Cristeros contra maestros

Por: José M. Murià

Nuestra generación creció en un ambiente en el que la figura del maestro era muy respetada, quizá porque entonces sobrevivían muchos rescoldos y vívidos recuerdos de aquella heroica escuela rural mexicana que, con penurias y limitaciones extremas, realizó un gran esfuerzo por llevar las primeras letras y las operaciones aritméticas fundamentales a rincones de insospechada marginación y abandono. Eran tiempos que recibían ilusionados la construcción de un plantel y la llegada de los correspondientes mentores.

Fueron tiempos en que México concretó grandes esfuerzos educativos que dieron pie al llamado “milagro” en el que nuestro país alcanzó niveles de crecimiento nunca vistos.

En cambio, ahora, que en la mayor parte del país las escuelas no faltan ni los profesores tampoco y que la profesión docente se ha burocratizado y, en general, hemos perdido la mística de que educando engrandecíamos a la patria, incluso se ha puesto de moda el vituperio de los maestros y el menosprecio por su quehacer cotidiano.

Pasamos por dos sexenios de enemigos de la educación laica y popular establecida por nuestra Constitución y nos tocó incluso que las autoridades en materia educativa vituperen al gremio magisterial en su conjunto.

No negamos que se puedan encontrar muchos ejemplos que les den la razón, pero quienes hemos vivido inmersos en la docencia pública casi toda nuestra vida profesional o al menos hemos estado muy cerca de ella y conocemos bien el terreno, por cada ejemplo nocivo que se nos pone al frente, nos faltan dedos para mencionar a mentores verdaderamente admirables y venerables, todavía hechos para una gran entrega y recio compromiso educativo y social.

Otra variable que nos ha traído “el cambio” que se produjo en el año 2000, al que Jalisco se adelantó todo un lustro, que en el fondo conservó intacto el deterioro socioeconómico de la sociedad y cada vez se ha puesto más al servicio de unos pocos el creciente y evidente deterioro de las mayorías, fue el rescate de aquel movimiento denominado “cristero” de los últimos años 20 y principios de los 30, que en muchos sentidos significó una intentona de anular conquistas revolucionarias y de que se recuperara lo que había menguado de la fuerza del clero con el advenimiento de las Leyes de Reforma y del Estado liberal mexicano.

En tiempos recientes, hemos visto contra los maestros el mismo vituperio de los años 30. A algunos de aquellos profesores tuvimos el privilegio de conocerlos y admirarlos inclusive aún dentro del aula y después, lo que es peor, nos tocó ver que se justifiquen las agresiones de que fueron víctimas en aquel tiempo. Parece ser que se regresa a la época en que, aun desde el púlpito, se defendía el derecho de matar.

A manera de ejemplo podríamos recordar el empeño cardenalicio por emprender un proceso de canonización masiva que culminó el 21 de mayo de 2000. Fueron 26 los nuevos santos, 19 de los cuales eran oriundos de la misma arquidiócesis de Guadalajara que ahora es pastoreada por Juan Sandoval Íñiguez. Es éste el mismo prelado que emprendió la construcción del gigantesco Santuario de los Mártires que, en 2008, se vio beneficiado con la famosa “macrolimosna” del gobierno de Jalisco, con la cual se ganó a pulso el jefe del Poder Ejecutivo del estado el mote de Góber piadoso.

El 20 de noviembre de 2005, no sé si para hacer mofa de la Revolución Mexicana o para honrar la memoria del dictador español Francisco Franco, fallecido el mismo día 30 años antes y uno de los hombres que más crímenes cometió con la bendición de la Iglesia católica, fueron beatificados 13 laicos por su “sacrificio” pro cristero, nueve de los cuales eran oriundos del mismo arzobispado.

Todo gira en torno a una época que va desde 1927 hasta por lo menos 1940, en la que la historia de la educación de Jalisco está bañada por mucha sangre, especialmente cuando no se piensa en los altos jerarcas, los planes de estudio y las gestas urbanas, y se fija la vista en quienes salieron a las trincheras rurales en aras de sus ideales de mejor educación para niños y jóvenes mexicanos.

A muchos maestros revolucionarios y posrevolucionarios, abanderados de la educación oficializada por la Constitución, les tocaron situaciones muy difíciles de resistencia e intolerancia, popular y oficial, azuzada siempre por algún tentáculo de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Excusas no faltaron para las agresiones. Primero, la aprobación del dichoso artículo tercero y la entronización del laicismo: aquí el acoso fue con amenazas de excomunión, boicot y demás acciones pacíficas, pero después, en plena Guerra Cristera, supuestamente en defensa de la religión, menudearon las escuelas quemadas y los maestros acosados y agredidos; finalmente las razones serían la educación sexual, la coeducación, el reparto agrario, la creación de escuelas Artículo 123 y la escuela llamada socialista. Aquí las agresiones fueron mayores…

Con frecuencia se esgrimió la idea de que los crímenes habían sido perpetrados por delincuentes del orden común: salteadores y gavilleros. Puede que haya sido así en algunos casos, aunque los beneficios económicos que pudieran haberles dejado los acometidos son verdaderamente escuálidos y muy poco atractivos, pero ahora tenemos claro que las manos instigadoras y alentadoras de tales actos estaban muy cerca del agua bendita y, por más de una vía, contaban con la aquiescencia y de plano hasta el patrocinio y la bendición de la jerarquía eclesial.