Proteínas Lácteas en el Control de la Obesidad

14 de abril 2026.-Uno de los problemas emergentes que afectan a la población mexicana es el sobrepeso y la obesidad causados por el consumo frecuente de bebidas endulzadas y de alimentos con un alto contenido de grasas y carbohidratos que se almacenan en el organismo en forma de grasa. En las personas cuyo placer por comer rebasa sus necesidades energéticas, el sobrepeso es una condición que se puede revertir con base en una dieta balanceada y la implementación de una rutina de actividad física. En personas propensas al sobrepeso, el ansia por comer puede derivar en obesidad y a su vez en otras enfermedades relacionadas por el aumento de peso (alteraciones gastrointestinales, diabetes, hipertensión, etcétera). En estos casos se requiere de una intervención multidisciplinaria, enfocada en la dieta, el ejercicio, terapia psicológica e incluso el uso de fármacos [1].

Los fármacos utilizados para el tratamiento de la obesidad presentan algunos efectos adversos [2], los cuales afectan la calidad de vida y, por lo tanto, el apego al tratamiento por las personas [2]. Por ello, ha sido preciso evaluar alternativas terapéuticas efectivas que presenten un menor número de efectos indeseables. En este contexto el uso de alimentos o sus componentes para el tratamiento o prevención de enfermedades ha cobrado relevancia en años recientes [3]. La leche de vaca es un alimento rico en proteínas y péptidos que exhiben efectos sobre la ingesta de alimentos [4]. En general, las proteínas y péptidos favorecen la sensación de saciedad gracias a su capacidad de aumentar la liberación de hormonas que reducen el apetito y disminuyen la liberación de hormonas responsables de la sensación del hambre [5].

Sobrepeso y obesidad

Una de las principales características del sobrepeso y la obesidad es la acumulación excesiva de grasa. La obesidad puede aumentar el riesgo de enfermedades como la diabetes tipo 2, padecimientos cardiacos, de los huesos, higiene del sueño, algunos tipos de cáncer y la fertilidad. Para el diagnóstico de sobrepeso y obesidad, se suele calcular el Índice de Masa Corporal (IMC), que se calcula dividiendo el peso en kilogramos entre la estatura en metros al cuadrado. La Organización Mundial de la Salud (OMS), define al sobrepeso como un IMC ≥ 25 kg/m2, mientras que, se considera obesidad con un IMC ≥ 30 kg/m [6]. Por ejemplo, una persona que pesa 80 kg y mide 1.65 m tendría un IMC de 29.4 kg/m2, lo que se clasifica como sobrepeso.

Eje Cerebro-Intestino: la comunicación para el apetito, la saciedad y la satisfacción

Cada proceso de ingestión de alimentos es controlado por hormonas específicas que permiten la comunicación entre el cerebro y el intestino. Esta comunicación implica vías aferentes (del intestino al cerebro; “de abajo hacia arriba”) y vías eferentes (del cerebro al intestino; “de arriba hacia abajo”).

La ingestión de alimentos implica un ciclo de fases que ocurren en forma consecutiva: 1) Hambre: es la sensación fisiológica de malestar por falta de alimento “estómago vacío”; 2) Saciedad: es la sensación placentera del “estómago lleno” tras ingerir alimentos; y 3) Satisfacción o repleción: es el lapso que ocurre tras completarse la saciedad, durante este periodo el hambre fisiológica es suprimida. No obstante, el apetito (deseo consciente de comer “por placer”) puede estar presente pese a la saciedad [7,8]. El delicado equilibrio entre hambre y saciedad depende de la acción de hormonas orexigénicas que estimulan el hambre como la grelina y hormonas anorexigénicas que inducen saciedad como la leptina.

Cuando comemos, el aparato digestivo y el tejido adiposo liberan diversas hormonas que informan al cerebro sobre el estado energético del organismo. El intestino produce señales de saciedad, como el péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1) y el péptido YY, mientras que el tejido adiposo libera leptina, una hormona que ayuda a indicar que las reservas de energía son suficientes. En conjunto, estas señales llegan al hipotálamo, una región cerebral encargada de regular el apetito, y contribuyen a que dejemos de comer [1]. Por el contrario, cuando el estómago está vacío aumenta la liberación de grelina, conocida como la “hormona del hambre”, que estimula la búsqueda de alimento.

En la obesidad este sistema no se interrumpe, sino que pierde sensibilidad. La exposición continua a niveles elevados de leptina y a señales metabólicas asociadas al exceso de energía hace que el cerebro responda cada vez menos a los mensajes de saciedad, un fenómeno comparable a cuando un olor deja de percibirse tras permanecer mucho tiempo en el mismo ambiente. A este proceso se le conoce como resistencia a la señal de saciedad.

Como consecuencia, el cerebro interpreta de forma atenuada la señal de “ya es suficiente” y la persona puede seguir sintiendo hambre incluso después de haber ingerido la energía necesaria. Al mismo tiempo, las señales que estimulan el apetito, como la grelina, también pueden alterarse y favorecer la sensación de estómago vacío.

Tratamiento de la obesidad

El objetivo principal del tratamiento de la obesidad es mejorar la salud general y la calidad de vida de las personas con cambios sostenibles, es decir a largo plazo, y consta de 4 pilares importantes: 1) Plan de alimentación saludable; 2) Actividad física regular; 3) Modificación de hábitos y conductas alimentarias negativas; y 4) Tratamiento farmacológico [6]. 

