“Canta y No Llores”, para México terminó el Mundial, pero el negocio sigue vivo

CIUDAD PERDIDA

Por: Miguel Ángel Velázquez

No, no se trata de echar por la borda el trabajo de muchos, pero el alma de esto que alguna vez fue una justa deportiva se llamó México, y si me apuran: Paseo de la Reforma.

Sin violencia, pero con una tristeza que inundaba las calles de la Zona Rosa, de la Roma y la Condesa, las pacíficas hordas deambulaban como sin rumbo, confundidas por la traición de un juego al que apostaron su felicidad, aunque fuera momentánea y perdieron en el día del mejor esfuerzo.

Por las calles donde algunas noches antes habían gritado y se habían sentido los reyes del mundo caminaban con un paso pesado, parecía que se les había acabado el brinco, parecía como si fueran condenados camino al cadalso.

A las 14:22 horas el cielo empezó a vaciarse. Eran gotas gruesas que amenazaban con asustar a los fanáticos mexicanos que ya habían dado pruebas –en dos ocasiones anteriores–, de que nada los obligaría a abandonar lo que es suyo, lo que como nunca, ahora es suyo: el Ángel de la Independencia.

Y llegaron cuando los trabajadores que instalaron algunas de las pantallas gigantes, a eso de las 5 de la mañana, dejaban el mítico Paseo de la Reforma. Y de ahí nadie, ni la lluvia ni nada los haría abandonar el lugar de sus risas y sus cantos, de sus odios y sus amores.

Un hombre decidió que los niños necesitaban algo más que paciencia para esperar el México-Inglaterra y llevó piñatas que de alguna manera colgó en las calles de Londres, casi a la entrada del Paseo de la Reforma, y organizó un festín, que juntó chamacos de todas partes para quebrar cinco figuras, ahora hechas de cartón –ya no ollas de barro, como las de antes–, se comentaba en una de las mesas de la cantina La Número Uno, de Toño Alonso, donde el triunfo o la derrota ya no eran importantes, la diversión había empezado dos horas antes y todo indicaba que terminaría en el último minuto que permiten las autoridades mantener en servicio el lugar.

Pero sí, en apenas dos minutos todo se derrumbó, y aunque hubo momentos de resuello cuando llego el primer gol para México y luego un segundo que levantó el “sí se puede”, que esta vez no alcanzó para igualar la marca de muerte que infligieron los verdugos, algo en el ambiente iba ahogando la euforia que se apagaba poco a poco.

No había mucho que decir. Algunos recordaban con gesto agrio aquel flagelo con el que se acostumbraba a golpear a los jugadores de la selección nacional si el resultado era adverso: “jugaron como nunca y perdieron como siempre”.

En fin, México demostró no sólo que puede hacer muy buen futbol, sino que sabe, como decía Quirino Mendoza, el de Xochimilco, que remediaba la tragedia con un: “canta y no llores”, y además demostró, aunque nadie lo crea, civilidad. Más de un millón que festejaron el triunfo de México sobre Ecuador bailaron y gritaron, pero no rompieron un solo vidrio, no fueron presas de la violencia. En México la noche de anoche se terminó el Mundial, aunque el negocio siga vivo.

De pasadita

Hay sorpresas que empezarán a llamar nuestra atención a partir de hoy. Seguramente, a las lamentaciones por la descalificación en el Mundial de Futbol que sufrió nuestro país, todo, vendrán medidas y revelaciones que no se esperaban, pero son necesarias.

Mucho queda por andar, mucho por decir. Sí, es muy posible que la euforia futbolera ya no desvíe la atención a muchos problemas que aún no tienen solución, pero para los que ya se halló, eso nos dicen, un buen remedio. Que sea para bien.

cd_perdida@jornada.com.mx