Cuidado, el estrés prolongado tiene consecuencias

  • Si bien los episodios cortos resultan motivadores, la exposición constante puede causar ansiedad, depresión, fatiga y problemas cardio y cerebrovasculares

29 enero 2026.-El estrés siempre está presente en todos lados, sobre todo en las grandes urbes como Ciudad de México, donde abundan las multitudes, la contaminación atmosférica y acústica, así como los congestionamientos viales. Por esto se ha convertido, desde hace décadas, en uno de los villanos de la película más temidos. Sin embargo, en sí mismo no es malo.

“Realmente, el estrés es una reacción mental y física normal que tenemos todos los seres vivos ante un cambio, una presión, una amenaza o una situación que está fuera de nuestro control. Cuando aparece un estresor, nuestro organismo reacciona mediante el estrés para tratar de regresar a su equilibrio. Por tanto, no es necesariamente algo patológico”, señaló Ingrid Vargas Huicochea, coordinadora de Investigación del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM.

Si bien episodios cortos de estrés pueden resultar motivadores para un individuo, la exposición prolongada a él es capaz de causarle ansiedad, depresión, fatiga e, incluso, problemas cardio y cerebrovasculares.

“Desde el punto de vista psicológico, se habla de eustrés o estrés bueno o positivo, y de distrés o estrés malo o negativo. Por ejemplo, cuando nos vamos a casar o graduar, tenemos muchos estresores, pero también estamos muy motivados y emocionados, o sea, experimentamos un eustrés; al contrario, si enfrentamos un asunto legal durante un largo tiempo, sufrimos un distrés, el cual puede ir acompañado de ansiedad, angustia, miedo o depresión”, explicó Vargas Huicochea.

Análisis de bienestar

La contraparte del estrés es el bienestar, y sobre éste se sigue ya una nueva línea de trabajo para ver cómo se puede fortalecer para contrarrestar aquél.

En la Coordinación de Investigación del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM, Ingrid Vargas Huicochea y sus colegas llevan a cabo un análisis del bienestar en los estudiantes y docentes que llegan a solicitar ayuda psiquiátrica.

“Es falso pensar que si alguien padece una enfermedad mental ya no puede experimentar bienestar. Se puede tener un padecimiento mental y también un buen nivel de bienestar”, apuntó.

Dos condiciones

A diario enfrentamos un sinnúmero de estresores: cruzar una calle o avenida, tratar de entrar en un vagón del Metro atestado, resolver un examen, asistir a una junta de trabajo… No obstante, el estrés se sale de control bajo dos condiciones muy específicas: cuando el estresor no se va y la capacidad del estrés de regresarnos a nuestro equilibrio natural se agota tarde o temprano, o si se tiene una vulnerabilidad individual y, aunque el estresor no sea tan poderoso o crónico, el estrés se mantiene constante y empieza a deteriorar nuestro organismo. Entonces, el impacto de éste se manifiesta en lo mental y en lo físico.

“Con el estrés se liberan diversas sustancias neuroquímicas; una de las principales es la hormona cortisol, que eleva la presión arterial y los niveles de glucosa en la sangre para preparar al organismo ante una situación de peligro o amenaza. Cuando una persona padece un estrés prolongado o patológico, el cortisol no desaparece y, como determinadas áreas cerebrales son particularmente sensibles a él, algunas funciones mentales, entre las cuales destacan la atención, la concentración y la memoria, comienzan a deteriorarse. Cuando este deterioro progresa, la parte emocional también puede alterarse. Y dependiendo de la vulnerabilidad de cada cerebro, unos individuos se inclinarán hacia la ansiedad y otros hacia la depresión”.

De acuerdo con la investigadora universitaria, las personas que se inclinan hacia la ansiedad, además de fallas en la atención, la concentración y la memoria, presentan preocupación o nerviosismo constante, incluso por cosas triviales, y alteraciones en el estado de ánimo (se vuelven más irritables o intolerantes de lo habitual) y en los patrones del sueño (éste ya no es reparador, por lo que su nivel de energía durante el día disminuye y, con él, su funcionalidad).

