Chiautla y Tlanichiautla: origen y construcción espiritual. 11ª Parte
Por: Gildardo Cilia López
Emancipación y revolución
Cuando se habla de la evolución del pensamiento social y político en México casi siempre se le hace dependiente del conjunto de ideas que se desarrollaron en otros lugares del mundo. Se reflexiona poco, no se entiende que desde los primeros años del coloniaje español se forjaron conceptos únicos que le dieron una naturaleza sustantiva a nuestra forma de concebir los derechos humanos y los derechos sociales.
La historia de México no es simple imitación del curso que siguieron otras naciones, esa concepción limitativa además de ser errónea es del todo injusta. La defensa recurrente durante siglos a las clases sociales desvalidas le ha dado un matiz único a nuestra forma de ver la justicia, generando una perspectiva solidaria:
“En los derechos humanos existen dos tradiciones teóricas: la de la Ilustración, ligada a la Revolución francesa y a la Independencia de Estados Unidos, de corte eminentemente individualista; y otra tradición que nace en América Latina con Bartolomé de las Casas y el grupo de primeros evangelizadores que pensaban como él, caracterizada por concebir los derechos a partir de los pobres” (1)
La defensa activa a favor de los desprotegidos significó luchar en contra de marcos intelectuales que concebían a la población nativa como inferior, imperfecta y en continua degradación. Los juicios llegaron al extremo de concebir que los indios tenían un alma maligna, haciéndolos acreedores a una explotación sin misericordia, no importando su exterminio. La labor de Clavijero fue inconmensurable, no sólo porque reconfiguró la historia antigua de México, sino porque dándole grandeza reafirmó nuestra capacidad de escindir nuestro curso histórico de las terribles fauces del colonialismo y de sus percepciones supremacistas.
Hay quien ve al movimiento de independencia como simple emancipación, no como la lucha de un pueblo contra un sistema social que generaba agravios. Los desequilibrios en México saltaban a la vista de nuestros visitantes; así Humboldt, en los albores del siglo XIX, hizo la siguiente descripción:
“Nueva España es el país de la desigualdad. En ninguna parte la hay más espantosa en la distribución de fortunas, civilización, cultivo de tierras y población…La arquitectura de los edificios públicos y privados, la finura del ajuar de las mujeres, el aire de la sociedad…se contrapone extraordinariamente a la desnudez, ignorancia y rusticidad del populacho” (2).
Poco contenido sustantivo hubiera tenido la visión histórica de Miguel Hidalgo y Costilla, si su pensamiento sólo se hubiese centrado en remover las estructuras burocráticas del gobierno colonial; o si – como piensan algunos historiadores – sólo hubiese tenido la intención de mostrar su adhesión a Fernando VII en contra de la invasión napoleónica en España. Quiso, si, aprovechar el momento convulso en Europa; sin embargo, lo relevante es que él encontró una coyuntura inmejorable para modificar el orden de las cosas.
Hidalgo concordó intelectualmente con el sincretismo universal planteado por los jesuitas a lo largo de los siglos XVII y XVIII, que advertía sobre la presencia de culturas con trascendencia clásica en el corazón geográfico del México. Sentía poco aprecio por la aristocracia peninsular y criolla enriquecida por la minería, el comercio y la concentración de tierras: su ostentosidad y arrogancia sólo era consecuencia de la explotación despiadada que se le hacía a la población indígena y a las diferentes castas sociales.
Frente a la visión reprobatoria, sentía un afecto especial por la gente del pueblo. Sus biógrafos le siguieron las huellas cuando se tornó en ilustre cura, sobre todo en Dolores, en donde fue Párroco durante siete años. En lugar de latín y filosofía escolástica, como lo hacía en los campus académicos, les enseñó a los lugareños trabajos y oficios; en esencia, se transformó en un redentor de hombres en vida:
“A sus propias expensas estableció talleres de alfarería y curtiduría, inició la cría de abejas y de gusano de seda, enseñando estos medios de enriquecimiento a la gente pobre; plantó viñedos y olivares, y fabricó vino, aceite y aún telas de seda, convirtiendo su curato en un centro de trabajo”. (3)
La condición de cura liberó el espíritu del académico. Se afirma que en la biblioteca de Hidalgo estaban ausentes autores como Voltaire, Montesquieu o Rousseau, pero leía a otros más articulados con su bagaje intelectual, llegando a las mismas conclusiones. Conocía la teoría “populista” del bien común, de la cual se derivaban tres grandes tesis:
- Aunque el pueblo haya transferido toda su autoridad al rey, este no puede privar a los ciudadanos de los que se les debe por derecho natural. Textualmente el Cardenal Vicente Luis Gotti en su Scolastico-dogmática theología, publicada en 1786, señalaba: “Por eso un rey no puede despojar a sus súbditos del dominio que tienen sobre sus propios bienes, a no ser que ellos los consientan; puesto que los gobernantes son guardianes de los bienes de sus súbditos, más no sus dueños” (4).
