La crisis de la lectura

Por: Javier Aranda Luna

Si la cultura es el pegamento que evita que una sociedad se desmorone, como sostenía Monsiváis, la lectura es el oxígeno que mantiene vivo ese pegamento. En México, ese oxígeno escasea.

La crisis de la lectura no es un problema menor ni un lujo de intelectuales o “sabiondos”: es una emergencia silenciosa que corroe los cimientos de la democracia, la productividad y la capacidad de una nación para imaginarse a sí misma.

Por eso alegra la iniciativa de la tasa cero a librerías y editoriales y los 50 millones de pesos para la compra de libros para la red nacional de bibliotecas. Espero que eso sea el reconocimiento de una crisis mayor y el principio de su solución. Ya veremos la facilidad o no para que los editores deduzcan el IVA de sus insumos y los títulos de los libros para las bibliotecas.

El diagnóstico del Instituto Nacional de Estadística y Geografía es contundente en la crisis lectora. Según su Módulo sobre Lectura, en 2024 el porcentaje de población que declaró ser lectora de libros disminuyó de 50.2 puntos en 2015 a 41.8 puntos. El promedio anual de libros leídos es de apenas 3.2 por persona, cifra que se mantiene entre las más bajas del mundo: en Japón se leen 47 libros al año; en Estados Unidos, 12.

Pero la cifra más devastadora provino de la prueba PISA 2025: 50 por ciento de los estudiantes mexicanos de 15 años no alcanzaron el nivel mínimo de competencia lectora, frente a 69 por ciento de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que sí lo lograron. Entre 2022 y 2025, el puntaje de México en lectura cayó de 415 a 408 puntos, acumulando su quinto descenso consecutivo desde 2009. Eso significa que apenas 0.5 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzaron niveles de excelencia en lectura, frente a 6 por ciento del promedio de la OCDE. Como resume Felipe Garrido, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua: no nos basta con ser un país alfabetizado; hace falta ser un país de lectores, “sin comprensión no hay lectura”.

¿Las causas? El secretario de Educación Pública, Mario Delgado, atribuyó el retroceso en comprensión lectora al uso excesivo de pantallas y dispositivos digitales, y es verdad en parte.

Sin embargo, reducir la crisis a las pantallas resulta insuficiente. Las causas son estructurales: precios altos de los libros, falta de interés y de estímulo en casa y en la escuela, y una cultura lectora débil desde edad temprana. La desigualdad educativa es el caldo de cultivo para la pobreza lectora. Según los resultados de la prueba PISA de este año, 50 por ciento de los estudiantes mexicanos de 15 años asisten a escuelas donde la falta de infraestructura física dificulta la enseñanza y 48 por ciento estudian con carencia de materiales educativos.

¿Esta crisis lectora debe preocuparnos? Monsiváis aseguraba que leer otorga un pensamiento crítico frente al poder, la demagogia política y los dogmas morales. Estaba seguro de que un pueblo que lee es menos vulnerable a la manipulación. También tenía muy claro que el acceso a la literatura era el democratizador cultural por excelencia. Un país con índices de lectura deficientes o desiguales perpetuaba sus brechas de escasez y desigualdad social.

Pero para Carlos la lectura no se limitaba al simple texto impreso. La capacidad de leer, el entrenamiento cotidiano de memoria, concentración y explosión imaginativa nos enseñaba a “leer” otras cosas como la ciudad, las protestas, los grafitis y los ejercicios del poder. La crisis de la lectura no es sólo un rezago educativo, es un rezago civilizatorio.

El gobierno actual ha desplegado una Estrategia Nacional de Lectura que incluye maratones masivos, salas de lectura y clubes. Entre noviembre de 2024 y diciembre de 2025, sólo los Maratones por la Lectura registraron 18 millones 264 mil 410 participantes.

Sin embargo, persiste una crítica fundamental: “no tenemos un informe de resultados de qué se logró”. Los maratones masivos, por su propia naturaleza, miden participación, no comprensión. La crisis de lectura no se resuelve con actos multitudinarios, sino con políticas sostenidas de formación docente, acceso equitativo a libros y una transformación profunda del sistema educativo y cultural.

La crisis de lectura en México es la cara visible de un problema más profundo: el de un modelo económico y político que trata a la cultura y a la lectura en particular como gasto y no como inversión. Una tradición negra que ha traspasado sexenios. No es casual que Singapur, con una superficie menor a la de la Ciudad de México y sin recursos naturales, se haya consolidado como potencia económica mundial y que también ocupe el primer lugar global en la prueba PISA.

Si el objeto cultural por excelencia es el libro, leer no es sólo un pasatiempo ni una asignatura más: es una herramienta para construir al mundo y también un acto de resistencia.

La pregunta hoy no es si podemos permitirnos invertir en la lectura en medio de tantos problemas económicos, sino si podemos permitirnos no hacerlo. Un país que no lee es un país que no se piensa y un país que no se piensa se arriesga a que otros piensen por él.