La factura siempre llega: por qué invertir poco en educación es un riesgo fiscal, no un ahorro

Washington, 2 junio 2026.- La inversión insuficiente en educación no es un problema del futuro. Es un problema de hoy, porque afecta la productividad y tiene consecuencias negativas para el crecimiento económico y la solidez fiscal de los países a lo largo del tiempo. Los gobiernos necesitan cambiar su enfoque frente a la educación y considerarla como un pilar fundamental de su estrategia para lograr un crecimiento económico sostenido y equilibrios fiscales.

La situación en América Latina y el Caribe (ALC) es preocupante. La mayoría de quienes se incorporan al mercado laboral tienen una educación limitada. Por ejemplo, solo el 19% de los jóvenes de la región termina la secundaria con competencias mínimas en matemáticas. Para los jóvenes de bajos ingresos, esa cifra es del 5%.

Otro desafío es la creciente necesidad de reentrenamiento, ya que la adopción tecnológica transformará el mundo del trabajo. Para 2030, el 87% de la fuerza laboral de la región estará compuesta por personas que ya trabajan hoy (no están en la escuela ni en la universidad, ya están en el mercado laboral), y la mayoría tiene poco o ningún acceso a programas de recapacitación.

Hay tanto un argumento económico como uno fiscal para invertir en educación

El argumento económico: más de la mitad de las empresas líderes en ALC identifican las brechas de habilidades como su principal obstáculo para la transformación, por encima del acceso al financiamiento o la carga regulatoria. Esto señala un problema más profundo: la cadena de talento de la región no está funcionando y está frenando la inversión, la productividad y el crecimiento. Para prosperar, las empresas necesitan acumulación de capital humano que eleve la productividad laboral, permita la adopción tecnológica e impulse la innovación. No se trata de un argumento blando; es fundamental para la competitividad. Estos son los motores mediante los cuales los países escapan de la trampa del ingreso medio y alcanzan una prosperidad sostenida.

El argumento fiscal es igual de sólido, pero a menudo se pasa por alto: recortar el gasto en educación puede ayudar a equilibrar los presupuestos en el corto plazo, pero socava la sostenibilidad a largo plazo al posponer costos que solo crecen con el tiempo. Cuanto menos educada y calificada es la fuerza laboral, mayor es el desempleo y la informalidad, lo que reduce la base tributaria al tiempo que aumenta la demanda de sistemas de protección social, salud y seguridad.

El resultado es un doble golpe fiscal: menos ingresos para las arcas públicas y mayor gasto en servicios sociales. Esa presión fiscal, diferida, acumulada y distribuida entre varios ministerios, resulta en última instancia más costosa de gestionar que la inversión original en educación.

Necesitamos romper el mito del “solo a largo plazo”

Una de las narrativas más perjudiciales en la política educativa es que las reformas solo arrojan resultados después de décadas. Esto lleva a los gobiernos y ministerios de finanzas a relegar la educación en los ciclos presupuestarios, y a los políticos a evitar reformas cuyos beneficios no verán durante sus mandatos.

La evidencia cuenta una historia diferente. Las reformas educativas estratégicas pueden producir mejoras medibles en los resultados de aprendizaje en un plazo de tres a siete años, perfectamente dentro de los ciclos políticos y presupuestarios. En ALC y en el mundo, países y sistemas subnacionales han logrado mejoras equivalentes a uno o dos años adicionales de escolaridad en ese plazo. Brasil, Chile, Ecuador, Perú, Polonia, Portugal, Londres, Ontario, Pernambuco, Puebla, Sobral, Teresina y Washington D.C. no son casos excepcionales. Son replicables, y sabemos qué los impulsa.

Hacer el caso requiere más que argumentos: requiere datos y confianza

El progreso más eficaz en el financiamiento de la educación ocurre cuando dos factores se combinan: credibilidad y responsabilidad compartida.

Los ministros de educación dicen: “muéstrame el dinero.” Los ministerios de finanzas responden: “muéstrame los números.” Con demasiada frecuencia, los ministros de educación no tienen esos números a mano. Invertir en sistemas de datos que muestren dónde están las brechas, qué dice la evidencia que funciona y cuál es el retorno sobre la inversión no es un detalle técnico. Es el punto de partida para una conversación productiva.

Igual de importante es construir un genuino sentido de responsabilidad compartida. Los momentos más productivos son aquellos en que finanzas y educación se alinean en torno a un principio simple: tú pones de tu parte, y yo pongo de la mía. Eso significa que los ministerios de educación atiendan las ineficiencias y que los ministerios de finanzas reinviertan esos ahorros y amplíen la inversión.

Construir un sistema de datos integrado

Para alcanzar consensos, los gobiernos necesitan construir sistemas de datos integrados para que los ministerios de finanzas y educación trabajen con los mismos números y puedan modelar juntos los retornos fiscales y económicos a largo plazo de la inversión educativa.

Esto incluye diseñar fórmulas de financiamiento basadas en necesidades, marcos de aseguramiento de la calidad y sistemas de desarrollo docente que demuestren a los ministerios de finanzas y a la ciudadanía que los recursos se están utilizando bien. También significa incorporar al sector privado en la conversación, tanto como agente como en su calidad de actor con un interés económico directo en la calidad de la cadena de talento.

Lo más importante es que los líderes educativos articulen con claridad el argumento de invertir en educación como motor de la sostenibilidad fiscal y los retornos económicos, y no solo como una cuestión de derechos humanos y justicia social, por críticos que estos sean.

La factura por invertir poco en educación siempre llega. La única pregunta es cuándo llegará, qué tan grande será y quién la pagará. Los países que alcancen la sostenibilidad fiscal en las próximas dos décadas no serán los que protegieron sus presupuestos manteniendo plano el gasto en educación. Serán los que invirtieron estratégicamente en capital humano y construyeron las instituciones que aseguraron que esas inversiones dieran resultados.

Para profundizar en cómo optimizar estos recursos, los invito a descargar la publicación del BID Gasto Inteligente en educación escolar en América Latina y el Caribe, que ofrece una hoja de ruta clara para nuestra región.