Chiautla y Tlanichiautla: origen y construcción espiritual. Séptima parte

Por: Gildardo Cilia López

El oro de placer.

El análisis del coatequitl o repartimiento forzoso de mano de obra estremece. Se dio en los principales ámbitos de la vida económica colonial, sin embargo, en la minería adquirió tintes dramáticos, llevando a un desastre en el que se conjugaron todos los flagelos concebibles: inanición, pestes y enfermedades. La sobreexplotación condicionada por el trabajo obligatorio significó dolor y muerte.

Cuando se habla de la conquista española, hay quien sólo piensa en la destrucción de un mundo físico.  La devastación de los templos y de los palacios prehispánico significa algo más profundo: la demolición de culturas y de innumerables pueblos. Pese a ello, ninguna irrupción, por violenta que sea, puede demoler del todo lo que el espíritu humano ha creado: ciencia, arte, religión y cultura. Lenguaje.

La memoria histórica reconoce el esfuerzo de múltiples generaciones dentro de procesos complejos de cambio y adaptación; sin que esto justifique de ningún modo los actos deleznables de destrucción y barbarie. También nos hace adentrar a manifestaciones creativas, siendo la poesía la expresión más profunda del pensamiento náhuatl, al traer consigo una forma de concebir al mundo a partir de la filosofía y de la estética. Ese es el maravilloso recorrido histórico al que nos lleva Miguel León-Portilla.

Ante actos inhumanos, se podría pensar que sólo hubo una degradación de la razón y que los nobles sentimientos se habían perdido en un insufrible laberinto. La brutalidad imperó sin ningún atisbo de piedad, compasión y misericordia; no obstante, justo en esta vorágine brotaron actos e ideas que redimieron el alma humana y que configuraron el pensamiento novohispano.  

En las monografías de los pueblos que fueron cabeceras de las provincias novohispanas (muchos de ellos ahora fungen como cabeceras municipales) se suele citar a encomenderos o a alcaldes mayores como si eso enalteciera su historia. En realidad, debería recordarse a estos personajes con cierta indignación: son ellos los que dieron inicio al oprobio y a la expoliación sobrehumana durante los tres siglos de dominación española.

Resulta incierto que Alonso de Grado haya sido el primer encomendero de Chiautla de la Sal (hoy Chiautla de Tapia). A él, Cortés le otorgó las encomiendas de Tlacopan (Tacuba) y de San Andrés Chiautla (de ahí la confusión), muriendo en 1527. Los méritos de este personaje son poco conocidos, se dice que azuzó a Cortés en la matanza de Cholula y que fue uno de los conquistadores que aprehendió a Moctezuma, por demás, un acto ingrato hacía alguien que les había entregado todo lo que tenía, menguando su propio poder político, concebido como divino. Otro dato biográfico es que Cortés lo desposó con Isabel de Moctezuma, la hija preferida del infortunado Huey Tlatoani.

Conforme al Archivo General de Indias (AGI), lo que sí se sabe es que en 1545 Luis Ramírez de Vargas era el encomendero de las minas de la provincia de Chiautla, que incluía a la de Tlaucingo y al enclave platero de Ayoteco, cerca de Olinalá, Guerrero. Ilusoriamente se podría suponer que el tormento que significó la sumisión a Cortés y a la Corona española llegó a Chiautla en forma tardía. Nada más falso.

El Códice de Tzicatlán 2 fue dado a conocer en enero de 2015, rescatándose del templo advocado a San Lucas Evangelista, en el pueblo de Tzicatlán, de ahí su nombre. En él se narran eventos históricos relacionados con el primer contacto con los españoles, así como la sucesión de clérigos, de funcionarios virreinales y de gobernadores nativos dentro de la “República de Indios”. Este documento tampoco deja claridad sobre quien fue el primer encomendero o principal funcionario virreinal de Chiautla, se mencionan como alcaldes a “Andrés de Varia” y luego a una tal “Sacarillo”. He constatado estos nombres en otras fuentes históricas sin éxito alguno. Supuse que se podría tratar de Andrés de Barrios, pero en su biografía se destaca haber sido regidor de la Ciudad de México, alcalde ordinario y encomendero de Metztitlán, en el actual Estado de Hidalgo.

Saber quién fue el primer encomendero sólo sería relevante porque permite inferir el grado de crueldad al que estuvieron sometidos los nativos, particularmente los macehuales. Conforme al Códice de Tzicatlán y a los registros del Archivo General de la Nación la rapacidad estuvo presente desde el primer momento: se les despojó a los nobles (pipiltin) de sus joyas y se les fustigó para que dijeran de dónde extraían el oro y las piedras preciosas; además de confirmar que las comunidades estuvieron sujetas a una exacción excesiva de fuerza de trabajo tanto para el servicio en minas superficiales (de placer) como subterráneas.

El oro “sustraído” del altépetl y de la provincia de Chiautla se trasladaba a Itzocan (Izúcar de Matamoros) antes de llegar a las manos del capitán marques (Hernán Cortés). El encomendero de Itzocan era Pedro de Alvarado, el símbolo más agravante de lo que fue la brutalidad durante el periodo de la conquista española.

Se buscó con avidez oro en los territorios conquistados. Se sabe que entre 1530 y 1550 se extrajo oro de las riberas del Río Balsas, particularmente de las arenas ribereñas de Chiautla de la Sal. De ahí la expresión de quien escribió el Códice de Tzicatlán: “Se dejaba que los macehuales lavarán oro. Gran pobreza se hacía con los macehuales”. Pobreza, en ese contexto, significa miseria, también infamia y atribulación.

El ansia incontrolable por el oro llevó a explorar diferentes puntos de Centroamérica y Sudamérica, hasta encontrar el “Perú”. En México, ese deseo de riqueza se tornó en una plaga, tal como narra Fray Toribio de Benavente, “Motolinía”, en su “Historia de los indios de la Nueva España”. Vale la pena iniciar con el contexto.

El oro y la plata tuvieron un profundo valor simbólico, religioso y jerárquico en la época prehispánica y particularmente, durante el periodo mexica. Al oro se le denominaba “Cuztic teocuitlatl” (excrecencia divina amarilla de los dioses) y simbólicamente representaba al sol y a la renovación, era la energía que emanaba del dios Xipe Tótec. A la plata se le nombraba “iztac teocuitlatl”, (excrecencia divina blanca de los dioses) se le asociaba con la luna y con todo lo que ella representaba: fertilidad, agua, ciclo agrícola e inframundo. México-Tenochtitlan era el ombligo de la luna: el centro del todo.

Tanto el oro como la plata eran símbolos de poder, con ellos se elaboraban orejeras, bezotes, pectorales, narigueras y diademas que las portaban los grandes señores (los pipiltin) y los sacerdotes; asimismo, como símbolo sagrado y ritual formaba parte de las ofrendas y del culto a los dioses. Por sus diferentes usos los excrementos divinos eran muy apreciados, por lo tanto, eran tributos que se les exigía, principalmente, a los pueblos de la región de Huaxyacac (Oaxaca) y a Tachco (Taxco).

La orfebrería prehispánica como se puede observar en diferentes recintos museísticos era fina y detallada; además tenía usos que asombran: se utilizaba, incluso, para hacer incrustaciones odontológicas, casi siempre como adorno o como símbolo de distinción. Sólo habría que agregar que los grandes orfebres del imperio mexica se ubicaban en la Alta Mixteca.

Destellos en la cueva

En la “Visión de los vencidos”, León-Portilla, refiriéndose a fray Bernardino de Sahagún, hace la siguiente reflexión:

(Se trata) “de un hombre extraordinario que a diferencia de muchos de sus compatriotas no buscaba el oro, sino el conocimiento integral de una gran cultura humana y la incorporación de sus valores y su gente al Evangelio de Cristo”. (1)

Además de Sahagún, existe un grupo selecto de personas que describen, denuncian y generan ideas sobresalientes sobre lo que debe ser la justicia, el trato a los indios y la retribución de los tributos y del trabajo ante una explotación y expoliación injustas. No se puede mencionar a todos, concibo que hay cinco figuras intelectuales que marcan un hito en la historia del pensamiento mexicano y universal: Bernardino de Sahagún, Toribio de Benavente (Motolinía), Bartolomé de las Casas, Vasco de Quiroga y Alonso de la Vera Cruz. Cierto la conquista (y luego el coloniaje) “fue tan atropellado que ninguna apariencia quedó de lo que era antes”, pero ayudaron a que la maldición de los conquistadores, los nuevos jeremías, no se convirtiera en total destrucción.

Sin duda – como se dijo – los mexicas apreciaban el oro, pero no con la rapacidad, codicia y avaricia de los españoles. Al encontrarse los enviados de Moctezuma con los españoles, en el “Tajón del Águila”, en las inmediaciones de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, los informantes de Sahagún narran el siguiente cuadro, de cuando se les hizo entrega de diferentes prendas valiosas: “se les puso risueña la cara…como si fueran monos levantaban el oro…como unos puercos hambrientos ansiaban el oro” (2). Esos animales insaciables, luego fundieron las prendas de oro y de plata, convirtiéndolas en barras; perdiéndose así un tesoro invaluable de belleza y arte.

Lo que observaron los informantes hizo realidad el Sexto presagio funesto: muchas veces se oía: una mujer lloraba; iba gritando por las noches: andaba dando grandes gritos…Hijitos míos, pues ya tenemos que irnos lejos…Y a veces decía: – Hijitos míos. ¿a dónde os llevaré? (3).

También le da sentido premonitorio al macehual que sin orejas y sin dedos en los pies se presentó con Moctezuma. Este episodio de la “Crónica mexicana” de Álvaro Tezozómoc se recoge en la “Visión de los vencidos” y en ellas se narra lo siguiente: “Yo soy natural de Mitlancuauhtla… y vide andar en medio de la mar una sierra o cerro grande (y que en ellas venían gentes extrañas) de carne muy blanca, más que nuestras carnes, todos los más tienen barba larga y el cabello hasta las orejas les da”.  Sin orejas y sin dedos en los pies, ese es indicio de lo que vino después: el terrible suplicio de los macehuales, de la gente del pueblo.

Fray Toribio de Benavente, Motolinía, narra este suplicio, equiparándolo con las diez plagas del episodio bíblico de Egipto. Para los fines de este texto, conviene citar parcialmente la sexta y novena plagas de Motolinía:

“La sexta plaga fue las minas del oro…que luego comenzaron a buscar…que los indios que hoy en ellas han muerto no se podría contar; y fue el oro de esta tierra, como otro becerro por Dios adorado…(que) desde Castilla lo vienen a adorar… (Los hombres) levantaron su codicia a desear minas de oro y plata para adquirir riquezas” (4).

“La nona plaga fue el servicio de las minas… a do acabada la comida, o se morían en las minas o por el camino…de los esclavos que en las minas fue tanto el hedor, que causó pestilencia en las minas de Huaxyacan en las cuales media legua alrededor y mucha parte del camino apenas pisaban sobre muertos o sobre huesos, e eran tantas las auras e cuervos que venían a comer los cuerpos muertos …

(Y continúa Motolinía) En aqueste tiempo muchos pueblos se despoblaron, ansí de la redonda de las minas como del camino: otros huían a los montes o dejaban sus casas” (5).

La descripción de Motolinía se puede relacionar con lo que se escribe en el Códice de Tzicatlán: … “se ordenó aquí en Chiautla, al que tiene la gente de trabajo…cien aquí en la cabecera de Chiautla, Ocotlán…100 de Chila y Ocotlán… se dejaba que los macehuales lavaran el oro. Gran pobreza se hacía con los macehuales” (6).

Diversas citas hacen mención de que en la Mixteca Baja había minas de placer o depósitos aluviales. Lo más interesante en cuanto a los placeres es lo que refieren los informantes de Sahagún: (los nativos) “buscaban solamente el oro en los arroyos porque de donde corre el agua sacábanlo, con xicaras lavando la arena, y ansi hallaban granos de oro, unos tan grandes como granos de maíz, otros menores, otros como arena” (7).

Aun cuando pudiera haber confusión con las tierras chinantecas de Oaxaca, debe señalarse que en la zona de Chinanta y Piaxtla, Puebla, existía el oro de placer, de hecho, en la Matrículas de Tributos se registra que estos pueblos tributaban polvo de oro en jícaras a los mexicas. Tras la caída de Tenochtitlan, en 1521, en plena fiebre del oro, siguiendo la ruta del tributo, Cortes mandó a explorar los litorales del Balsas, particularmente, los que bajaban de la Sierra Madre del Sur, poniendo lavaderos en diversos partes.

El río Mixteco tiene su origen en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, concretamente en Tlaxiaco, en la Mixteca Alta, a una altitud de tres mil doscientos metros a nivel del mar, luego su corriente fluye hacia la Baja Mixteca, tocando las zonas de Acatlán, Piaxtla y Chinantla; sigue serpenteando hasta llegar a la localidad de San Juan de los Ríos (a 22 kilómetros de Chiautla de Tapia). En este punto se junta con el Río Atoyac para después integrarse al Río Balsas.

Se sabe que desde 1530 (como parece confirmarlo el Códice de Tzicatlán) había requerimiento de mano de obra para las minas de placer de Chiautla, ampliándose este requerimiento en la siguiente década cuando se abrieron las minas de plata de Ayoteco y Tlaucingo, recuérdese que conforme AGI ya se tenía un alcalde mayor para estas minas en 1545; lo que le da una mayor certidumbre a esta última información.

