Chiautla y Tlanichiautla: origen y construcción espiritual. 5ª parte
EKONOSPHERA
Por: Gildardo Cilia López
El contexto lo es todo, permite ir más allá de la simple descripción, develando lo que oculta la realidad. Descubrir para entender debería ser el propósito de cualquier narrativa histórica. No se trata de ir de suceso en suceso – eso sólo es erudición – sino de comprender lo que se ha forjado con gran esfuerzo, en medio de un mundo en donde la desigualdad ha sido persistente; más en este nuestro México, en donde la polaridad social ha sido extrema.
Cuando el cura libertario irrumpió en la vida colonial concibió que era indispensable poner fin a la lujuria del dinero. Que eso significaba reivindicar nuestro pasado indígena, forjando una nueva vida con la prevalencia del humanismo y de la justicia. Al concebir que a partir del grito libertario iba a nacer una patria, Hidalgo desechó la herencia que corría por su sangre, para convertirse – como los nativos – en un hijo auténtico de esta tierra. Lo elucubrado por Clavijero, Alegría y Teresa de Mier, entre otros, se transformó en acción, en vehemencia pura. La imagen encendida de Hidalgo para vindicar a las masas, enarbolando la antorcha de la anhelada justicia, la plasmó, magistralmente, Orozco en su mural del Palacio de Gobierno del Estado de Jalisco, en Guadalajara.
López Velarde le dio un ritmo distinto a la historia, más que la pasión incendiaria, entendía que la patria, aún cercenada, estaba envuelta por un paisaje único de dignidad y grandeza. La patria para él era un ente superior a toda desventura y a nuestras angustias y temores. Sería, entonces, grande, por ser milagrosa, por haber sobrevivido dignamente al tormento y al martirio. La esencia de México para el poeta jerezano no se desprendía de la épica que se asocia al mito; dimana de lo que es entrañable por ser sencillo y sagrado, de la verdad del pan ritual, del “pan bendito”.
“Suave Patria” no es himno desgarrador, es un poema que surge de la intimidad de un provinciano, cuyas rimas, más que perfectas, crecen con un ritmo que nunca se desborda, que regresa a la armonía de la calma. López Velarde tenía el pulso de un auriga celestial que sabe equilibrar las fuerzas de bestias antagónicas. Dicen que no conoció el mar, poco importa, llevaba en su alma el vaivén de corrientes serenas: sus versos danzan un vals sin fin por el sendero del universo.
Patria mía, versifica el poeta, “Te dará, frente al hambre y al obús, un higo San Felipe de Jesús”. Los esfuerzos de seres caritativos como Bartolomé de las Casas, Toribio de Benavente, Vasco de Quiroga, Bernardino de Sahagún, Martín de Coruña, Alonso de la Vera Cruz, entre otros, fue enorme, pero insuficiente para contener la ambición enfermiza por la plata y el oro. Pese a ello, esos religiosos fueron ejemplo de virtud y esperanza durante uno de los periodos más desgarradores en la historia de la humanidad.
El periodo hispánico para los pueblos nativos significó despojo, opresión, calamidad y muerte. La sed insaciable de riqueza hizo miserables a los desposeídos, a los que nada tenían y enfermó durante trescientos años a incontables generaciones que en forma forzada iban a trabajar a las minas de plata. El daño que se les hizo fue mayúsculo: respiraban aire nocivo y pisaban descalzos patios con sustancias corrosivas. Los reactivos químicos envenenaron todo lo que los rodeaba: el suelo, el subsuelo, los mantos y los ríos. Esto no ha desaparecido del todo: el 6 de enero de 2014, en Sonora, se suscitó el peor desastre ambiental de nuestros tiempos cuando la mina de Buenavista del Cobre derramó 40 mil metros cúbicos de sulfato de cobre acidulado hacia el arroyo Tinajas, arrastrando consigo elementos químicos pesados, entre ellos, arsénico, plomo y vanadio hacia los ríos Bacanuchi y Sonora.
Cuando los españoles llegaron a México su ambición por el oro era irrefrenable. Se sabe que a partir de la tercera década del siglo XVI exploraron la provincia de Chiautla para verificar la existencia de oro de placer en sus ríos. Los resultados fueron poco alentadores, por vía de mientras despojaron de sus alhajas a los grandes señores y en general a todos los nobles (pipiltzin), tal como se narra en el Códice de Tzicatlán 2: “otra vez se mandó a llamar a la gente del altépetl (Chiautla) con el oro…nos hicimos pobres por eso del oro” (1).
Los españoles articularon su expansión a los yacimientos de piedras y metales preciosos, concebidos por ellos como la fuente más importante de riqueza. Esa visión mercantil que empezaba a ser retardataria les hizo pensar que la riqueza consistía básicamente en acumular oro y plata.