“Y quienes se inclinan hacia la depresión, además de fallas en la memoria, atención y concentración, presentan ánimo decaído (y, a veces, también irritabilidad), alteraciones en los patrones del sueño (normalmente, insomnio, pero también, en algunos casos, hipersomnia o somnolencia diurna excesiva) y en el apetito (normalmente hiporexia o falta de apetito, pero también, en algunos casos, hiperorexia o apetito exagerado), desinterés por actividades que antes disfrutaban mucho, pensamientos de desesperanza, sentimientos de minusvalía y culpas irracionales, todo lo cual repercute negativamente en su funcionamiento”, añadió.

Por lo que se refiere a lo físico, un estrés prolongado predispone a tener alteraciones en el ritmo cardiaco; picos de hipertensión arterial; trastornos dermatológicos, como una reacción exantemática, y males gastrointestinales (principalmente inflamatorios: esofagitis, gastritis, colitis, entre otros).

Tres pasos

¿Qué se puede hacer para no padecer un estrés prolongado y, así, no poner en riesgo nuestra salud mental y física? En opinión de Vargas Huicochea, el primer paso es tratar de darnos cuenta o ser conscientes de cuáles son los elementos de nuestra vida o rutina diaria que pudieran estar funcionando como estresores; el segundo es identificar qué reacciones tenemos ante esos estresores, que para cada uno de nosotros son distintos; y el tercero es ubicar cuáles de esas reacciones están abonando a nuestro bienestar y cuáles nos alejan de él.

“Y aquí es cuando me toca ponderar y preguntarme: ‘¿cómo puedo alcanzar el equilibrio?’ A lo mejor reconoceré que hay cosas que no me están favoreciendo, pero que no las puedo cambiar en este momento, y este reconocimiento me quitará un gran peso… Pero en relación con las cosas que sí puedo modificar, lo más sano es comenzar a hacerlo. Lo bueno es que en nuestro mundo tan vertiginoso disponemos de un montón de recursos, tanto presenciales como en línea, para enfrentar el estrés prolongado: clases de yoga, cursos de meditación, ejercicio… Y si no nos funciona ninguno de esos recursos, podemos recurrir a la psicoterapia. Ésta no está hecha únicamente para los que tienen una patología mental, sino para todo aquel que necesita un acompañamiento en la vida cotidiana. En la actualidad, las terapias contextuales –es decir, las psicoterapias de tercera generación– son muy valiosas porque, más allá de tratar de cambiar la realidad de alguien, le apuestan a que pueda adaptarse mejor a ella, tal y como está ahora mismo, y esto es maravilloso”, concluyó.

Repercusiones en nuestro cuerpo

La ansiedad, que llega a aflorar si se vive bajo un estrés prolongado, puede desatar diferentes afecciones físicas: visión borrosa o doble, zumbido de oídos o sensación de oídos tapados, bolo histérico (sensación de que se tiene algo atorado en la garganta), dolores musculares y articulares, dolor de cabeza, de espalda y en la región maxilar porque se genera una tensión muy fuerte en los músculos de la masticación, debilidad, calambres y dolores en las piernas, sensación de piernas dormidas, molestias urinarias y a nivel genital, palpitaciones, dolor en el pecho, dificultad para respirar, aunque el aire esté entrando en la cavidad torácica, sensación de que se tiene una parte del cuerpo dormida…

“Y cuando esta sensación se tiene en el brazo izquierdo y se suma al dolor en el pecho y a la dificultad para respirar, la ansiedad crece todavía más porque se piensa que está por producirse un infarto agudo al miocardio. Afortunadamente, la mayoría de las veces no ocurre esto”, dijo Ingrid Vargas.