Una carrera sin límites, la científica mexicana que corre hacia el futuro

13 febrero 2026.-María Saraí Mendoza Figueroa ha completado carreras de 5, 7 y 10 kilómetros en diferentes terrenos, donde cada zancada es un nuevo desafío. Así considera también su otra carrera profesional, la dedicada a la vida científica, en la que cada meta alcanzada la ha llevado a otra aún más desafiante.

En las pistas aprendió que avanzar implica ritmo, constancia y aceptar que habrá kilómetros con viento en contra y pendientes más complicadas; nada diferente a los laboratorios, donde la ruta es larga y a veces exhausta, pero siempre acompañada de satisfacciones. Porque si algo define a Saraí es esa determinación que tienen quienes saben que llegar lejos no es cuestión de velocidad, sino de resistencia.

Originaria de San Andrés Nicolás Bravo, Malinalco, Estado de México, una pequeña comunidad campesina rodeada de montes, Saraí creció entre cuadernos, pizarrones y surcos de tierra.

Su madre, maestra de secundaria, le enseñó desde muy temprano que el conocimiento es una llave que abre puertas insospechadas, y la educación una forma de acompañar a otros a descubrir el mundo. Su padre, campesino, le heredó la sensibilidad hacia las plantas, la paciencia para observar los procesos naturales y la importancia del trabajo metódico.

Entre ambos sembraron en ella una mezcla de curiosidad, disciplina y humildad que más tarde sería fundamental para navegar la complejidad del laboratorio. Aunque entonces no lo sabía, esos dos universos (la enseñanza y la tierra) serían la raíz silenciosa de su vocación científica.

Actualmente forma parte de algunos grupos de investigación de primer nivel. En la Universidad de Pensilvania su trabajo se ha consolidado en tópicos de enorme relevancia: la regulación de la expresión génica, particularmente la regulación de la transcripción y la síntesis de proteínas, mecanismos moleculares que sostienen la vida y, aunque invisibles, determinan el funcionamiento de las células.

A la par ha logrado posicionarse en redes científicas internacionales de alto impacto, espacios impulsados por fundaciones como Chan Zuckerberg Initiative (CZI) o El Instituto Penn para la Innovación en ARN de la Universidad de Pensilvania, para impulsar ciencia de frontera. Desde estas plataformas de élite trabaja rodeada de investigadores provenientes de universidades como Harvard, Princeton y Yale, para el desarrollo de tecnologías innovadoras que aporten soluciones a la sociedad.

Ella, formada siempre en escuelas públicas en México, comparte laboratorio con quienes crecieron en contextos muy distintos, pero camina con la certeza de que su posición ahí no fue el privilegio, sino su disciplina. Esos sólidos pasos en el trabajo diario que han marcado su trayectoria.

Ese carácter lo formó en el Cinvestav, donde también encontró su vocación científica. De hecho, Saraí resume su paso por la institución con una palabra: pasión. En el Departamento de Bioquímica aprendió a hacer ciencia genuina, ahí descubrió lo que significa tener paciencia sin dejar de trabajar; pasar por la frustración de un experimento fallido para volver al día siguiente y encontrar soluciones, equivocarse, aprender y seguir.

Durante su posgrado en Cinvestav, bajo la asesoría de Jesús Valdés Flores, investigador del Departamento de Bioquímica, trabajó en la comparación del empalme de ARN en humanos, levaduras y amibas, para buscar mecanismos comunes entre estos organismos; es decir, por qué si son tan similares en el aspecto molecular, como organismos son tan distintos.

En sus múltiples experimentos, encontró que existían moléculas de ARN circulares en amibas y su trabajo era el primero que lo describía, logrando que esto se convirtiera en su mayor descubrimiento, contribución y la apertura de esta línea de investigación en los laboratorios del Cinvestav, donde cursó maestría y doctorado de 2007 a 2016.

Su camino la llevó a dar clases en la Universidad Autónoma Metropolitana, Campus Xochimilco, donde trabajó durante casi cuatro años y reafirmó que quería enseñar, que parte de su misión es transmitir conocimiento, acompañar a estudiantes, guiarlos con firmeza, pero también con cariño.

Más tarde, y después de perder el financiamiento de un proyecto ganado en una convocatoria del antes Conacyt, muchas solicitudes negadas para realizar posdoctorado, pero con la firmeza de alcanzar su meta, recibió el sí que esperaba; llegó a Estados Unidos, a la Universidad de Pensilvania, con Jeremy E. Wilusz, uno de los pioneros en encontrar ARNs circulares y caracterizarlos en humanos.

Allí inició su posdoctorado con el tema de la regulación de la transcripción, aprendió mucho de él; sin embargo, por motivos laborales, Wilusz migró a otra institución y Mendoza Figueroa pasó a colaborar con Kathy Liu, afiliada al Departamento de Bioquímica y Biofísica de la Facultad de Medicina Perelman, y quien trabaja con el ARN ribosomal, molécula con la que Saraí nunca había trabajado.

Ese fue uno de los desafíos más interesantes para Mendoza Figueroa, pero tal como sorteó con éxito los anteriores, pudo contribuir a nuevos descubrimientos, como el entendimiento de que la maduración del ARN ribosomal, además de determinar la morfología del nucléolo, también impacta la distribución de la cromatina en el núcleo, lo que podría resultar en la modificación de la expresión génica.  

Desde entonces, su carrera en la Universidad de Pensilvania ha continuado, tanto en el rubro académico, como de investigadora asociada en el laboratorio de Yoseph Barash, enfocándose en la regulación de la traducción de ARN, lo que la ha llevado a consolidarse con pasos firmes, logrando publicaciones, colaboraciones, proyectos interdisciplinarios y un crecimiento constante dentro de una de las universidades más competitivas del mundo.

Hoy, cuando mira hacia atrás, reconoce que ha alcanzado estabilidad y que vive una etapa plena. Pero también sabe que aún le quedan muchos kilómetros por correr, pues su siguiente gran meta es obtener una posición académica de investigadora titular, dirigir un laboratorio y, sobre todo, contribuir con conocimiento que tenga impacto real, ya sea en plantas, alimento, salud o enfermedades humanas.

“Porque nadie necesita un IQ extraordinario para dedicarse a la ciencia; lo que hace la diferencia es la constancia, la disciplina y la pasión”, menciona con un esbozo de sonrisa Mendoza Figueroa. 

No descarta regresar a México para retribuir lo que recibió, preparar estudiantes, fortalecer la ciencia del país e incluso participar como consejera en decisiones públicas relacionadas con la ciencia y tecnología.

A las nuevas generaciones les deja un mensaje que resume su filosofía de vida y de ciencia: ser pacientes, no pasivamente, sino como la capacidad de parar si algo no sale, respirar hondo, recordar por qué se empezó y continuar, tal como se entrena un corredor en las pistas antes de la gran competencia.