Cuando se dieron cuenta de que lo que había en abundancia era plata, abrieron vetas en las entrañas de la tierra conquistada, hasta convertir a la Nueva España en la principal productora de plata en el mundo durante el siglo XVIII, denominado en la historia hispana, como siglo borbónico. Paradójicamente, la plata no hizo rica a España, todo lo que se enviaba fluía hacia reinos más industriosos y diversificados; esto es, con mayor capacidad productiva y vocación exportadora.
Coincide el auge minero de las colonias con el inicio de un continuo deterioro económico del imperio español. Este estancamiento duró cuatro siglos; a tal punto que en la primera mitad del siglo XX, España era una de las economías más atrasadas de Europa: su apariencia era notoriamente feudal.
Cierto, había mentalidades adelantadas, pero no fueron oídas, sus voces se apagaban ante la lujuria de la riqueza. En la Nueva España hubo reflexión crítica sobre la conveniencia de impulsar una diversificación productiva y de no darle preferencia exclusiva a la minería.
Fray Juan de Zumárraga, quien vivió en México como obispo y arzobispo durante veinte años (de 1528 hasta su fallecimiento en 1548) se lamentaba por la “suma pobreza de los indios originada por la falta de plantas, animales y aparatos necesarios para aprovechar esa riqueza aumentando la agricultura, la industria y el comercio” Admiraba la habilidad de los indígenas para el tejido; “lo que hacían con el algodón y el pelo de conejo era un indicio de hasta dónde podían llegar trabajando la lana” (y concluía):
- “Con estas cosas no saldrían de esta tierra tanto oro ni plata, porque se quedaría en ella y sería muy rica, y los vasallos españoles e indios enriquecerían e rico el pueblo rico el rey”. (2)
La ambición por el hallazgo de yacimientos de oro, plata y piedras preciosas se hizo patente en todas las regiones de la Nueva España, avanzando hacia el Bajío y el Norte del México; así fue como se abrieron las vetas en Guanajuato y Zacatecas.
La búsqueda de metales y gemas no estuvo exenta de abusos y de coerción sobre los pobladores, a efecto de que informaran sobre su existencia y localización. Cito textualmente uno de los cargos realizados al Virrey don Álvaro Manrique de Zúñiga, Marqués de Villamanrique (Virrey de la Nueva España de 1585 a 1590) en la visita secreta que por especial comisión del Rey realizó Don Diego Romano, Obispo de Tlaxcala, en 1592 y 1593. En la descripción del cargo se menciona un suceso ocurrido en la Mixteca Baja y en el que se pide la intervención del alcalde mayor de la provincia de Chiautla:
- “Se le hace cargo (al Virrey Álvaro Manrique de Zúñiga) que teniendo noticias dicho marqués que Don Carlos de Terrozas, indio rico y principal cacique del pueblo de Igualtepeque en la Misteca baja, tenía muchas y ricas piedras de las que en aquella tierra se hallaban, así de sangre como de ixada, cornerina y otras virtudes, le mandó llamar…(y) le maltrató y amenazó pidiéndole le declarase la mina de donde sacaba dichas piedras y le diese las que tenía.
A lo que el cacique del linaje de Moctezuma (Don Carlos Terrozas de Moctezuma) respondió:
- …no haber mina sino hallarse por los cerros y quebradas, y que le daría las que tenía. El marqués le tornó a apretar de manera que el indio ofreció pagar salario de diez pesos cada día al juez que fuese a averiguar si había mina hallándola. Y el marqués le dio carga para que el alcalde mayor de Chiautla hiciese informaciones sobre ello, como lo hizo. Con lo cual volvió dicho cacique y con algunas piedras de que no se contentó y le mandó que no saliese de México sin su licencia…” (3)
Los españoles privilegiaran a la minería sobre todas las cosas y articularon la economía de todas las regiones en torno a ella. El perfil histórico de pueblos como Chiautla y sus estancias salineras cambió y adquirió singular importancia con la intensiva explotación de la plata. Esto obedeció básicamente a una innovación tecnológica.
Bartolomé de Medina descubrió en el siglo XVI un método llamado de amalgamación, también conocido como de patio, consistente en separar la plata de las impurezas de la tierra, mezclando azogue (mercurio), sal común y magistral (sulfato de cobre). La mezcla de los reactivos con el mineral se efectuaba en un patio con suelo de piedra, haciendo que las mulas pasaran repetidas veces sobre el mineral hasta que la plata se separaba de las impurezas. Después los naturales hacían el repaso con sus pies:
- “Los operarios encargados del repaso, o de realizar con sus pies la mezcla del mineral con el azogue (mercurio), también estaban expuestos a graves perjuicios para la salud. Precisamente los trabajos más duros y menos especializados eran los encargados a esta porción de trabajadores forzados o de repartimiento”. (4)
Esta técnica revolucionaria se puso en práctica entre los años de 1554 y 1555 en la mina de la Purísima Concepción, en el actual Estado de Hidalgo y rápidamente se hizo popular en todas las minas de México, Sudamérica y Europa. Menos costoso y más redituable que el sistema de fundición permitió el beneficio de plata de baja ley, es decir, posibilitó beneficiar mineral menos puro que se extraía de vetas profundas. No es óbice señalar que para una mayor rentabilidad se requería de abasto continuo y barato de mercurio, sal, sulfato de cobre y sobre todo, de la inapreciable mano de obra.
