475 años de universidad en México

Por: Juan Ramón de la Fuente*

MÉXICO, 20 septiembre 2026.- El gran historiador Miguel León Portilla nos hizo ver, entre muchas cosas, la continuidad espacial y simbólica que existió entre el Calmécac (emblema de la tradición educativa mesoamericana) y el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado por Fray Juan de Zumárraga en 1536. Ambos, cada cual en su contexto cultural y temporal, pueden considerarse como los primeros esfuerzos organizados en nuestro territorio de lo que hoy consideraríamos como estudios superiores.

Fue el propio Zumárraga –persona muy culta– quien configuró la primera biblioteca e introdujo el arte de imprimir en nuestro continente. Pero, además, fue él quien planteó al emperador Carlos V en 1537 que era necesaria una universidad en México. Sin embargo, no fue sino hasta un 21 de septiembre de 1551 cuando se expidió la cédula real que dio origen al primer antecedente de lo que hoy es nuestra Máxima Casa de Estudios. Zumárraga no alcanzó a ver el éxito de su iniciativa, polémica y controvertida, pero finalmente consumada. El célebre obispo falleció en 1548.

Las primeras clases en la universidad se impartieron en 1553, y en 1597, el papa Clemente VIII expidió la bula correspondiente, con lo cual los estudios impartidos adquirían una mayor validez. Esos eran los cánones. Sus primeros estatutos estuvieron inspirados en los de la Universidad de Salamanca, consolidada tres siglos antes por Alfonso X El Sabio.

La Universidad de México jugó un papel importante en sus circunstancias y sus tiempos. Sin embargo, se volvió obsoleta, y fue remplazada por la Universidad Nacional de México, fundada por Justo Sierra en 1910, autónoma desde 1929 y regida por su ley orgánica de 1945. A partir de mañana, 21 de septiembre, la UNAM, encabezada por el rector Leonardo Lomelí, iniciará una serie de actividades para conmemorar 475 años de universidad en México. La ocasión es propicia para la reflexión y la unidad en torno de esta centenaria institución.

Desde sus orígenes, en la universidad han quedado plasmados los valores de nuestras culturas prehispánicas, los principios de la filosofía aristotélica y el derecho romano, y las esclarecedoras ideas del Renacimiento. Por la Universidad llegaron a nosotros los pulsos renovadores de la Enciclopedia y los ideales de la Revolución francesa. En la universidad certificaron sus estudios iniciales los mayores capitanes de nuestra guerra de independencia para luego resurgir institucionalmente con enorme fortaleza en 1910, casi al mismo tiempo que estalla la Revolución mexicana. Unos años antes, en 1867, al triunfar la República, Benito Juárez le encargó a Gabino Barreda restructurar la educación del país y se creó la Escuela Nacional Preparatoria, semillero de un nuevo México y componente indisoluble de nuestra universidad.

Por la universidad se han transmitido anhelos de democracia y justicia social a cientos de miles de jóvenes que se han formado en sus aulas. Ahí se atesoran y resguardan una buena parte de los recursos culturales y científicos que enriquecen nuestras vidas y nutren nuestros afanes de bienestar y prosperidad compartidos. En ella han encontrado refugio intelectual exiliados de los más diversos regímenes autoritarios. De la universidad han egresado muchas de las y los mejores de nosotros, mexicanas y mexicanos que han llevado sus vidas con honestidad en el servicio público y privado, en solidaridad con los más débiles.

Por eso, la universidad ha sido y es, ante todo, un proyecto social de gran envergadura. Una fuente del pensamiento libertario y plural. ¡Viva la discrepancia! Fue la frase insigne de Javier Barros Sierra en 1968, un año que cambió a México y en el que la universidad jugó un papel determinante al transformar la conciencia social del país. La universidad es una institución que ha mantenido su compromiso indeclinable por sostener los ideales de la supremacía del espíritu y de la dignidad humana. Por eso, la universidad persiste en sus propósitos de investigar con libertad, de fomentar el humanismo y la creación artística, y de difundir la cultura, para que se extiendan sus beneficios a toda la población. Y por ello, también la universidad ha dedicado, dedica lo mejor de sí misma a sus estudiantes, que son su razón de ser.

En la perspectiva histórica, la universidad es una de las instituciones vigentes más antiguas que tenemos y es única, por la variedad de funciones que desempeña. Hay que fortalecerla entre todas y todos los integrantes de esta comunidad, que es por naturaleza plural y crítica. En buena hora. La comunidad universitaria la conformamos por igual estudiantes y docentes, trabajadoras y trabajadores, egresadas y egresados. A todos nos une nuestra gratitud con el alma mater. Ello no significa que pensemos igual, ni que estemos de acuerdo en todo. En realidad, nunca lo hemos estado. Es parte de nuestra riqueza, la pluralidad. Universidad significa unidad en la diversidad. Pienso que las raíces que nos unen como universitarios son poderosas y representan un buen contrapeso de aquello que nos diferencia como ciudadanos en un régimen democrático de libertades como el que tenemos.

Algunos de los retos más visibles que hoy nos agobian como sociedad son de una gran complejidad. Para afrontarlos exitosamente, se requieren conocimientos sólidos sobre temas disímbolos, análisis rigurosos e inteligentes, sensibilidad social, proyectos audaces y creativos. Por eso pienso que son tiempos propicios para que la universidad continúe desplegando, con determinación y compromiso, su riqueza intelectual y su enorme potencial. Menciono como muestra uno de ellos, para cerrar esta breve reflexión/homenaje de aniversario a la universidad que me formó y a la cual me debo. Me refiero a la inteligencia artificial.

La IA nos acecha permanentemente y dirige nuestras vidas –acaso inadvertidamente– hacia donde no necesariamente queremos ir. Esto ha generado ya una alienación sin precedentes y una verdadera sicosis colectiva llena de infundios, pero también de verdades irrefutables, donde es difícil a veces definir con precisión donde terminan unos y empiezan las otras. Es una amenaza global y lo es también, potencialmente, una amenaza individual para cada uno de nosotros. Ante una de las múltiples trampas que puede hacerse con la inteligencia artificial, en complicidad con quienes hacen un uso inescrupuloso de la misma, la UNAM reaccionó recientemente honrando su pasado y salvaguardando su futuro: dio muestras contundentes de su compromiso con la verdad, con la justicia y con los principios éticos que le confieren su autoridad moral. Resulta asimismo reconfortante constatar, por otro lado, que el gobierno de nuestro país trabaja ya en la aplicación de mecanismos de contención eficaces para evitar que la IA se use sólo con fines de lucro y de dominación, sin regulación alguna, y se convierta en referente absoluto en la vida de las y los niños y jóvenes de nuestro país.

Larga vida a la Universidad Nacional Autónoma de México. No tengo dudas: habrá de seguir siendo, en palabras del maestro Justo Sierra, el faro que ilumine nuestro camino.

Profesor emérito de la UNAM