- Por derecho natural el poder político de manera inmediata “está en la comunidad y sólo de manera mediata y por derecho humano está en los reyes y demás gobernantes” (5)
- Siguiendo a Carlos Billuart, Hidalgo concebía lo siguiente: “…la república, mediante las representaciones populares en el reino, puede proceder contra el tirano, deponerlo o sentenciarlo a muerte, si no hay otro remedio; porque dicen que el rey tiene recibida de la república la autoridad regia no para destruirla, sino para levantarla y conservarla, y consiguientemente la misma república puede quitarlo, si el rey actúa para manifiesta perdición” (6).
“El teólogo – dice Carlos Herrejón Peredo – que conocía las tesis contra la tiranía, el pastor que había comprobado su azote en la carne de sus feligreses, se decide así a convertirse en el político conspirador y llevar la conclusión hasta sus últimas consecuencias (7). Y así fue.
Insurrección popular
Empecemos por las palabras de Hidalgo, las que abren una nueva etapa en nuestra historia: ¡Caballeros somos perdidos! ¡No hay más recurso que ir a coger gachupines! No había posibilidad para la retractación. Las palabras de Juan Aldama: “Señor, ¿qué va a hacer vuestra merced?; por amor de Dios vea lo que hace”, no lo hicieron desistir de su decisión histórica.
Hidalgo trazó el camino de la revolución social. No hubo gradualidad, la insurrección fue abrupta y trastocó el orden colonial. La acción de las masas era casi instintiva, seguían a un hombre con una conciencia superior, pero que se había lanzado a la vorágine sin un plan de guerra concebido.
La revolución de independencia se convirtió de inmediato en una insurrección popular. El odio contenido durante más de tres siglos movilizó a las masas: “los insurgentes eran sólo 800, en Dolores; tres día más tarde eran 6,000, en San Miguel; creció el torrente y el 28 eran 15,000 en Guanajuato, y … en Valladolid, a un mes apenas del grito, el río humano, desbordado, pasaba de 50,000 hombres” (8). El caudal incontenible siguió creciendo: en Acámbaro el ejército de Hidalgo contaba con 80,000 hombres y algunos estiman en las Cruces, muy cerca de la Ciudad de México, una masa insurgente de 100,000 hombres.
En la sacristía del santuario de Atotonilco, a Hidalgo se le ocurrió una genial idea: al ver una imagen de la Virgen de Guadalupe, la enarboló en una pica y le puso la siguiente inscripción: “¡Viva la religión! ¡Viva nuestra Madre Santísima de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la América y muera el mal gobierno!”. El estandarte de guerra aglutinó a ese gran ejército y a los pueblos que iban engrosando a sus filas en torno a una figura que le daba identidad al movimiento de independencia, sustentado en el nacionalismo criollo. Era la virgen morena, la virgen protectora de los indios; la virgen nativa de las Américas:
“El clero criollo había encontrado, desde el siglo XVI, un poderoso símbolo religioso en la virgen de Guadalupe. Su pregonada aparición, en 1532, dio un asidero espiritual propio a la iglesia mexicana. El patrocinio de la madre de Dios … hizo marchar tras de sí, por igual, la fe sincrética de los pueblos indígenas -que veían en la efigie una reencarnación de Tonantzin, diosa azteca madre- y la devoción autonómica del fervor criollo que encontraba en la Virgen Morena la vindicación de sus reclamos americanos.” (9)
La causa de la independencia se había convertido en una causa santa. Para el bando gobiernista español el cariz de los acontecimientos más bien era aterrador, era la rebelión de una chusma encabezada por un apostata. Abad y Queipo, en su edicto del 8 de octubre de 1810 señalaba:
“Que en cuanto ha perturbado y perturba el gobierno y orden público, y ha puesto en insurrección la masa general del pueblo de un considerable distrito, e intenta poner la de toda la Nueva España en el mismo estado de insurrección…; en este concepto constituye el crimen más horrendo y más nocivo que puede cometer un individuo contra la sociedad a que pertenece” (10).
