Caminos de Michoacán y huellas de dinosaurios*
- Alguna vez cazaron, vivieron, evolucionaron y transitaron en ellos.
- Los hubo en muchas regiones de lo que hoy es nuestro país, aunque hace millones de años todavía no cobraba su forma actual
Son seres antiguos, feroces, gigantescos o extravagantes, pero sobre todo extranjeros. Seguro que en México no vivieron dinosaurios como el tiranosaurio, el velocirraptor o el estegosaurio, ¿no? Pues resulta que sí hubo dinosaurios en muchas regiones de lo que hoy es este país, aunque hace millones de años aún no cobraba su forma actual. Estas especies no son menos interesantes que las que vemos todos los días en las películas y los cómics. Vamos a conocer algunas, pero antes un breve paréntesis.
¿Qué son?
El término dinosaurio fue acuñado en 1842 por el naturalista inglés Richard Owen para denominar a tres grandes reptiles extintos de Inglaterra: el Megalosaurus, un gran carnívoro de nueve metros de largo, el Iguanodon, un herbívoro de cerca de 10 metros de largo, y el acorazado Hyleosaurus, de cuatro metros de largo. Las extremidades de estos reptiles estaban situadas bajo su cuerpo, lo que les daba una postura parecida a la de los mamíferos y los separaba de otros reptiles, como los cocodrilos y las lagartijas, cuyas patas sobresalen a los lados del cuerpo.
En 1856 se descubrieron en Estados Unidos los primeros restos de dinosaurio del continente americano, sobre todo fragmentos de dientes de tiranosaurios, troodontes y hadrosaurios, también llamados dinosaurios pico de pato. Esto desató una “fiebre de fósiles” durante la que se hallaron importantes yacimientos que siguen dando frutos. Se encontró el acorazado estegosaurio, con grandes placas en forma de rombo en el lomo, el enorme apatosaurio de cuello largo y el temible alosaurio, uno de los carnívoros más grandes de América del Norte. Todos compartían rasgos con los dinosaurios ingleses y, hoy lo sabemos, con dinosaurios del planeta entero: eran terrestres, tenían las patas rectas bajo el cuerpo y en la parte trasera del cráneo, tras las cuencas de los ojos, dos agujeros llamados fenestras temporales por los que pasaban los músculos que cerraban la mandíbula. Estas características distinguen a los dinosaurios de otros animales extintos muy parecidos que solemos confundir con ellos, como el dimetrodonte, un cuadrúpedo terrestre con una gran vela en la espalda, cuyas patas sobresalen a los lados del cuerpo y que sólo tiene una abertura craneal detrás de los ojos; los ictiosaurios, parecidos a los delfines; los plesiosaurios, cuyos brazos y patas estaban modificados en forma de aletas y los pterodáctilos y otros reptiles adaptados para volar.
Los dinosaurios vivieron en la Tierra durante 160 millones de años, desde finales del periodo Triásico, hace 230 millones de años, hasta finales del Cretácico, hace 66 millones de años, cuando un gran meteorito cayó en Yucatán y puso fin a su largo dominio. Los rastros de su reinado se han hallado en Argentina, Canadá, China, Estados Unidos, Mongolia y, por supuesto, México.
Hechos en México
Los primeros restos fósiles de dinosaurio en México se describieron formalmente en 1926; eran huesos de un dinosaurio con cuernos (ceratópsido) descubiertos en Coahuila. Fueron descritos por el paleontólogo alemán Werner Janensch, investigador del Museo de Historia Natural de Berlín. Janensch lideró expediciones de campo a depósitos del Jurásico en Tendaguru, Tanzania, entre 1909 y 1914, donde se descubrió una de las zonas fosilíferas más ricas del mundo. Destaca el emblemático esqueleto de Giraffatitan, una de las osamentas más grandes y completas de un dinosaurio de cuello largo que se conocen y que tiene el récord Guinness por ser el esqueleto más alto del mundo montado en un museo. De 1940 a 1960 paleontólogos de diferentes universidades de Estados Unidos exploraron la parte norte de nuestro país. Entre sus descubrimientos destacan huesos de hadrosaurio del estado de Sonora identificados por Barnum Brown, paleontólogo estadounidense del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York y famoso por haber descubierto los primeros restos de Tyrannosaurus rex.