Cuesta entender lo que significó el sistema de amalgamación o patio si no se ofrecen números: “el nuevo mundo volcó sobre el reino de España más de 16 mil toneladas de plata en el siglo XVI, 26 mil en el siglo XVII y 39,000 en el siglo XVIII” (5). Según la estimación de Gunder Frank, América produjo 87% de la plata mundial. Conforme a los datos de Harry Cross, la cuota de participación de la Nueva España avanzó de 11% en el siglo XVI a 57% en el siglo XVIII, desplazando al virreinato de Perú (donde se encontraba Potosí) como principal productor del mundo. (6)
Dos fenómenos explican la creciente contribución de México en el mercado mundial de la plata: 1) la expansión de su plataforma productiva; y, 2) la explotación irracional del “Cerro Rico de Potosí”, cuya producción empezó a declinar a partir de 1630. En su etapa de esplendor, Potosí dispuso de una enorme fuerza de trabajo, convirtiéndose en un hito histórico: durante casi cien años fue la principal fuente de riqueza de la humanidad, así de extraordinarias eran sus vetas.
Otros datos indican que durante los tres siglos del periodo colonial las tierras de América produjeron 100 mil toneladas de plata, participando el virreinato de la Nueva España con 50 o 60 mil toneladas. Cifras más, cifras menos, lo importante es que esa plata fluyó por todos los mercados del mundo, dando origen a la globalización primaria del capitalismo. El “real de a ocho” o “piastra”, producido y acuñado en México, fue la primera moneda de uso global del comercio mundial, circuló hasta por los confines del occidente y del oriente de la Tierra.
Eso es lo que dicen los libros de historia económica, pero poco se menciona que este auge del comercio internacional se cernió sobre una catástrofe humanitaria. Se considera incierta la cifra de ocho millones de muertos en la mina del “Cerro Rico de Potosí” durante los dos primeros siglos de explotación. Ese dato es el que ofrece Eduardo Galeano en su obra “Las venas abiertas de América Latina”; lo que no se pone en tela de juicio es la “masacre” causada por la explotación infrahumana: se estima que, durante los primeros años de explotación de la fabulosa veta, alrededor de 431 mil nativos de la región ahora boliviana pudieron haber muerto por la cuantiosa “mita” o repartimiento laboral forzado.
Pocos han objetado la desgarradora narrativa de Galeano:
- “La <mita> era una máquina de triturar indios. El empleo del mercurio para la extracción de la plata por amalgama envenenaba tanto o más que los gases tóxicos en el vientre de la tierra”. Hacía caer el cabello y los dientes y provocaba dolores indominables. Los <azogados> se arrastraban pidiendo limosna por las calles”. Seis mil quinientas fogatas ardían sobre las laderas del cerro rico…A causa del humo de los hornos no había pastos, ni sembradíos en un radio de seis leguas alrededor de Potosí y las emanaciones no eran menos implacables en los cuerpos de los hombres”. (7)
En México el desastre humanitario se presentó en forma dispersa, tanto en los grandes como en los pequeños reales, ya que, aunque había vetas con enorme productividad como la “Valenciana”, en Guanajuato, se abrieron boquetes en las entrañas de los cerros por los diversos puntos geográficos de la Nueva España.
Se dice que la lujuria por la riqueza se la expresó Cortés a Moctezuma de manera llana y franca: “Yo y mis compañeros sufrimos de una enfermedad del corazón que sólo puede ser curada por el oro”. Esa enfermedad y ese remedio persistieron durante los tres siglos de dominación española, sustituyendo el metal áureo por el argentífero.
