Barbarie burocrática para evaluar la educación

Por: Fernando Buen Abad Domínguez*

MÉXICO, 14 SEPTIEMBRE.- Cuando una “autoridad” presume medir la educación, debería medir sin obsecuencia la ignorancia de quienes diseñaron la regla. Hay una paradoja que debería estremecer cualquier sistema educativo: cuanto más obsesivamente una sociedad mide lo que un estudiante sabe, más cuidadosamente puede estar ocultando cuánto ignora quien decidió qué debía saber. La regla parece destinada a medir al objeto, aunque termina revelando al sujeto que mide. El examen aparenta preguntar por el conocimiento de una persona y, en su silencio, interroga la arquitectura social que determinó qué conocimientos merecen existir, quién tiene autoridad para clasificarlos y qué intereses se benefician cuando una forma particular de inteligencia es declarada legítima. 

Aquí comienza la verdadera evaluación: no preguntando cuánto sabe el alumno, sino qué mundo ha producido las condiciones bajo las cuales ciertas respuestas reciben el nombre de saber y otras son relegadas al territorio de la ignorancia. Toda medición educativa contiene una metafísica clandestina. Detrás de cada escala hay una idea de ser humano; detrás de cada indicador, una concepción del tiempo; detrás de cada ranking, una jerarquía social; detrás de cada competencia considerada indispensable, una determinada imagen del futuro. Detrás está la lucha de clases. 

Evaluar nunca es un acto puramente técnico. Es una operación cultural que selecciona, ordena, premia, excluye y acostumbra a mirar la realidad desde un ángulo particular. Por eso una sociedad puede exhibir estadísticas educativas impecables y conservar intacta una profunda ignorancia sobre sí misma. Puede conocer el porcentaje de alumnos que resuelve una ecuación y desconocer las condiciones materiales que hacen que unos estudiantes estudien con silencio, alimentación suficiente, bibliotecas, dispositivos digitales, profesores estables y tiempo disponible, mientras otros intentan aprender bajo el peso de la precariedad, el trabajo familiar, el hambre, la violencia territorial o la ansiedad económica. Entonces aparece la contradicción decisiva: el sistema declara que todos compiten en igualdad ante una prueba mientras distribuye de manera profundamente desigual aquello que permite prepararse para ella. 

Y la desigualdad desaparece del examen precisamente porque fue incorporada previamente a la vida. El papel queda limpio; la sociedad queda absuelta. Esta es una de las mayores astucias ideológicas de la evaluación contemporánea: convertir una historia social en una diferencia individual. El estudiante llega al examen llevando consigo una biografía que la prueba no ve. El resultado aparece como mérito o déficit personal, cuando en realidad condensa una inmensa cantidad de relaciones sociales. Y la lucha de clases detrás de todo esto. 

Una calificación parece pertenecer al individuo, pero sus causas están mayormente alojadas fuera de él. Allí comienza una revelación incómoda: llamamos talento a la acumulación invisible de ventajas y llamamos falta de capacidad al efecto visible de una desposesión. La escuela puede reproducir esta confusión con una eficacia extraordinaria cuando convierte las diferencias de origen en diferencias de rendimiento y luego presenta el rendimiento como evidencia de una supuesta desigualdad natural. El mecanismo posee una belleza perversa: primero la sociedad distribuye desigualmente las condiciones para aprender; después mide los resultados; finalmente utiliza esos resultados para justificar la distribución inicial. La prueba que pretendía ser diagnóstico puede convertirse así en certificado de legitimidad para una estructura social perversamente desigual. 

Aquí la educación deja de ser únicamente transmisión de conocimientos y aparece como escenario de una disputa por el derecho a definir la realidad. ¿Quién establece qué debe memorizarse? ¿Quién decide qué inteligencia cuenta? ¿Por qué la capacidad de obedecer instrucciones puede recibir mayor reconocimiento que la facultad de formular preguntas capaces de incomodar al mundo? ¿Por qué determinadas culturas lingüísticas son consideradas expresión refinada y otras son tratadas como déficit? ¿Por qué la imaginación, la sensibilidad histórica, la capacidad de cooperar, la conciencia ética, la lectura crítica de las imágenes, la comprensión del sufrimiento ajeno o la facultad de detectar una injusticia no siempre encuentran un lugar central en las pruebas que pretenden representar la inteligencia? 

Tal vez porque una población capaz de contestar correctamente preguntas prefabricadas resulta funcional a cualquier estructura de poder, mientras una población capaz de preguntar quién fabricó las preguntas introduce una dificultad mucho mayor. La educación verdaderamente emancipadora comienza cuando el estudiante deja de ser únicamente quien responde y se convierte en quien interroga las condiciones de producción de las respuestas. Allí ocurre una revolución silenciosa de la conciencia: aprender deja de equivaler a acumular información y pasa a significar adquirir poder para interpretar, relacionar, cuestionar y transformar. 

Una educación digna de ese nombre debería enseñar incluso a desconfiar metodológicamente de sus propios instrumentos. El conocimiento que no puede examinar críticamente sus criterios de validación corre el riesgo de convertirse en una maquinaria de esclavitud intelectual. La excelencia educativa no consiste en fabricar individuos capaces de adaptarse con mayor velocidad al orden burgués existente. Consiste en formar seres humanos capaces de comprender el orden que habitan, reconocer sus contradicciones y participar conscientemente en su transformación. La diferencia es inmensa. Adaptarse responde a la pregunta “¿cómo funcionar dentro de este mundo?”. 

Pensar con la revolución de las conciencias introduce otra: “¿por qué este mundo está organizado de esta manera y quién paga el costo de que permanezca así?”. La primera produce eficiencia; la segunda puede producir conciencia. Entre ambas se abre el territorio de la política, de la ética y también de la estética, porque educar significa enseñar a percibir formas: las formas del lenguaje, del poder, del deseo, de la belleza, de la violencia, del trabajo y de la desigualdad. Una conciencia educada críticamente no observa únicamente una fábrica, una escuela, un barrio, una publicidad o un algoritmo; aprende a descubrir las relaciones invisibles que los conectan. Comprende que el precio de una mercancía contiene trabajo, que una arquitectura urbana puede contener exclusión, que un discurso mediático puede contener intereses económicos y que un examen escolar puede contener falsa conciencia. Aprender a ver estas conexiones es la condición fundamental para dejar de ser espectadores pasivos de la historia y convertirse en sus protagonistas transformadores. 

*Doctor en filosofía