Los tratamientos farmacológicos actuales para la obesidad grado II y III buscan disminuir la ingesta de alimentos por tres vías principales: reducir el apetito, limitar la absorción de grasas en el intestino y aumentar la sensación de saciedad [2]. Las mismas señales biológicas que controlan el hambre también participan en otros procesos del organismo, como la regulación hormonal y metabólica. Por ello, pueden presentarse efectos secundarios tras el uso de los tratamientos farmacológicos. En el caso de los fármacos que actúan a nivel central las alteraciones pueden ser neuropsiquiátricas y cardiovasculares, mientras que los fármacos que reducen la absorción de lípidos suelen afectar al sistema gastrointestinal. En conjunto, las acciones colaterales de los fármacos alteran la salud y la calidad de vida de las personas con obesidad.

Alternativas al tratamiento farmacológico de la obesidad: la leche de vaca y sus proteínas

Los efectos adversos de los fármacos empleados para tratar la obesidad destacan la importancia de buscar alternativas, enfocadas en los procesos biológicos involucrados en las vías que regulan la ingesta de alimentos y que puedan presentar un menor número de efectos adversos. La leche de vaca puede resultar una opción prometedora para complementar la acción farmacológica en el tratamiento de la obesidad. La leche de vaca está compuesta por agua, grasa, lactosa y minerales esenciales (calcio, fósforo, zinc, magnesio), además de proteínas de alto valor biológico como la caseína y las proteínas del suero.

La caseína representa aproximadamente el 80% de las proteínas de la leche. El suero de leche contiene el 20% restante de proteínas de alto valor nutricional, este líquido puede obtenerse en los procesos de elaboración del queso. Las proteínas del suero de leche son ampliamente utilizadas en la industria alimentaria y farmacéutica, debido a sus beneficios para la salud. En esas proteínas se han encontrado efectos como antimicrobianos, antinflamatorios, antioxidantes, antihipertensivos, antidiabéticos y reguladores del apetito.

Los efectos reguladores de las proteínas de la leche sobre el apetito se atribuyen a la capacidad de aumentar la secreción de hormonas anorexigénicas (inductoras de la saciedad), lo que controla la ingesta calórica. Además, pueden retrasar el vaciamiento gástrico y prolongar la sensación de saciedad con ayuda de la secreción de sales biliares [4,9,10]. Durante la digestión estas proteínas pueden descomponerse en péptidos, los cuales exhiben acciones reguladoras en el metabolismo, generando acciones benéficas para la salud. Así, estos péptidos y proteínas ejercen efectos terapéuticos sobre el síndrome metabólico que conlleva obesidad en combinación con la presión arterial elevada, el aumento de los niveles de triglicéridos y glucosa.

Investigaciones en personas con obesidad han demostrado que el consumo de proteínas lácteas, como el suero y la caseína, puede influir positivamente en la regulación del apetito y el metabolismo. En general, se ha observado que estas proteínas aumentan la sensación de saciedad, retrasan el vaciamiento gástrico, reducen la ingesta calórica y favorecen la pérdida de peso, tanto en personas con peso normal como en aquellas con sobrepeso u obesidad. También se ha reportado un incremento en el gasto energético, mejoras en el control glucémico y una respuesta favorable en la composición corporal 

No debe confundirse la suplementación con proteínas lácteas con el consumo de leche entera, ya que esta última contiene compuestos como la lactosa que no todas las personas toleran adecuadamente, además de un contenido calórico elevado por su proporción de grasas y carbohidratos, lo cual puede favorecer el aumento de peso. Actualmente, existen muchos productos nutracéuticos que se comercializan y contienen estas proteínas o péptidos purificados para su uso como suplemento alimenticio.

Conclusión

La incorporación de proteínas lácteas en la alimentación puede ser una estrategia útil para favorecer el control del apetito y contribuir al manejo del peso corporal, particularmente en personas que padecen sobrepeso y obesidad. Es fundamental señalar que este tipo de intervenciones deben formar parte de un enfoque integral, coordinado por un especialista de la salud, y debe incluir una alimentación equilibrada y la reducción del sedentarismo, con el fin de prevenir el sobrepeso y la obesidad, problemas que representan un serio reto de salud pública en nuestro país.

Referencias

[1] Heymsfield SB, Wadden TA (2017) Mechanisms, pathophysiology, and management of obesity. N Engl J Med, 376(3), 254–266.

[2] Jin X, Qiu T, Li L, Yu R, Chen X, Li C, Proud CG, Jiang T (2023) Pathophysiology of obesity and its associated diseases. Acta Pharm Sin B, 13(6), 2403–2424.

[3] Kalra EK (2003) Nutraceutical—definition and introduction. AAPS PharmSci, 5(3), 27–28.

[4] Abdisa KB, Szerdahelyi E, Molnár MA, Friedrich L, Lakner Z, Koris A, Toth A, Nath A (2024) Metabolic syndrome and biotherapeutic activity of dairy (cow and buffalo) milk proteins and peptides: fast food-induced obesity perspective—A narrative review. Biomolecules, 14(4).

[5] Anderson H, Luhovyy B, Akhavan T, Panahi S (2011) Milk proteins in the regulation of body weight, satiety, food intake and glycemia. Nestle Nutr Workshop Ser Pediatr Program, 67, 147–159.

[6] Organización Mundial de la Salud (2025) Obesidad y sobrepeso. Organización Mundial de la Salud.

[7] Cifuentes L, Acosta A (2022) Homeostatic regulation of food intake. Clin Res Hepatol Gastroenterol, 46(2), 101794.

[8] Lowe MR, Butryn ML (2007) Hedonic hunger: A new dimension of appetite? Physiol Behav, 91(4), 432–439.

[9] Mignone LE (2015) Whey protein: The “whey” forward for treatment of type 2 diabetes? World J Diabetes, 6(14), 1274.

[10] Cordover E, Minden A (2020) Signaling pathways downstream to receptor tyrosine kinases: targets for cancer treatment. J Cancer Metastasis Treat, 6.