El capitalismo que fabrica propietarios, no empresarios
Por: José Romero
Durante 40 años, México discutió el tamaño del Estado. La izquierda defendió la intervención; la derecha, la apertura y la privatización. Ambas esquivaron la pregunta decisiva: ¿qué tipo de capitalistas fabricaba el Estado mexicano?
México no fracasó en producir empresarios: produjo el tipo que su sistema premiaba. Mientras otros países usaron el apoyo público para obligar a aprender, innovar y competir, aquí se abrió una ruta más segura: adquirir activos construidos y convertir decisiones públicas en fortunas privadas.
En 1987, Taiwán ayudó a crear TSMC: transfirió tecnología, plantas pilotos y personal formado con recursos públicos, pero no una industria madura ni consumidores cautivos. La empresa sólo sobreviviría innovando y consiguiendo clientes. Taiwán socializó el riesgo de crear el futuro.
Tres años después, México privatizó Telmex. Entregó una red nacional pagada, millones de usuarios y una concesión que preservó durante años el monopolio de larga distancia. México privatizó el rendimiento del pasado. Ésa fue la diferencia entre fabricar empresas y fabricar propietarios.
Bancos, ferrocarriles, minas y canales de televisión pasaron a grupos privados. Varias empresas mejoraron; negarlo sería falso. Pero administrar mejor un activo heredado no equivale a crear la oportunidad que produjo el salto patrimonial.
La banca resume la lógica. El Estado vendió un sistema concentrado, protegió a los compradores, absorbió el colapso mediante el rescate y permitió su extranjerización. La ganancia fue privada; el riesgo regresó al erario. No fue ausencia de Estado, sino intervención para transferir patrimonio y socializar pérdidas.
La corrupción agravó el proceso, pero no lo explica todo. Corea, Taiwán, China y Estados Unidos también conocieron favoritismo. La diferencia fue lo exigido a cambio. En Corea, la cercanía podía abrir el crédito, pero no exportaba por la empresa. En Taiwán, el Estado transfería tecnología, pero no conseguía clientes por TSMC. En México, demasiadas veces la posición privilegiada fue la fuente misma de la rentabilidad.
Es insuficiente culpar a empresarios codiciosos. El sistema no castigó el talento: lo orientó. William Baumol explicó que las sociedades obtienen el tipo de empresarios que recompensan. Si innovar ofrece el mayor rendimiento, aparecen innovadores. Si controlar concesiones, contratos o barreras regulatorias es más rentable, la inteligencia empresarial se especializa en proteger posiciones. Un capitalismo obtiene los empresarios que paga.
La escasa inversión privada en investigación y desarrollo es la firma del modelo. México no sólo gasta poco en ciencia, sus empresas financian una parte mínima. En las economías innovadoras, el capital privado sostiene laboratorios e ingeniería porque necesita conocimiento. Aquí, buena parte del gran capital creció sin generarlo. ¿Para qué arriesgar durante años en una tecnología incierta si una concesión ofrece rendimientos previsibles?
México presume exportaciones sofisticadas: automóviles, electrónicos, equipo aeroespacial y dispositivos médicos. Pero diseño, patentes, software y decisiones estratégicas suelen permanecer fuera. Exportamos complejidad sin controlarla. Producimos dentro de las cadenas de otros, pero no construimos las propias.
En la base ocurre la tragedia inversa. Millones trabajan por cuenta propia sin crédito ni tecnología. Arriba dominan pocos conglomerados, en medio hay una escalera rota. Al pequeño se le exige heroísmo. Al grande se le ofrecen infraestructura, contratos y rescates. El fracaso del primero es privado, el del segundo puede volverse nacional.
La izquierda protegió sin disciplinar. La derecha abrió sin construir. El viejo modelo entregó mercados cautivos sin exigir productividad, el nuevo transfirió activos y abrió la economía sin crear empresas nacionales capaces de dominar tecnología. Cambiaron los discursos, pero no la indulgencia frente al gran capital. Unos repartieron protección; otros, patrimonio. Ninguno impuso la obligación de aprender.
El resultado: millones de emprendedores, unas cuantas fortunas gigantescas y muy pocas empresas nacionales capaces de disputar la frontera tecnológica. No es una falla accidental, sino una estructura que remunera mejor la apropiación que la creación.
México construyó un capitalismo racional para la cúspide y estéril para el país. Mientras controlar activos existentes sea más rentable que crear capacidades nuevas, seguiremos fabricando propietarios, concesionarios y administradores de rentas. Mientras acercarse al poder siga siendo más seguro que acercarse al laboratorio, México seguirá produciendo fortunas: lo que no producirá es desarrollo.
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