Educación popular y resistencia en la Tarahumara
Chihuahua, 8 abril 2026.- Desde que conoció el pensamiento y la práctica de Paulo Freyre, hace casi seis décadas, Pety Guerrero se convirtió en una promotora incansable de esta “pedagogía del sur”. Ella me inició en la aventura freiriana sin fin allá por 1969.
Pety acaba de publicar el libro Donde hubo bosques de colosales pinares, texto forjado en el acompañamiento a comunidades rarámuri y ódame de la Sierra Tarahumara.
Desde el terreno, nos narra críticamente la localización de los procesos globales de despojo y extractivismo de los territorios comunitarios ancestrales y las resistencias que ahí se generan. Un texto apasionado, ágil, que recorre cuatro vertientes:
En la primera vertiente, Pety expone lo que podría llamarse: “Las venas abiertas de la Tarahumara”: el saqueo del principal y más frágil macizo boscoso del norte de México, y las políticas y leyes que lo han propiciado. La contradicción de base entre la visión productivista del bosque y del territorio y la visión indígena del bosque como ser vivo, parte del ser de la comunidad, “la piel del mundo”.
Narra las fases de explotación minera y forestal desde la Colonia hasta el siglo XIX; el despojo de las tierras comunitarias por compañías deslindadoras y ferrocarrileras en el porfiriato; el auge forestal durante el periodo de sustitución de exportaciones; la intensificación del extractivismo minero, maderero, de gasoductos y turístico con los gobiernos neoliberales. La expansión de la economía criminal en la sierra: cultivo de enervantes, tala clandestina, extorsión, control del territorio, desplazamiento forzado.
Todo esto se propicia y refuerza por las políticas gubernamentales para “integrar” o “desarrollar” a los pueblos de la Tarahumara: desde las compañías deslindadoras, la fallida estrategia del Instituto Nacional Indigenista para que los ejidos se dedicaran al aprovechamiento forestal, la creación de la paraestatal Profortarah en 1972, que contribuyó a la merma del bosque y a la restricción de la autonomía de ejidos y comunidades.
La segunda vertiente es una “microfísica del poder” en los ejidos en la Sierra Tarahumara. Un análisis brotado del acompañamiento de Pety y su equipo, fundamentalmente mujeres, a las comunidades indígenas donde se impuso desde arriba la forma de ejido, mezclándolos con “chabochis”, mestizos, despreciando sus formas de propiedad y organización tradicionales.
Desmenuza críticamente los cacicazgos, el control de las asambleas ejidales, las organizaciones corporativas supracomunales impuestas: el Consejo Supremo Tarahumara o la Liga de Comunidades Agrarias; la dominación económica de los transportistas o administradores de la explotación forestal.
Pero en los rescoldos de la explotación siempre nace la resistencia de las comunidades, y es la tercera vertiente del libro: desde las rebeliones del siglo XVII, como la de Teporaka El Hachero, hasta los levantamientos de Baqueachi (1927), la Guerra de los Cabriales (1933) o Humariza (1964).
Rescata Pety las poco conocidas acciones guerrilleras de indígenas que se integraron a la Liga 23 de Septiembre en 1974: Rocoroyvo, Monterde, San Miguel de Orivo.
Narra las numerosas quejas y denuncias de problemas ejidales, de linderos, contra proyectos turísticos en los 80 y 90. Y, por supuesto, la violencia contra los defensores del bosque y otros territorios, que lleva a los asesinatos de Julio, Isidro y Trinidad Baldenegro, Julián Carrillo y Ernesto Rábago, entre otros.
La cuarta y más interesante vertiente es la labor sistemática que algunas organizaciones sociales y grupos eclesiales impulsan para acompañar a las comunidades originarias de la Tarahumara. Pety retoma la acciones de los equipos de la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos (Cosyddhac) y luego de Asesoría Técnica Comunitaria (Contec), desde principios de los años 90 hasta 2011, en 31 comunidades indígenas de la Sierra.
La educación popular es la médula de esta práctica colectiva. Se inspira en Paulo Freyre. Se orienta a la defensa del territorio y del medio ambiente, se funda en tres estrategias: ordenamiento ecológico del territorio, aplicación de los controles básicos al aprovechamiento forestal e impulso a la agricultura y ganadería familiar. Al centro, la economía campesino-indígena en toda su riqueza y complejidad, como parte del ecosistema específico de la Tarahumara.
Es un trabajo que se ha desarrollado reflexionando a partir de la realidad problemática de las asambleas ejidales, del bosque, del territorio comunal, de los proyectos productivos.
También tiene dimensiones técnicas: integrantes de la comunidad aprenden a medir la madera que se corta y vende; desarrollan capacidades administrativas, aprenden a cuidar viveros, se adiestran en varios oficios. Cuando se hace necesario se acompaña a las comunidades en el cabildeo nacional e internacional.
Gracias a este proceso comunitario de aprendizaje y resistencia, se logra rechazar en los años 90 el proyecto de la International Paper Company, promovido por el Banco Mundial. Posteriormente, cuatro de las comunidades apoyadas por Contec deciden terminar con la actividad forestal para recuperar el bosque; otras dos deciden impulsar el aprovechamiento comunitario y sustentable y ordenar los potreros de acuerdo con la legislación agraria. Y varias de ellas siguen resistiendo y denunciando la invasión y despojo de sus territorios, la contaminación por proyectos turísticos, la tala clandestina y el desplazamiento forzado.
Es esta pedagogía de la resistencia, este activismo comunitario desde lo local, la probadita de esperanza que nos regala Pety Guerrero.
*Director de la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos AC