A 206 años del final del Santo Oficio, la UNAM prepara una muestra inmersiva

  • Cautiverio de las almas será la primera exposición sobre la Santa Inquisición organizada por la casa de estudios // El acceso a las Cárceles de la Perpetua es libre

Eder Torres

Silencio.

Ningún sonido logra atravesar las muchas paredes que resguardan las ruinas de las Cárceles de la Perpetua, ubicadas en la antigua sede del Tribunal del Santo Oficio, en la esquina de República de Venezuela y República de Brasil, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

Sólo el metálico repicar de las campanas del templo de Santo Domingo, a un costado del edificio, interrumpen la tranquilidad del lugar y recuerdan que, afuera, la vida continúa. El 10 de junio pasado se cumplieron 206 años de la clausura de esta institución que juzgó a más de mil 500 personas y generó terror entre la sociedad.

En la actualidad, el inmueble resguarda el Museo de la Medicina Mexicana, Palacio de la Escuela de Medicina y aulas para estudiantes de esa licenciatura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuya administración prepara la exposición inmersiva Cautiverio de las almas, la primera muestra sobre la Santa Inquisición totalmente organizada por la máxima casa de estudios.

El coloso de 13 mil 200 metros cuadrados, con su fachada rojísima de tezontle y cantera, característica de las construcciones novohispanas, es distinto a todo lo que la rodea. El arquitecto Pedro de Arrieta, encargado de la obra realizada entre 1732 y 1736, decidió jugar con el espacio, sobre todo con su portada, a la que dio una apariencia achaflanada (en una de las esquinas del edificio), con dirección al Portal de los Evangelistas. El palacio es, sin duda, un elefante entre un rebaño de comercios, casonas, iglesias y secretarías.

De estilo barroco, entre sus adornos destacan las llamadas Columnas de Hércules, símbolo del triunfo de la corona española sobre los océanos, y, en la parte superior, dos ángeles custodian el escudo del Tribunal del Santo Oficio: emblema de la fuerza y el poder de la religión sobre el mundo, enmarcado por la leyenda “Exurge Domine Iudica Causam Tuam” (Levántate, Señor, y juzga tu causa).

Al ingresar, lo primero que se observa es el patio principal. Hasta ese momento, pareciera que se trata de un inmueble con no más de cuatro salas; sin embargo, quienes lo visitan por primera vez no son capaces de dimensionar sus verdaderas proporciones. Dividido en varias secciones, el museo representa un laberinto con corredores, puertas y pasillos. Cualquiera que sea nuevo en el lugar corre el riesgo de perderse; ese no es el caso de Nuria Díaz, coordinadora ejecutiva del palacio, y Nuria Galland, directora del recinto, quienes develan sus secretos a La Jornada.

“Siempre decimos que los lugares donde hubo terror, tristeza, amargura; en fin, emociones negativas, se convirtieron en algo bueno: en espacios dedicados a la educación, investigación o la ciencia”, explica Díaz a este diario. Hoy, el predio donde se realizaron investigaciones contra todo lo que pusiera en riesgo la fe católica se transformó en un centro de acceso gratuito a la cultura.

De lunes a domingo, cualquiera puede acceder, asombrarse con las exposiciones de herbolaria, botánica y anatomía, incluso sorprenderse con el silencio que rodea el área donde los inquisidores resguardaban a los presos. Sin embargo, cientos de años atrás, quienes entraban “no tenían manera de saber cuánto tiempo iban a estar, mucho menos lo que iba a suceder una vez que cruzabas el umbral hacia las cárceles secretas”, apunta Galland.

Si bien el inmueble se construyó en el siglo XVIII, la institución religiosa se estableció en la Nueva España desde el 4 de noviembre de 1571. Gracias al Archivo General de la Nación cualquiera puede acceder a los documentos relacionados con las llamadas “causas de fe”.

Es el caso del sastre Juan de Aspitia, originario de la Ciudad de México, apresado en 1614. Sus bienes fueron confiscados por el tribunal, acusado de pronunciar blasfemias, herejías y palabras erróneas, temerarias, malsonantes y escandalosas. Para 1766, la Inquisición determinó el mismo destino para la española Rosalía López, con el cargo de hechicería.

Veintitrés años después, en 1789, Tebanillo González, bordador de Toluca, fue denunciado por uno de sus vecinos, quien lo acusaba de contradecir la religión y no asistir a misa. Durante la investigación, fueron hallados documentos en los que el imputado criticaba la moral novohispana, por lo que fue señalado de padecer locura. Tebanillo fue recluido en un manicomio.

De acuerdo con Nuria Galland, la institución clerical también reprendió a personajes célebres, como el independentista José María Morelos. Luego de su detención, en noviembre de 1815, “fue traído aquí para ser sometido a la degradación sacerdotal y, posteriormente, entregarlo al brazo secular para ser fusilado”.

El silencio sepulcral es interrumpido, por momentos, por los visitantes y estudiantes que hablan en voz alta. De nuevo, la vida del museo se contrapone al aislamiento, “otra de las estrategias que empleaba la Inquisición para, digamos, desmoronar el alma de los reos”, agrega su directora.

Un viaje en el tiempo

Pasar de una sala a otra representa un viaje en el tiempo. Incluso se podría decir que hay al menos tres periodos resguardados en el lugar: la Colonia, el porfiriato y la época de la Escuela de Medicina, que va del siglo XIX al XX, todos ellos alcanzados por la cotidianidad de quienes lo recorren día a día.

El patio principal deja vestigios de lo que hubo antes de su construcción, bajo una ventana arqueológica, los remanentes de las antiguas casas inquisitoriales demuestran, como todo en esta ciudad, que los muros conservan memorias. Uno de los pasillos conduce al archivo histórico, al jardín botánico y al departamento de Relaciones Públicas. Toda el área, en el pasado, eran habitaciones de los religiosos y biblioteca de libros prohibidos.

Otro corredor resguarda el auditorio Dr. Gustavo Baz Prada y una botica, edificados en lo que fue el patio de residencias para estudiantes. En ese lugar, se comenta, ocurrió el suicidio del poeta Manuel Acuña. Ahí mismo se encuentra la Pinacoteca Virreinal, o la “sala del tesoro”, donde los inquisidores guardaban bienes confiscados.

La parte superior, dedicada al Museo de la Medicina Mexicana, además de las exposiciones temporales, recupera elementos de la antigua Escuela de Medicina, establecida en sus muros durante 102 años, desde 1854 hasta su mudanza a Ciudad Universitaria, en 1956. Es la parte trasera, más allá del llamado Patio de Piedra, la que conduce a lo que fue la prisión inquisitorial, donde próximamente los visitantes podrán empatizar y vivir por un instante la experiencia de los presos de la Santa Inquisición.

Aún no es mediodía y afuera el Sol atormenta a los transeúntes. Dentro, el grosor de los muros impide que la temperatura se eleve. Sentado en una banca junto al patio central, el vigilante, Francisco Villalobos, explica a La Jornada sus tareas en el palacio. Su turno empieza a las 6 de la mañana y termina por la tarde, pero algunas veces hace horas extras. Conoce el lugar como la palma de su mano, al igual que las anécdotas de quienes laboran ahí.

Desde su lugar aprecia casi todo: el primer y segundo niveles, los baños y algunas salas. Mientras habla, señala hacia el Patio de Piedra. “Antes, allá había unos baños viejos. Ahí tenían a los presos, pero una vez nos encontramos con un monje”. Vestía una sotana con capucha. No les dijo nada, ni siquiera los vio. La aparición vigilaba las almas aún cautivas, invisibles para los custodios.