Cruz Azul en el Cuauhtémoc; ¿Puebla, en peligro de extinción? (primera parte)
- ¿El actual escenario estará preparando el terreno para una eventual venta del Puebla?
JUEGO Y CONTEXTO
Por: Alejandro García Téllez
La inconformidad de la afición poblana no es un berrinche ni una exageración mediática; es la consecuencia lógica de años acumulados de malas decisiones. Puebla se ha acostumbrado a competir desde la improvisación, no desde el proyecto. Los resultados lo evidencian sin necesidad de adornos: 47 millones de pesos pagados en multas por el cociente, una cifra escandalosa que no se tradujo en refuerzos de peso, infraestructura ni estabilidad deportiva. A esto se suma un dato que explica casi todo: entre 2016 y 2026, el club ha tenido 13 entrenadores, un carrusel que impide cualquier identidad futbolística y rompe la continuidad antes de que siquiera empiece a construirse.
La única excepción reciente fue Nicolás Larcamón, quien en 2021 logró algo que parecía olvidado en Puebla: competir de verdad. Aquel equipo que alcanzó semifinales no solo ganó partidos, ganó conexión con la tribuna. Pero en lugar de convertir ese logro en cimiento, fue tratado como una anomalía. El proyecto se desarmó, las piezas se vendieron y la ilusión volvió a guardarse en el cajón. Desde entonces, el Puebla ha sobrevivido torneo a torneo, sin rumbo claro y sin referentes que sostengan el vínculo con su gente.
En medio de ese escenario aparece Cruz Azul, que jugará toda la temporada como local en el Estadio Cuauhtémoc. De acuerdo con versiones periodísticas, la negativa para utilizar el estadio de C.U. no respondió únicamente a cuestiones administrativas. El antecedente de violencia entre aficiones, marcado por el fallecimiento de un seguidor celeste tras un enfrentamiento con la porra de Pumas UNAM, terminó pesando más de lo que públicamente se reconoce. Así, Puebla se convirtió en una solución práctica, cercana y funcional, aunque cargada de simbolismos incómodos.
Para la afición celeste que durante años acompañó al equipo en la capital, jugar en el Cuauhtémoc no representa un exilio. La cercanía con la Ciudad de México y la conexión natural con estados como Tlaxcala, Veracruz y la propia Puebla hacen viable que el estadio luzca lleno. Pero hay una condición que no se puede ignorar: en Puebla el respaldo no es incondicional. La afición ya dejó claro que castiga el mal fútbol, incluso cuando se trata de su propio equipo. Aquí no se aplaude por nombre ni por historia; se responde a lo que sucede en la cancha.
Y es ahí donde el tema se vuelve más profundo. Porque el fútbol, en esencia, pertenece a la afición. Hoy el seguidor poblano se enfrenta a interrogantes incómodas:
¿a quién ir a ver?
¿Al equipo de su ciudad, que año con año no respeta el armado del plantel, que apuesta por jugadores en el ocaso de su edad futbolística y vende a sus mejores elementos antes de consolidarlos?
Esa dinámica ha provocado una herida difícil de cerrar: la falta de ídolos, de figuras que representen algo más que un contrato temporal. Puebla alguna vez los tuvo —Luis Enrique Fernández, Carlos Poblete, Jorge Aravena, Ruíz Esparza— nombres que construyeron identidad y dejaron memoria.
Hoy, sin continuidad ni referentes, la tribuna comienza a mirar hacia otros colores, otras historias y otros proyectos que sí prometen competir. Y en medio de rumores, decisiones cuestionables y un desgaste evidente con la afición, la pregunta final no suena descabellada, sino lógica: ¿todo este escenario no estará preparando el terreno para una eventual venta del Puebla?