El oro en placeres se agotó rápidamente, decayendo la producción en la segunda mitad del siglo XVI, para hacerse irrentable en el siglo XVII. Sin embargo, en esta primera etapa minera de la época colonial, a la que podríamos denominar aurea, hubo un proceso de exploración minuciosa, llevando a una explotación intensiva que se caracterizó por la extracción rápida de oro y por el uso de una mano de obra forzada en poder de los encomenderos, a las que, por cierto, no se le pagaba salario alguno.

Este periodo abusivo sólo podía traer consigo dolor y muerte. Después de 12 o más horas de “jicarear” la grava de los ríos se multiplicaban los casos de hipotermia y las afecciones por humedad; la exposición solar (más de mitad del cuerpo estaba fuera del agua) ocasionaba fatiga extrema y golpes de calor; además en los entornos fluviales, los lavadores estaban expuestos a diferentes enfermedades como la malaria, el paludismo y la disentería. Tan letal como estas enfermedades, lo era el hacinamiento y las condiciones insalubres de los campos mineros que los hacia víctimas fáciles de la propagación de viruela, sarampión y gripes. Nada más grave – como lo refiere Motolinía – que la hambruna y la falta de alimentos. ¡La nona plaga!

La tercera vertiente humanista de este aciago periodo colonial la ofrece Vasco de Quiroga. Es tan intenso que vale la pena citar el siguiente párrafo en forma separada:

…yo no sé qué diablo de rescate sea ese o quien primero le puso ese nombre que así lo impropió (que) al revés de lo que debiera ser, de hombres libres, se han hecho y harán esclavos”.  Para mayor claridad, el rescate significaba liberar y proteger a los indígenas de la esclavitud y de los abusos de los conquistadores.

“Se presupone que los indios se rescatan para adoctrinarlos en las cosas de la fe y para instruirlos en las buenas costumbres, cuando en la práctica cotidiana se hace todo lo contrario; los rescatan para matarlos en las minas”.

“En vez de estos subterfugios y encubrir con la religión o el derecho la cruel codicia, lo que ha de hacerse es proclamar rotundamente que esos esclavos son el templo espiritual de Dios” (8).

“Tata Vasco” cuestiona, pero también propone, inspirado en la “Utopía” de Tomas Moro plantea rescatar a los nativos de la explotación y de la miseria creando pueblos-hospitales, como el fundado por él en Santa Fe, en 1532. Su modelo contemplaba tres aspectos básicos: 1) vivir en familia y trabajar la tierra comunitariamente; 2) formar oficios; y 3) crear comunidades autosustentables, fomentando la igualdad y la solidaridad.

El modelo de Quiroga iba más allá de lo que se impuso en la Nueva España y en las regiones evangelizadas por los agustinos, como Tlapa y Chiautla, que so pretexto de enseñar la fe en Cristo, congregó a los nativos dispersos de las estancias en las cabeceras de las provincias a efecto de tener un mayor control tributario y facilitar la disposición de mano de obra para su explotación. El sistema de congregaciones inicialmente se sustentó en la persuasión y en el convencimiento, sin hacer opresión, como dice una real cédula de 1538, o con mucha templanza o moderación, como expresa otra de 1551”. Lo cierto es que ante un sistema que privilegiaba el trabajo forzado bajo condiciones infrahumanas, particularmente en la minería, esto provocó protestas y la huida de los pobladores de las cabeceras congregacionales, tal como se verá en el próximo capítulo.

En el mismo cariz intelectual de Bartolomé de las Casas (véase la quinta parte de este ensayo), se encuentra el brillante académico agustino Fray Alonso de la Vera Cruz. Este catedrático, cofundador de la Real y Pontificia Universidad de México, en 1553, con una sólida formación teológica, filosófica y jurídica, obtenida en la Universidad de Salamanca, retoma lo planteado por sus maestros Francisco Vitoria y Domingo de la Soto. En su tratado “De dominio infidelium et insto bello” se plantea problemas torales que lo llevan a las siguientes conclusiones:

“Es necesario, pues, que, si alguien tiene el dominio justo, éste sea por voluntad de la comunidad, la cual transfiere el dominio a otros”.

“Todo gobierno debe usar su dominio para el bien del pueblo o de lo contrario puede ser revocado”

“No existe legitimidad del domino español sobre los pueblos indios de América, ya que estos pueblos no han dado libremente su consentimiento al emperador para ser sometidos a su dominio”.

“Y si el emperador no tiene dominio legitimo concedido por los naturales del Nuevo Mundo, tampoco tiene derecho a imponer tributos, pues este derecho se deriva del legitimo dominio” (9).

