Cuando la literatura ayuda a construir memoria: investigación mexicana presentada en Italia acerca el movimiento de 1968 a las nuevas generaciones
- Académicas mexicanas muestran cómo la lectura de testimonios puede convertirse en una herramienta educativa para comprender la historia, fortalecer el pensamiento crítico y promover una ciudadanía más consciente.
Por: Marco Antonio García Téllez
¿Qué ocurre cuando la historia deja de contarse desde una sola voz y comienza a construirse desde muchas experiencias? ¿Qué puede enseñarnos una obra literaria sobre acontecimientos que marcaron la vida de un país? Estas preguntas estuvieron en el centro de la ponencia “Entre la voz individual y la memoria colectiva. La noche de Tlatelolco como pensamiento literario testimonial”, presentada por las investigadoras María Yanet Gómez Bonilla, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, y Berenice Anabella Leal Fuentes, de la Universidad Tecnológica de Puebla, durante el XLVIII Congreso Internacional de Americanística, en Perugia, Italia.
La investigación parte de una idea poderosa: algunas obras literarias no sólo cuentan historias, también conservan memorias, recuperan voces que fueron silenciadas y ayudan a comprender procesos sociales que siguen presentes décadas después. Ese es el caso de La noche de Tlatelolco (1971), de la escritora mexicana Elena Poniatowska, considerada una de las obras más representativas de la literatura testimonial en México. El libro reconstruye los acontecimientos del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas, en Ciudad de México, pero lo hace de una forma poco convencional: no existe un narrador único ni una explicación definitiva. En su lugar aparecen voces de estudiantes, madres, familiares, ciudadanos y fragmentos de consignas que, juntas, forman una memoria compartida.
La investigación presentada en Perugia buscó responder una pregunta central: ¿cómo puede una obra testimonial construir una verdad histórica a partir de múltiples voces y experiencias?
Para responderla, las investigadoras llevaron el texto al aula y trabajaron con estudiantes de bachillerato de entre 16 y 17 años, dentro de la asignatura de Literatura. La experiencia no consistió únicamente en leer el libro, el grupo participó en una propuesta de lectura interpretativa donde analizaron quién habla en el texto, desde qué emociones, cómo aparecen los silencios y qué ocurre cuando una historia no se cuenta de manera lineal.
Los estudiantes también escribieron reflexiones propias y dialogaron sobre la diferencia entre una versión oficial de los hechos y las memorias construidas desde quienes vivieron la experiencia. Uno de los hallazgos más interesantes fue descubrir que los jóvenes identificaron algo que sigue siendo vigente: la verdad histórica no siempre aparece en una sola voz. Como expresó uno de los participantes del ejercicio: “Es como si la verdad estuviera repartida entre todas las voces”. Otro estudiante señaló que el texto transmite el impacto emocional de los acontecimientos precisamente porque rompe la forma tradicional de narrar: “se corta, regresa y repite cosas”, generando la sensación de que hay experiencias difíciles de ordenar o explicar completamente.
Para las investigadoras, estas reacciones muestran que la literatura testimonial no sólo permite conocer un acontecimiento histórico; también favorece procesos de empatía, pensamiento crítico y construcción de memoria.
Otro aspecto que llamó la atención fue la conexión generacional, porque varios estudiantes expresaron sentirse identificados con quienes narran los hechos porque muchas de las voces pertenecen a jóvenes que enfrentaban incertidumbre, miedo y preguntas sobre el papel de la sociedad frente a la violencia. Desde esta perspectiva, el movimiento estudiantil de 1968 deja de ser únicamente un tema del pasado y se convierte en una oportunidad para reflexionar sobre el presente.
La investigación también plantea que el silencio tiene significado, porque en La noche de Tlatelolco, las pausas, las frases interrumpidas y la repetición aparecen como formas de expresar experiencias que muchas veces no pueden narrarse de manera convencional. El trauma, la pérdida y la memoria encuentran en la escritura una forma de permanecer.
Las conclusiones del trabajo destacan que la diversidad de voces —testimonios estudiantiles, relatos familiares, consignas colectivas y fragmentos con fuerza poética— construye una memoria compartida que mantiene vivo el acontecimiento y permite que nuevas generaciones dialoguen con él. Más que una reconstrucción histórica, la literatura testimonial aparece aquí como un ejercicio de escucha.
La presentación en Perugia mostró cómo la investigación educativa y humanística puede acercar temas complejos al público y abrir conversaciones sobre ciudadanía, derechos humanos y participación social, porque cuando una historia se cuenta desde muchas voces, deja de pertenecer solo al pasado y quizá ahí está una de las preguntas más actuales que deja Tlatelolco: ¿qué memorias seguimos construyendo hoy y cuáles estamos dejando de escuchar?
La investigación presentada recuerda que la historia no permanece únicamente en archivos o libros: también vive en las voces que siguen preguntando, interpretando y construyendo memoria, porque acercar el conocimiento a la sociedad no sólo significa explicar investigaciones; significa generar oportunidades para que más personas puedan reconocerse como participantes activos en la construcción del presente y del futuro.
