto, entre muchas otras. Después de los accidentes, habrá quien pueda analizar las condiciones que incidieron, según probabilidades que se calculan a partir de los casos acumulados, en la gravedad y consecuencias.

Cuando estudié psicología llevamos un texto que se titulaba “método experimental sin estadística”. En esta época de pandemia hemos visto que, desde la perspectiva de los políticos y de las personas legas y científicas, estamos en una época en la que hemos aprendido acerca de muchos factores de riesgo (edad, condiciones de salud previas al virus, entre otros) que se han estudiado post-hoc y que todavía se han sistematizado escasamente. Parecería que estamos en una época de “experimentación sin método”. En especial cuando consideramos cómo, en Jalisco, tras apenas tres días del regreso presencial a las aulas, hubo de cerrarse una escuela secundaria por un caso (posible brote en la población de contacto) de Covid-19. Un experimento de regreso a las aulas que todos esperamos no resulte en morbi-mortalidad excesiva. Ciertamente, para quienes hemos perdido amigos, familiares y conocidos, toda morbi-mortalidad por este virus es ya alarmante.

Sin medidas de línea base, sin controles adecuados de las variables que se consideran asociadas a mayores riesgos, y con un enorme desconocimiento de otras variables que podrían ser parte de la vulnerabilidad de las poblaciones, seguiremos dando palos de ciego dado nuestro des-conocimiento y la escasa información recabada y difundida acerca de las condiciones orgánicas y sociales que han favorecido que el virus se propague. A diferencia de los accidentes en vehículos, e incluso de los estudios de “historias naturales”, ni la población de a pie, quizá ni siquiera los científicos cuenta con información post-hoc (o post-mórtem) para evitar que esta pandemia se prolongue más tiempo, dado que ya ha invadido casi todos los espacios. El experimento resulta bastante complicado, dado que cada uno de nosotros se inclina a determinadas teorías y a determinadas formas de libertad en la actuación individual y grupal.