El torrente de gentes se concibe aún más imponente, si se toma en cuenta que de acuerdo con el censo levantado entre 1790 y 1793 por órdenes del Virrey Conde de Revillagigedo, la población en la Nueva España ascendía a 6 millones 122 mil 354 habitantes; en tanto que la ciudad de México contaba con 111 mil habitantes, aun cuando José Antonio Álzate la estimaba en 213 mil habitantes. Desde luego esa masa de 100 mil hombres, en el apogeo de la insurrección popular, era mayor que la que presentaban las poblaciones de las principales ciudades: Guanajuato, Querétaro, Puebla y Zacatecas.
El contenido popular de la lucha de independencia llevó al extremo el enfrentamiento entre clases, trastocó los cimientos del orden social y la economía colonial. Los actos de rapiña acontecidos, sobre todo en Guanajuato, quedaron grabados en la conciencia de dos de nuestros principales pensadores. Para el liberal José María Luis Mora las pasiones enardecidas condujeron a que se sufriera el ataque más formidable al derecho de propiedad; en tanto que para el conservador Lucas Alamán el movimiento de independencia fue “un levantamiento de la clase proletaria contra la propiedad y la civilización” (11). Abad y Queipo, por su parte, insistía en que la movilización “(constituía) una causa particular de guerra civil, de anarquía y destrucción (y concluía): “¡Insensatos! ¡Frenéticos! ¡Enemigos de la patria cuyas entrañas estáis despedazando y queréis reducir a cenizas!” (12).
¿Habrá sido el temor al caos lo que hizo que Hidalgo detuviera el avance insurgente hacia la Ciudad de México, en el Monte de las Cruces? Seguramente, sí, la enorme masa de desposeídos hubiera aumentado al doble, sin que hubiese mando alguno que la pudiese contener.
La insurgencia en México fue sui géneris porque revistió un carácter agrario que no se presentó en los otros movimientos independentistas de América (13). La lucha por la tierra, por su posesión y por su reparto, se convirtió desde este momento en una aspiración social, cuya resolución no se dio a lo largo del siglo XIX, convulsionando al país nuevamente en la segunda década del siglo XX.
En torno a la cuestión agraria vale la pena mencionar el siguiente edicto de Hidalgo: “Tocante a las tierras pertenecientes a las comunidades de los naturales, ordenó: se entreguen a los referidos naturales la tierras para sus cultivo, sin que para lo sucesivo puedan arrendarse, pues es mi voluntad (de) que su goce sea únicamente de los naturales en sus respectivos pueblos”.
Hidalgo, así, encabezó una revolución popular, cuyo fin era destruir los pilares de un sistema que perduró por más de tres siglos sustentado en la tiranía política y en la expoliación económica. Su espíritu constructivo sólo lo podemos entrever. La nación que quería forjar la podemos esbozar a partir de algunos objetivos plasmados por él en la insurrección; por la fe que tenía en el desarrollo de las industrias en los pueblos y comunidades y por ser Hidalgo el hombre que quiso llevar a la práctica una patria trazada a partir de la ideología del nacionalismo criollo.
Citó un párrafo del discurso sustantivo del Doctor Ignacio Chávez: “(Con la prisión y muerte de Hidalgo todo quedaba perdido en la bruma de un futuro incierto): el nacimiento de un pueblo libre, sin esclavitud y sin oprobios de clases; el advenimiento de una República soberana y próspera gobernada sólo por mexicanos, en el que el hombre del campo tuviera sus tierras y el de las ciudades sus pequeñas industrias; el nuevo régimen social con que soñaba, en que reinara la igualdad y en que fuese ley su fórmula de concordia” (14).

Morelos: moderación de la riqueza y conciencia nacional.
Morelos era, por sí mismo, el símbolo de una nueva nacionalidad; era más que un heredero de la tierra, era su savia. Había en él una gran inteligencia, pero sobre todo una inspiración sobresaliente: su vida era producto de su esfuerzo; su carácter se había forjado en el campo y en los caminos, entre la tierra, la arena y el polvo; su sangre era la síntesis del largo mestizaje. “Era, blanco, mestizo y negro… Tal vez por eso tenía la inconmensurable capacidad de hacerse entender por ello(s)” (15).
Morelos tenía un perfil distinto al de Hidalgo, no era el eminente académico. Sus méritos eran otros. No tenía una educación esmerada, no había tenido la oportunidad de instruirse de esa forma, pero brillaba por su gran talento. Lo guiaba su dignidad de hombre pensante; su deseo era redimir a todos los suyos, es decir: al pueblo, del cual con justificada razón se sentía parte: “Es el mestizo con su instinto, con su intuición y su genio… Lo que ignora lo adivina, lo que piensa lo ejecuta; lo que tiene que hacer lo improvisa… habla breve y claro y dice cuanto quiere… Viene del campo donde fue labrador once años.” (16).
Sobre la preparación académica y el desarrollo intelectual de Morelos habría que hacer un paréntesis. Carlos Herejón Peredo señala que hizo cargar a lomo de mula una variadísima biblioteca de 59 títulos (79 volúmenes) durante su itinerario en plena insurgencia (17). Como Hidalgo no cargaba libros de Voltaire, Montesquieu y Rousseau, pero supo aprovechar, ajustar, adaptar o desechar lo que conocía en función de la realidad concreta existente en México y de sus propios propósitos revolucionarios. Entre las lecturas que había asimilado perfectamente se encontraba la Constitución de Cadiz, de ahí su fe infinita en el constitucionalismo y en la conformación de un Congreso nacional.
Morelos se definía a sí mismo como un hombre errante. Tenía esa sabiduría: le daba pausa a sus pasos, sabía apresurarlos o detenerlos; intuía las distancias y los tiempos; y presentía las vicisitudes que podía enfrentar en los caminos. Por sus atributos, él era el hombre destinado a recorrer el eje transversal y central del país llevando la llama de la insurrección.
En la Segunda Campaña, que emprende en el otoño de 1811, toma la decisión de dominar la zona central de México; por esa razón recorre un camino alterno, más conocido por los arrieros o por los pobladores de la Sierra de Guerrero y de la Baja Mixteca. El itinerario resulta por demás interesante: Chilapa, Tlapa, Jolalpan, Chiautla de la Sal (4 de diciembre de 1811), Izúcar, San Gabriel Palmas, Taxco, Tecualoya, Tenancingo, Cuautla, Ocuituco, Hueyapan, Izúcar, Chietla y otra vez Chiautla de la Sal (4 de mayo de 1812). (18).“Mapas de la tierras de Tequanapa y Epasutla en la Jurisdicción de Chiautla de la Sal, 1767, AGN. (Imagen tomada de “José Ma. Morelos y Pavón. Atlas histórico biográfico”. INEGI)
Morelos toma el camino de las armas con plena conciencia de sus actos y con una estrategia preconcebida. En su primera campaña libertaria, el primero de noviembre de 1810, escribe: “Veo de sumo interés escoger la fuerza con el que debo atacar al enemigo, más bien que llevar un mundo de gente sin armas ni disciplina. Cierto que pueblos enteros me siguen a la lucha por la independencia…pero los impido. Es grande la empresa en que nos hemos empeñado pero nuestro moderador es Dios, que nos guía hasta ponernos en posesión de la tierra y libertad”.
Era un hombre de estrategias, que columbraba y que meditaba sobre los movimientos a seguir. En Jolalpan o Chiautla dividió su ejército en tres grandes cuerpos: uno se fue hacia el sur para tomar Oaxaca; otro, tenía la misión de controlar Taxco y el cuerpo dirigido por él debía avanzar hacia el centro de México desde el corazón de la Baja Mixteca.
Las tropas realistas contuvieron a Morelos en Cuautla y después de romper un fatigante sitio de tres meses, del 19 de febrero al 2 de mayo de 1812, regresó convaleciente a Chiautla. Casi un mes permaneció Morelos en Chiautla; ahí reorganizó a las fuerzas insurgentes, para proseguir en junio de 1812 hacia Mitepec, Chilapa y Huajuapan; después se dirigió a Tehuacán para arribar a la Ciudad de Oaxaca el 25 de noviembre de 1812, con lo cual culminó su tercera campaña, la más exitosa de todas.