En la década de 1970 el estudio de los dinosaurios mexicanos dio un gran salto con la descripción de las primeras tres especies nuevas de dinosaurio en nuestro país, las tres en Baja California: el Labocania anomala, un carnívoro de unos ocho metros de largo, posiblemente un tiranosaurio y el Alexornis antecedens, un ave del tamaño de un gorrión, ambos de finales del Cretácico, hace 83 millones de años, así como el Magnapaulia laticaudus, un gran hadrosaurio encontrado en rocas de hace 72 millones de años. En 1978 se reportó el primer gran hallazgo de un sitio con huellas de dinosaurio en el estado de Michoacán, a las afueras de Playa Azul, en el municipio de Lázaro Cárdenas. Estas huellas, de finales del Jurásico, se depositaron en una planicie costera de inundación y son las primeras descritas en nuestro país.
Una caminata por Playa Azul: El Jurassic Park mexicano
Jurassic Park fue muy importante para la paleontología, no sólo por los efectos especiales y el gran éxito de taquilla aquel verano de 1993, sino también porque por primera vez se plasmaron en la pantalla grande seres que coincidían con una concepción moderna de los dinosaurios: animales rápidos, astutos, de formas y tamaños variados y, en el caso de los carnívoros, capaces de cazar en grupo. Aunque a la franquicia le quedaron muchas preguntas pendientes, como qué pasó con los embriones que se robó Dennis Nedry o dónde estaba el espinosaurio, la que más resuena es por qué se llama Jurassic Park si la mayor parte de los dinosaurios de la película son del Cretácico. Al parecer, desde el punto de vista mercadotécnico suena más llamativo Jurassic Park que Cretaceous Park. Pero en Michoacán sí que hubo un Parque Jurásico, cerca de la costa, en una localidad en las afueras de Playa Azul.
Allí el paleontólogo de la UNAM Ismael Ferrusquía, junto con otros especialistas, describió en 1978 una serie de huellas de finales del periodo Jurásico, hace entre 150 y 145 millones de años. El profesor Ferrusquía se especializaba en los vertebrados extintos que habitaron nuestro país y en su relación con la edad de los depósitos geológicos continentales, algunos de los cuales son de importancia comercial porque dan lugar a la formación de metales preciosos. Este estudio fue importante porque se trata de la primera descripción formal de pisadas (también llamadas icnitas) de dinosaurios en nuestro país. Las huellas fueron identificadas como de hipsilofodontes, camptosaurios y carnívoros de distintos tamaños. Para identificar la especie a la que pertenecieron las huellas los paleontólogos se basan en su aspecto –si son redondeadas o alargadas–, el número de dedos que se marcaron y si se imprimieron algunas estructuras como las garras.
Los hipsilofodontes eran herbívoros de tamaño pequeño a mediano, con un prominente pico en la parte delantera de la boca para cortar la vegetación. Las huellas de hipsilofodonte son pequeñas y redondeadas, con tres dedos alargados y con el talón también redondeado. Los camptosaurios, también herbívoros, eran más grandes que los hipsilofodontes y estaban muy emparentados con los ancestros de dinosaurios como el iguanodonte y los dinosaurios pico de pato. Sus rastros son circulares, con tres dedos anchos y redondeados y un talón amplio. Las huellas de dinosaurios carnívoros no pudieron identificarse con exactitud, pero por su tamaño se deduce que pertenecieron a animales de diferentes tallas.
Las huellas de los dinosaurios carnívoros son alargadas, con tres dedos delgados y bien separados; por lo general tienen marcas de las garras y el talón suele tener forma de V. Las huellas pequeñas pueden ser de coelurosaurios, el grupo que dio origen a las aves. Su dieta probablemente consistía en animales pequeños, como lagartos, peces, invertebrados y carroña. Las huellas más grandes pueden ser de carnívoros de entre cinco y seis metros de largo y podría tratarse de ceratosaurios, megalosaurios o alosaurios, que estaban entre los carnívoros dominantes por entonces en el continente.
