Aprender de los errores
Por: Rolando Cordera Campos
“Una decisión que parecía correcta, pero cuyas consecuencias no fueron suficientemente previstas, colocó a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en un callejón sin salidas satisfactorias para todos”, escribió Raúl Trejo (“UNAM: examen, fraude e inteligencia artificial”, Nexos, 28/7/26), y agregó: “Ahora la UNAM tiene la oportunidad de convertir este tropiezo en aprendizaje. No se trata de renunciar a la tecnología (…) La Universidad tiene que esclarecer la dimensión de las trampas y explicar cuánto influyeron en los resultados (…) Será necesario identificar fallas en los mecanismos de vigilancia y supervisión, así como evaluar el desempeño de la empresa contratada y de los funcionarios universitarios a cargo de esas tareas”.
Comparto con Trejo la necesidad –la legítima exigencia– de esclarecer el asunto, porque no es lo mismo el uso de tecnología que la contratación de un servicio; tampoco la necesidad de contar con procesos de selección que ampliar la matrícula o querer equiparar omisiones y errores humanos con chapucerías.
Desde luego que no es un buen momento para la Universidad y sus comunidades, pero tampoco lo es para la sociedad desde la cual se dispararon absurdas campañas, juicios sumarios, contra el rector Leonardo Lomelí Vanegas y algunos de sus colaboradores. Este lamentable hecho, configurado por mentalidades patológicas, así como delictivas, debería llevarnos a cuestionar con rigor y seriedad, sin oportunismos ni demagogia, temas centrales que nos competen a todos, desde luego a los universitarios, pero también al Estado y a la sociedad en su conjunto: el de la educación pública y de las universidades, los métodos de selección, la matrícula, así como la conveniencia de formar un sistema nacional de universidades –por cierto, planteado en otras ocasiones–.
Un tema no menor, en cuyo abordaje debe hacer punta nuestra UNAM, de la mano con el resto de las universidades públicas mexicanas, es el de la juventud y sus diversas y agudas problemáticas. Su salud mental y capacidades preventivas, sus accesos a la cultura y el festejo, en fin, sus maneras de entender y acercarse a la construcción de comunidad y sociedad, donde anidan muchos de las graves amenazas a la salud pública de México y los mexicanos.
El compromiso de los universitarios debe partir de un reconocimiento diáfano de su papel en la sociedad y con la cultura y los conocimientos. Si entráramos en arenas deliberativas como las sugeridas, descubriríamos pronto que la sustancia de nuestro quehacer se define con la educación y con la vida en la universidad. De aquí la exigencia a ser responsables, (auto)críticos, inflexibles con la obligatoriedad de la deliberación y el respeto a los demás, sabiendo que una colectividad que acepta la rutina y la inercia o la trampa como modo de vida contribuye a la desintegración de la comunidad y de sus propias personalidades en formación. “La UNAM (…) no podía convalidar el intento de engaño, que además afectaba a no pocos cientos (quizá miles) de estudiantes que habían actuado de buena fe. Cualquier opción (…) causaría malestar entre algunos”, opina José Woldenberg, “pero era absolutamente necesario poner de pie lo que algunos quisieron colocar de cabeza” (“UNAM: el toro por los cuernos”, El Universal, 4/8/26).
Si bien lo que importa ahora es que las irregularidades –de todo tipo y calibre– presentadas en la aplicación del examen sean esclarecidas con prontitud y seriedad, no se puede ocultar que han sacado a flote asuntos centrales. Es una enérgica llamada de atención que debe abrir un debate para recuperar la confianza, no sólo en los procesos de admisión, sino entre nosotros, en el compromiso con la educación, la cultura y su cultivo.