Pese a la Bula del papa Pablo III, que afirmaba que los indios si tenían alma, los propietarios de las minas, los virreyes y hasta los intelectuales de la Corona española seguían sosteniendo que “el mejor remedio para curar la maldad natural de los indígenas era el trabajo en las minas”. Fray Bartolomé de las Casas (un verdadero santo) debió haber escuchado preocupado, casi con horror, los argumentos del “humanista” preferido de la Corte de Carlos V, Juan Ginés de Sepúlveda, en el “Debate de Valladolid” (España) en 1550 y 1551:
- “Qué los indios merecían el trato que recibían porque sus pecados e idolatría constituían una ofensa contra Dios”. (8)
Difícil saber quién ganó el debate, pero las tesis fundamentales de Bartolomé de las Casas permanecieron latentes en la “América española”. Las retomaron los intelectuales del nacionalismo criollo en el siglo XVIII – que en su gran mayoría salieron de la Nueva España, en 1767, por la expulsión jesuita ordenada por Carlos III – y fueron parte del ideario que hicieron brotar “los sentimientos” de Hidalgo y Morelos. Vale la pena hacer una síntesis de las tesis del fraile dominico:
- Que los indígenas eran seres humanos libres y racionales, por lo que merecían la misma dignidad que los colonizadores españoles.
- Que los pueblos nativos era dueños legítimos de sus tierras y de sus riquezas,
- Que la conversión cristiana debería hacerse en forma pacífica, mediante el amor, el entendimiento y el buen ejemplo (subrayado mío).
- Que las guerras de conquista eran injustas, terriblemente violentas y contrarias a la fe cristiana; que, por tanto, había que prohibirse la figura de la encomienda.
- Que la Corona española tenía la obligación de restituir daños y de devolver las propiedades que se les había expropiado a los nativos americanos.
- “Que todos los pueblos del mundo son hombres”, es decir, tienen la misma condición como seres humanos, postulando una de las primeras frases de la igualdad universal.
Ese es el “higo” que plasmó poéticamente López Velarde en la figura de San Felipe de Jesús. El dominico Bartolomé de las Casas en esa defensa hacia los indios de América propuso, incluso, la introducción de esclavos para el trabajo de minas, planteamiento del que luego se arrepintió al ver en su justa dimensión la mezquindad de sus congéneres españoles. No obstante, desde antes de 1550, por sus continuas denuncias logró ablandar el corazón de Carlos V (Carlos I de España) quien promulgó Las Nuevas Leyes de Indias en 1542. En el cuerpo jurídico y hasta en la concepción teológica sí hubo reflexión; en la vida real, el corazón de los propietarios de las minas y de la mayor parte de las autoridades virreinales – sin dejar de incluir a algunos religiosos que había sido contagiados por la concupiscencia – se mantuvo inconmovible.
La indignación de los seres sensibles se fue acrecentando al percibir la misera masiva, frente al derroche de unos cuantos, cuya ostentación ofensiva se hizo más que evidente: hasta en Madrid los terratenientes y dueños de los reales mineros novohispanos sorprendían por sus excentricidades y por sus modales que por caer en lo ridículo causaban sorna (léase a Galeno).
Entre la nobleza peninsular perezosa que se tornó retrograda, casi feudal, que sólo estiraba la mano para recibir riquezas mediante “mercedes” concedidas por el rey (la burguesía nunca término por consolidares) y los “botarates” de los virreinatos, particularmente de la Nueva España, hubiera sido casi imposible que no se esfumara la plata producida a costa del sacrificio de una cuantiosa masa de esclavos y nativos.
La codicia y la avaricia y demás pecados capitales se esparcieron como una nebulosa por todos los rincones de México. En Chiautla se abrieron vetas en Tlaucingo, cerca de Teotlalco (“en las Tierras de Dios” o en el “Desierto de tierras llanas”, en náhuatl; si se conjugaran los topónimos: “en las Tierras llanas de Dios”). Ante la baja productividad de estas vetas, poco tiempo después su sal y sus macehuales, residentes y congregados, se desplazaron hacia el “Real de Huautla”, en la sierra del Estado de Morelos y hacia las minas de Taxco, en Guerrero.
El terrible régimen de trabajo forzado, “mita” o “coatequitl”, llegó al pueblo de mis ancestros en una etapa temprana de la colonización española.
Dejemos aquí el relato._______________________________________
(1) Rodolfo Rosas Salinas. “Una nueva narrativa de nahuas y castellanos en el suroeste de Puebla, México. Documento en Internet.
(2) Jesús Reyes Heroles. “El liberalismo mexicano. Tomo III. La integración de las ideas”. Ed. FCE. 1982. pp 426 y 427.
(3) “500 Años de México en Documentos” (Consulta en Internet).
(4) María Concepción Gavira Márquez. “Población y Producción en el Real de Minas de Tlalpujahua a Mediados del Siglo XVIII”. p.9
(5) Antonio Fernández Luzón. ¿Adónde Fue a parar la plata que España extrajo de América? La Vanguardia 02/11/2023.
(6) Mariano Bonialian y Bernd Hausberger. “Consideraciones sobre el comercio y el papel de la plata hispanoamericana en la temprana globalización, siglos XVI-XIX”, en Historia Mexicana. Internet.
(7) Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina”. Siglo XXI. P61
(8) Ibidem p.61.