Las huellas de su reinado en Aguililla
Durante el periodo Cretácico hubo grandes cambios en todo el planeta: las placas continentales se acercaban a su posición actual, las plantas con flor, que acababan de hacer su aparición en la Tierra, se dispersaban por el mundo y la diversidad de dinosaurios que predominaba en el Jurásico cambió para dar lugar, a finales del Cretácico, a dinosaurios famosos, como el Parasaurolophus, con su gran cresta craneal en forma de tubo, el Triceratops, con sus grandes cuernos y el volante óseo de la cabeza y, por supuesto, el Tyrannosaurus rex, un carnívoro de 12 metros de largo y nueve toneladas de peso.
En el municipio de Aguililla, en la localidad de El Aguaje, el biólogo Jorge Ortiz Mendieta describió varias huellas de dinosaurios pico de pato o hadrosaurios, dinosaurios tipo avestruz u ornitomímidos, dinosaurios raptores o dromeosáuridos y tiranosaurios. Ortiz Mendieta, egresado de la UNAM, es paleoartista e ilustrador científico especializado en divulgación científica, en especial en temas de paleontología de vertebrados. Él y su equipo reconocieron las huellas de hadrosaurio porque se parecen a las de los camptosaurios, pero son más grandes, redondeadas, con tres dedos anchos y con el talón redondeado. Las marcas de ornitomímidos son bastante alargadas, con los dedos muy largos, la punta redondeada y el talón poco marcado.
Se reconocieron las huellas de dos tiranosaurios que pudieron pertenecer a individuos de diferentes tamaños, tal vez un joven y un adulto. Aunque no se puede decir a partir de dos huellas que los tiranosaurios cuidaban a sus crías, en otras partes del mundo, como Canadá y Estados Unidos, se han encontrado huellas de individuos de diferentes edades caminando en paralelo, tal vez un indicio de que los tiranosaurios jóvenes y los adultos vivían y cazaban en grupo, como los lobos y los leones.
El pato antiguo de Tiquicheo
Entre los poblados de Tiquicheo y Tuzantla, cerca del límite con el estado de Guerrero, un equipo de científicos dirigido por el Dr. Mouloud Benammi, geólogo y biólogo marroquí que por entonces trabajaba en el Instituto de Geología de la UNAM, especialista en la evolución de los mamíferos del norte de África y un reconocido experto en paleomagnetismo –rama de la geología que reconstruye el movimiento de las rocas y los continentes mediante la señal magnética que conservan algunos minerales y rocas–, reportó en 2005 el descubrimiento de huesos y dientes de dinosaurio en la barranca de Los Bonetes. Se trata de restos entre los que destaca el esqueleto de la primera especie de dinosaurio descrita en el estado: el Huehuecanauhtlus tiquichensis, hallado cerca de un par de dientes y un hueso de la cola de un dinosaurio carnívoro, aunque no hay evidencia de que éste se lo haya comido. El nombre viene del náhuatl Huehue, “antiguo”, canauhtli, “pato”, y el sitio donde se encontró, Tiquicheo. Así, su nombre significa “pato antiguo de Tiquicheo”.
Se trata de uno de los hadrosaurios más antiguos del continente. Los análisis filogenéticos –métodos que sirven para reconstruir el árbol genealógico de una especie– hechos por el Dr. Ángel Ramírez Velasco, el especialista en dinosaurios pico de pato que bautizó al Huehuecanauhtlus y al Tlatolophus en Coahuila, indican que el Huehuecanauhtlus está relacionado con los ancestros de dinosaurios famosos como el parasaurólofo de cresta tubular y el gigantesco edmontosaurio de Canadá.