El ejército de Morelos era un ejército popular. Lo acompañaban, rancheros, mineros, arrieros, gañanes, indios y aun hacendados, como los Bravo y los Galeana. También tenía un papel destacado el bajo clero, cuya evocación forma parte de la participación histórica de algunos Pueblos en la revolución de independencia; es el caso del cura Mariano Antonio Tapia, un Coronel insurgente nacido en Chiautla, quien muere heroicamente el 18 de octubre de 1812. En su honor, en 1901, la villa de Chiautla de la Sal cambió su nombre por el de Villa de Chiautla de Tapia.
El carácter social de la insurgencia de Morelos puede contemplarse en dos textos trascendentes. El Bando de 1813 señalaba: “Que los naturales de los pueblos sean dueños de sus tierras (y) rentas sin el fraude de las entradas de cajas”. El 14 de septiembre, durante el Congreso de Chilpancingo, hace patente el carácter eminentemente social y popular de la lucha que encabezaba: “Qué como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro congreso deben ser tales, que obliguen a la constancia y el patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia y de tal suerte se aumente el jornal al pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”.
El intelectual zapatista Gildardo Magaña analizando al agrarismo de Morelos y en lo particular el “Proyecto para la confiscación de intereses de europeos y americanos adictos al Gobierno Español”, hizo este trascendente comentario:
“Si Morelos hubiera tenido la fortuna de consumar la Independencia, conforme a sus ideas de emancipación y mejoramiento de los de abajo, transcritas en muchas partes de este documento, seguramente el cataclismo hubiese sido formidable; pero se hubiesen hecho entonces las reformas que un siglo después apenas empezamos a implantar.
Por lo mismo… no vacilamos en afirmar: que si él la hubiese llevado a debido efecto, al establecer la autonomía nacional…, se hubiera moralizado la administración pública, se hubiera creado la conciencia colectiva y un bienestar modesto en las clases asalariadas, que habrían echado los cimientos de un país tranquilo y laborioso”. Tal vez, se hubiera encontrado la “fórmula adecuada de paz, de estabilidad y de trabajo” (19). (Volveremos a estos temas).
Se ha puesto en duda la trascendencia histórica de Morelos, por la fragilidad mostrada ante la muerte; por no haber tenido la actitud estoica que corresponde a todo gran hombre; por no haber enfrentado el juicio entablado por sus enemigos con entereza, tal como lo había enfrentado Hidalgo. Como si él, hombre antes que héroe, no hubiera tenido derecho a sentir miedo: ¡de tenerle miedo a la muerte!
¡Qué ingratitud! La grandeza de un hombre radica más en su contribución al bienestar social y colectivo. Morelos trabajó arduamente en la creación de una Constitución, para prevenir la anarquía y la destrucción observada en la primera etapa de la independencia y para encontrar un futuro después de la insurgencia; fue el primero en sostener la necesidad de una independencia absoluta respecto a España, por lo tanto, fue el primer gran artífice de nuestra nacionalidad. Su ardua tarea revolucionaria, que le costó en efecto el don preciado de la vida, se sustentó en la integración de una asamblea constituyente, capaz de redactar un pacto social que posibilitara la conformación de un Estado soberano. Morelos, subrayó, representa en México “el esfuerzo más puro de un hombre para buscar la organización política de una nueva patria”.
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“Por el Sur (de Puebla), la gloria de la campaña pertenece, sin duda, en primer término a Morelos. A su sola presencia, que despertaba heroísmos en las almas, surge una falange de caudillos y paladines”. Esta interesante reflexión se encuentra en el estudio “Puebla su territorio y sus habitantes”, de Enrique Juan Palacios, publicado en 1917 por la Sociedad Científica “Antonio Álzate”. Tal vez esta cita, a su vez, sea del historiador Antonio Carrión.