Aun aceptando que pudiera haber causas que justifiquen la traslación de dominio de los pueblos nativos al rey de España. Fray Alonso de la Veracruz, sostenía que:

“Sin embargo, pienso que hay una cosa que no se debe pasar en silencio, ella es un requisito para la justicia de este tipo de traslaciones: que el rey, a cuya autoridad llegaran estos pueblos, no los grave más que el primer señor; mejor dicho, es conveniente que reciba mucho menos tributo, para que de esta manera se entienda que la traslación se hizo para el bien del pueblo” (10).

Las ideas de estas mentes fulgurantes no se perdieron, siguieron presentes en el pensamiento novohispano y fueron retomadas en el corpus del “nacionalismo criollo”, que concluye que los conquistadores habían destruido una cultura, un pasado clásico y que el dominio español había dejado más penalidades que beneficios. Por lo tanto, México requería ser un país libre, soberano e independiente. He ahí Hidalgo.

Esta historia continuará.

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Hace algunos años un gran amigo me sugirió leyera “Crónica de la eternidad”, cuyo autor, Christian Duvenger, sugiere que la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” fue escrita por Hernán Cortés y no por Bernal Díaz del Castillo.  El argumento se centra en la falta de registros de Bernal y en que Cortés tenía una formación sólida, con un espíritu renacentista.

Al leer el libro quedé desconcertado, para después recordar los versos del último poema de los Cantos Tristes de la Conquista, con el que concluye la Visión de los Vencidos. Este poema como los otros cantares tristes (icnocuícatl) fueron escritos por poetas nahuas postcortesianos y es el último que transcribe Miguel León Portilla en su magnífico ensayo:

La prisión de Cuauhtémoc

Cuauhtemoctzin, Coanacoch, Tetlepanquetzaltzin:

prisioneros son los reyes

Los confortaba Tlacotzin y les decía:

“Oh sobrinos míos, tened animo: con cadenas de oro atado

prisioneros son los reyes”

“¿Quién eres tú, que te sientas junto al Capitan General?

“Ah es doña Isabel, mi sobrinita!

Por cierto serás esclava, serás persona de otro: (11)

Las cadenas de oro simbolizan la esclavitud que surgió de la ambición desmedida de riqueza, acarreando consigo lujuria, codicia, avaricia y rapacidad. El ansia por el dinero trajo dureza y el “renacentismo” de Cortés (si efectivamente lo tuvo) se transformó en crueldad y despojo extremo. Doña Isabel era la esposa de Cuauhtémoc y Cortés la violentó sexualmente, para después desposarla, sucesivamente, con tres hidalgos menores, cuyos méritos fueron haber participado en su irrefrenable barbarie. Isabel de Moctezuma (Tecuichpo) tuvo una hija con Cortés: doña Leonor Cortés Moctezuma; así, de esa forma forzada y violenta, inició nuestro mestizaje.

1)  Miguel León Portilla. “Visión de los vencidos, Relaciones indígenas de la conquista”. UNAM, DGSCA, Coordinación de Publicaciones Digitales, p. 19.

(2)  Ibidem. p. 66.

(3)  Ibidem. p. 23.

(4)  Fray Toribio de Benavente. “Las diez plagas de las indias”. Antología de lecturas. Historia de México. Conmemoración 500 años, INEHRM. p. 180.

(5)  Ibidem. p. 182.

(6)  Rodolfo Rosas Salinas y Laura Rodrígez Cano. Una nueva narrativa del contacto de nahuas y castellanos en el suroeste de Puebla, México. Estudios de cultura náhuatl, vol. 64 (julio-diciembre 2022). p. 273

(7)  Leonardo López Luján y José Luis Ruvalcaba Sil. El oro de Tenochtitlan: la colección arqueológica del Templo Mayor. Estudio de la cultura nahuatl. Scielo Internet.

(8)  José Ma. Gallegos Rocafull. Humanismo benéfico y utópico de Don Vasco de Quiroga. Antología de lecturas. Historia de México. Conmemoración 500 años, INEHRM. p. 250.

(9)  Ambrosio Velasco Gómez. “El legado humanista de Fray Alonso de la Veracruz, fundador de la Facultad de Filosofía y Letras (Presentación)”. (En Fray Alonso de la Vera Cruz. “Sobre el dominio de los indios y la guerra Justa”) Facultad de Filosofía y Letras. UNAM. pp. 11 y 12.

(10) Alejandro Rosillo Martínez. “Los derechos a la vida y a la igualdad en el pensamiento de Alonso de la Veracruz”. Texto en internet. p. 664

(11) Miguel León Portilla. Op. Cit. pp. 170 y 171.