PLAN KUKULCÁN
MI VOZ
POR: Enrique Romero Razo
El Mundial de fútbol de 2026 no será únicamente el evento deportivo más importante de la década; será, en términos geopolíticos, un escaparate global donde los países anfitriones pondrán a prueba su capacidad organizativa, su estabilidad institucional y, sobre todo, su modelo de seguridad.
Canadá, Estados Unidos y México compartirán la responsabilidad de albergar esta justa. Sin embargo, en el caso mexicano, el desafío trasciende lo logístico: implica consolidar una narrativa de confianza internacional en un contexto donde la percepción de seguridad suele ser objeto de disputa política y mediática.
A raíz de recientes acontecimientos vinculados al combate a generadores de violencia, no tardaron en surgir voces críticas —previsibles y recurrentes— que auguraban un escenario adverso para el turismo internacional. Bajo la lógica del alarmismo, insinuaron cancelaciones masivas y una supuesta incapacidad del Estado mexicano para garantizar condiciones de seguridad adecuadas.
No obstante, esa narrativa fue rápidamente contenida desde el más alto nivel del Estado. La Presidenta Claudia Sheinbaum, en coordinación con el Gabinete de Seguridad, articuló una respuesta clara: la implementación del Plan Kukulcán, una estrategia integral orientada a garantizar la seguridad durante el Mundial.
Este plan no debe entenderse únicamente como un despliegue operativo, sino como un modelo de seguridad multidimensional que combina inteligencia preventiva, presencia territorial, coordinación interinstitucional y uso intensivo de tecnología. Más de cien mil elementos de seguridad, apoyados por aeronaves, drones, binomios caninos y unidades especializadas, conformarán un dispositivo sin precedentes en la historia reciente del país.
Pero el verdadero valor del Plan Kukulcán radica en su enfoque: no se limita a reaccionar ante amenazas, sino que apuesta por la gestión anticipada del riesgo. Esto implica monitoreo constante, análisis de datos en tiempo real y una articulación efectiva entre fuerzas federales, estatales y locales, así como con instancias internacionales.
Se trata, en esencia, de un ejercicio de gobernanza de la seguridad que busca no solo proteger a dignatarios, selecciones y aficionados, sino también proyectar a México como un país capaz de organizar eventos de escala global bajo estándares de seguridad competitivos a nivel internacional.
El Mundial será, así, una prueba de fuego. Pero también una oportunidad: la de consolidar un legado institucional en materia de seguridad pública que trascienda el evento mismo y fortalezca la confianza tanto interna como externa.
Porque más allá del balón y los estadios, lo que estará en juego es la imagen de México ante el mundo.
Y si el Plan Kukulcán cumple —como todo apunta a que lo hará—, no solo se habrá garantizado la seguridad de millones de personas, sino que se habrá dado un paso firme hacia la construcción de un país más sólido, más confiable y con mayor proyección internacional.