Durante la segunda campaña que culminó en Chiautla de la Sal (ahora Chiautla de Tapia) a José María Morelos y Pavón se le puso el sobrenombre del “Rayo del sur”, por la rapidez con la que se desplazó de la Sierra de Guerrero a la Baja Mixteca, hasta llegar a Cuautla y por sus hazañas militares repentinas en diferentes pueblos. Morelos fue un hombre que causó admiración popular.
Perceptivo como era, me pregunto si Morelos sintió, a su vez, la resiliencia de la gente de Chiautla, cuyo raigambre es un hito en la historia de México, pese a las corrientes migratorias que se han suscitado a lo largo del tiempo. Habrá percibido de la gente el amor por su tierra y la devoción por su sol, tal como elocuentemente lo expresó don Gilberto Bosques Saldívar:
“El sol rural de Chiautla, sol de blasón señor del cielo, de la montaña, de la hora enfática del mediodía. Sol sobre los tepetates combustos, sol de masiva lumbre en creciente gravitación plúmbea; sol imperativo de posesiones creadoras, sol del sur tropical que burila hombres enteros, sol compañero. Eratóstenes pudo afirmar que el temperamento, “el temple del hombre está subordinado a la cercanía o alejamiento del sol”. El sol de los chiautecos arraiga a la tierra, da la voluntad de permanencia a la gleba nativa. Donde quiera que estemos, a cualquier distancia seguimos viviendo nuestro terruño y nuestros soles, con horas térmicas del día y sus noches de sombras integérrimas. El terruño está como parte de nuestro ser en forma de imagen viva, y trasciende nuestro pensamiento y nuestro soñar. Muchos esfuerzos los hacemos en su nombre con plenitud de voluntad y de corazón” (20).Chiautla de Tapia, Puebla, 1934. (Don Gilberto Flores Saldívar en el Puente de las Flores. Imagen tomada de “Gilberto Bosques Saldívar, textos biográficos”, CDHDF, 2010)
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(1) Alejandro Rosillo Martínez. “Francisco Xavier Clavigero, S.J. en la tradición iberoamericana de derechos humanos”, documento em internet.
(2) Humboldt, Alejandro de. “Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España. México, Editorial Porrúa, Colección “Sepan Cuántos, n.39.
(3) Alfonso Toro. “La Revolución de Independencia y México Independientes”. Editorial Patria, 1959, p. 61.
(4) Carlos Herrejón Peredo. “Hidalgo: la justificación de la independencia. El Colegio de Michoacán. p.38.
(5) Ibidem. p. 40.
(6) Ibidem. p. 40.
(7) Ibidem. p. 41.
(8) Ignacio Chávez. “El Padre Hidalgo. Discurso en el Segundo Centenario de su Natalicio”, en Humanismo Médico, Educación y Cultura, tomo II, Editorial el Colegio Nacional, p. 662.
(9) Héctor Aguilar Camín. “La Invención de México”. Nexos, Numero 72, julio 1993, p.4.
(10)Edicto de Abad y Queipo del 8 de octubre de 1810, en 500 años de México en documentos (Documento en Internet).
(11)Jesús Reyes Heroles. “El Liberalismo Mexicano”. Tomo III. La Integración de las Ideas. Fondo de Cultura Económica. p. 542.
(12)Edicto de Abad y Queipo del 8 de octubre de 1810, en 500 Años de México en Documentos (Documento en Internet).
(13)Jesús Reyes Heroles. “El liberalismo Mexicano”. Fondo de Cultura Económica Tomo I p. XI.
(14)Ignacio Chávez. Op. cit. p 666
(15)Andrés Henestrosa. “Héroe de héroes”, en Inmortalidad de Morelos. Colección Conciencia Cívica Nacional, México, 1983. Departamento del Distrito Federal p. 107.
(16)Enrique González Martínez. “Elogio del Héroes”, Ibidem, p. 89
(17)Ana Carolina Ibarra. “Carlos Herrejón, una biografía intelectual”. UNAM. Instituto de Investigaciones Históricas. p. 23.
(18)INEGI. José Ma. Morelos y Pavón. Atlas histórico biográfico, documento en Internet.
(19)Gildardo Magaña. “Emiliano Zapata y el agrarismo en México. INEHRM. pp.72 y 74.
(20)Comisión de Derechos Humanos, Distrito Federal. Gilberto Bosques Saldívar. Documentos Biográficos. Comisión de Derechos Humanos, Distrito Federal. 2010. p. 20.