Además de su relevancia evolutiva, algo que le llamó la atención al Dr. Ramírez Velasco fueron las anomalías en algunos de los huesos de Huehuecanauhtlus. Es muy común que los huesos fósiles estén fracturados, pues son muy frágiles, y los terremotos, pisotones o la exposición a la intemperie pueden romperlos o dañarlos, pero ese no parecía ser el caso aquí. Una de las costillas estaba fusionada con una vértebra, y partes de algunas costillas tenían una textura porosa y parecían infladas. En animales modernos este tipo de malformaciones se ven tras una fractura, cuando el hueso se cura formando una cápsula llamada callo óseo. Para verificar el origen de estas deformaciones el Dr. Ramírez Velasco y otros especialistas de la UNAM y del Royal Tyrrell Museum de Canadá analizaron los restos con un tomógrafo, un instrumento médico que permite crear imágenes tridimensionales del interior de los huesos. Las imágenes mostraron que las zonas infladas tienen una densidad ósea muy alta, mientras que en las áreas no modificadas la densidad es menor. Este cambio en la densidad se denomina esclerosis. En animales modernos (incluidos los humanos) la esclerosis es una inflamación ósea que puede presentarse con la edad o al recuperarse de una fractura.
El análisis mostró que la masa ósea probablemente se formó por una herida infectada. Las infecciones que provocan que los huesos se inflamen así se llaman osteomielitis y las producen bacterias u hongos. Puesto que las inflamaciones estaban en las costillas, los expertos dedujeron que a este Huehuecanauhtlus le costaba trabajo respirar; era una especie de “dinosaurio asmático”. Esto, sumado a una infección muy larga que provocó una inflamación ósea que unió una costilla con una vértebra e hizo que el espacio por el que pasaban los nervios se hiciera más angosto, seguramente le provocaba dolor de espalda.
Mucho más por hacer
A lo largo del siglo XXI se han descubierto muchos otros dinosaurios en México. Hoy conocemos 14 especies, entre ellas el dinosaurio tipo avestruz Tototlmimus de Sonora y los terópodos Paraxenisaurus y Mexidracon, el anquilosaurio Acantholipan, los hadrosaurios Velafrons, Latirhinus y Tlatolophus y los ceratópsidos Coahuilaceratops y Yehuecauhceratops, todos de Coahuila.
Una investigación en la que participó la Dra. Claudia Inés Serrano Brañas, paleontóloga de la UNAM que ha descrito diferentes dinosaurios mexicanos, analizó huesos de hadrosaurio de Sonora y descubrió que están emparentados con dinosaurios pico de pato de América del Sur, como el Bonapartesaurus y el Secernosaurus. Esto indicaría que los ancestros de los hadrosaurios sudamericanos probablemente migraron desde el norte del continente. Esta idea ya se había planteado en 1964, cuando Rodolfo Casamiquela –paleontólogo argentino reconocido por el descubrimiento del Pisanosaurus, uno de los dinosaurios herbívoros más antiguos que se conocen– describió los primeros restos de hadrosaurio conocidos en Argentina. La evidencia encontrada en nuestro país podría confirmar esta hipótesis.
Gracias a nuevos análisis tecnológicos podemos usar herramientas matemáticas y computacionales avanzadas para identificar con mayor precisión a qué tipo de dinosaurio pertenece un fósil suelto, como un diente que de otro modo sería difícil de clasificar. Esto nos permite identificar con más precisión la diversidad de los sitios en los que no se han encontrado restos más completos.
En fin, aún falta mucho por conocer, y cada año aprendemos más sobre los gigantes que alguna vez cazaron, vivieron, evolucionaron y transitaron los caminos de Michoacán y el resto de nuestro país.
*este texto se publica en la edición de septiembre de la revista ¿cómo ves?, editada por la dirección general de divulgación de la ciencia de la unam, y se puede leer completo en el siguiente enlace: hhttps://www.comoves.unam.mx/numeros/indice/334
TEXTO
Carlos A. Hernández-Luna es estudiante de doctorado en ciencias biológicas en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Actualmente desarrolla una investigación sobre la evolución de la dentición de los tiranosaurios.
Alejandro H. Marín-Leyva es profesor e investigador de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores. Desarrolla diversos proyectos de investigación paleontológica sobre vertebrados de Michoacán.
ILUSTRACIONES
Realizadas con base en imágenes de @paleo_historic
Roberta Holguín es artista visual. Se enfoca en la ilustración editorial y científica; también escribe. Estudió la licenciatura en artes visuales en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda.