El arte como herramienta contra la violencia
- Impulsa proyectos de formación, mediación y creación artística para fortalecer la convivencia, gestionar conflictos y generar metodologías comunitarias replicables dentro y fuera de la UNAM
30 junio 2026.-En una ciudad atravesada por violencias visibles e invisibles, el Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT) ha hecho del arte algo más que una programación cultural: lo ha convertido en una herramienta de intervención social. Desde 2018, bajo el impulso de Paola Zavala, abogada, activista y gestora cultural, además de subdirectora de Vinculación y Comunidades del CCUT, los Laboratorios de Paz se han consolidado como uno de los primeros programas universitarios y públicos en México dedicados de manera sistemática a pensar y practicar la cultura de paz desde distintas ramas: formación, mediación, exposiciones y programa público.
En lugar de entender la paz como una consigna abstracta, los Laboratorios la abordan como una práctica cotidiana que puede aprenderse, ensayarse y compartirse. Su punto de partida es claro: responder a la violencia por medio de actividades artísticas, el intercambio de saberes, la gestión cultural comunitaria y la construcción de vínculos entre la UNAM y distintas comunidades. La idea es generar diálogos horizontales que permitan imaginar formas de protección, dignidad y convivencia.
“Trabajamos básicamente en cuatro ejes en los Laboratorios de Paz: formación, mediación, exposiciones y programa público”, explicó Zavala. En el primer eje destaca el diplomado Arte, Paz y Territorio, que prepara ya su tercera edición. Se trata de un programa digital pensado para ampliar el alcance de la Universidad hacia territorios con altos índices de criminalidad y violencia. Su público son gestores culturales, artistas, activistas y actores sociales interesados en desarrollar proyectos de construcción de paz a través del arte.
Para la abogada, el trabajo artístico tiene dos pilares: la gestión emocional y la incidencia comunitaria. El arte, dijo, puede convertirse en un espacio para aprender a gestionar conflictos, fortalecer habilidades cognitivas y tejer redes de apoyo. No se trata de imaginar una sociedad sin conflictos, sino de ofrecer herramientas para enfrentarlos sin que desemboquen necesariamente en violencia. En ese sentido, los Laboratorios buscan formar personas que puedan actuar en sus propios territorios con metodologías replicables.
“Estamos haciendo un poco ciencia social de la prevención”, afirmó Zavala. Esa frase define una de las ambiciones más importantes del programa: medir, sistematizar y compartir conocimientos. La Unidad de Vinculación Artística, conocida como La UVA, ofrece alrededor de 60 talleres cada semestre, y sus talleristas han sido formados para incorporar en sus clases herramientas de gestión emocional. Así, una clase de guitarra, salsa, pilates o robótica puede convertirse también en un espacio para detonar habilidades cognitivas, convivencia y autocuidado.
Uno de los proyectos más delicados ocurre en prisiones de Ciudad de México, donde los Laboratorios trabajan con hombres privados de la libertad a través de talleres de dibujo y pintura. Las sesiones incorporan meditación, ejercicios de observación y actividades orientadas a estimular funciones ejecutivas de la corteza prefrontal.
A partir de pruebas psicométricas, el equipo identificó que buena parte de la población participante requiere trabajar memoria de trabajo y capacidad para anticipar consecuencias. El objetivo, agregó, es generar metodologías que puedan replicarse no sólo en cárceles, sino también en otros contextos educativos y comunitarios.
“Buscamos que se exponga arte de calidad”, subrayó la gestora al hablar del eje expositivo. El CCUT cuenta con un “Espacio Excéntrico”, llamado así porque no está en los circuitos centrales del arte y porque quienes lo habitan no suelen aparecer en las salas de exposición. Ahí han trabajado con personas en situación de calle, trabajadoras sexuales, personas privadas de la libertad, madres buscadoras e infancias. El propósito es abrir un diálogo estético y político desde voces que rara vez ocupan el lugar de autoras.
La exposición Vivencias y disidencias, realizada con trabajadoras sexuales, es un ejemplo. Después de un taller de fotografía, ellas mismas eligieron sus núcleos temáticos: cuerpo, territorio, afectos y otros campos de experiencia. Lo importante, relató, fue que no aparecieran fotografiadas por alguien externo, sino que mostraran lo que ellas querían mostrar. En el apartado de afectos, muchas retrataron a sus mascotas, una imagen inesperada que desplazó estereotipos y permitió mirar su vida desde otro ángulo.
“Es brutal el tema de la identidad, de llamarles artistas”, sostuvo Zavala. En esa frase se condensa una de las operaciones más poderosas de los Laboratorios: permitir que alguien deje de ser leído sólo como víctima, victimario, persona en calle o sujeto vulnerable, y pueda ocupar otro lugar simbólico. Para la activista, quien gestiona un centro cultural tiene también una “varita” institucional: la capacidad de abrir puertas, legitimar presencias y discutir quién puede ser considerado artista.
La mediación educativa extiende ese gesto hacia públicos en exclusión, especialmente niñas y niños en situación de calle o pobreza extrema. El reto no es únicamente llevarlos al museo, sino modificar la manera en que la institución los recibe. Para Zavala, tomarse en serio el acceso al arte implica asumir que no basta con decir que un espacio no discrimina: hacen falta acciones afirmativas, esfuerzo institucional y una hospitalidad real. Además, el equipo de mediación trabaja en preparatorias de la UNAM con talleres sobre democracia, construcción de paz y movimientos sociales.
“El arte tiene un rol fundamental en la construcción de paz”, sostiene la gestora. El programa público confirma esa convicción con actividades como encuentros de mujeres cada 8M, ciclos de cine, conversaciones y proyectos dirigidos a juventudes. Uno de ellos fue Hip Hop por la Paz, un concurso de rap y break dance en el que las piezas giraban en torno a mensajes pacíficos. La cultura urbana, entendida así, se muestra como un lenguaje legítimo para discutir ciudadanía, violencia y comunidad.
El horizonte de los Laboratorios de Paz es ambicioso: producir metodologías, publicarlas, ponerlas a circular y lograr que otros centros culturales, universidades, galerías y comunidades las adapten. “No solo son las actividades que hacemos con nuestros propios públicos”, resume Zavala, “es la apuesta para escalar un modelo en el que el arte sí sea una herramienta eficaz para detonar procesos de paz en las comunidades”.