Cuando la salud deja de ser archipiélago: el nacimiento del Servicio Universal de Salud

Por: Alejandro Svarch*

Durante décadas, organizamos la salud como si el hospital fuera el centro del universo. Todo giraba alrededor de él: los recursos, las decisiones, incluso la imaginación de lo que significa cuidar. Hoy comenzamos a aceptar algo más cercano a Copérnico: el centro no es la institución, es la persona. Y ese desplazamiento, que en apariencia parece simple, obliga a repensarlo todo. Porque un sistema que pone a las instituciones en el centro tiende a fragmentarse; uno que pone a las personas necesita articularse. El nuestro, desde su fundación en 1943, se pareció más a un archipiélago que a un país, con islas de atención separadas por mares de desconexión.

En ese contexto, la Presidenta de México anunció la creación del Servicio Universal de Salud, que nacerá por decreto presidencial. No como un programa más, sino como una decisión de Estado para reorganizar la manera en que cuidamos la vida.

Durante años, el sistema funcionó bajo una paradoja silenciosa: buenos médicos, buenos hospitales, incluso más recursos… y, sin embargo, resultados desiguales, discontinuos, a veces injustos. La explicación no está en la falta de capacidad individual, sino en la falta de articulación colectiva. Porque en salud, más no siempre significa mejor. Mejor organizado, sí. No era un problema de esfuerzo, era un problema de diseño.

Pero integrar el sistema no es una consigna, es una tarea concreta. Supone que los servicios dejen de operar como compartimentos estancos y comiencen a funcionar como partes de un mismo proceso de cuidado continuo.

En términos simples, el Servicio Universal de Salud busca que cualquier persona, en cualquier lugar del país, pueda atenderse donde lo necesite, con los mismos criterios, sin importar su condición laboral o la institución a la que esté afiliada, y que su atención no se interrumpa entre un nivel y otro.

Por eso, se comienza con una credencial única que permita ordenar el acceso y reconocer a las personas dentro del sistema, y que permitirá avanzar progresivamente en la integración de servicios y atenciones específicas. Es apenas el punto de partida.

Esa transición empieza a tomar forma en dos acciones concretas.

La primera es la integración digital. IMSS-Bienestar avanza en ese camino. En Chiapas, los 41 hospitales ya están completamente digitalizados y operan con el mismo expediente clínico electrónico que el IMSS. No se trata de un dato técnico, sino de un cambio en la experiencia de las personas. Pensemos en una trabajadora que cotiza en el IMSS y que, al viajar o regresar a su comunidad en la Selva Lacandona, requiere atención en un hospital del IMSS-Bienestar. Ya no llega como desconocida. Su historia clínica (sus estudios, sus diagnósticos, sus tratamientos) viaja con ella. El médico que la recibe no empieza de cero, continúa el cuidado. Eso es integración.

Este mismo año, ese modelo llegará a todo el país. Con 15 células de implementación trabajando de manera simultánea, se avanzará a un ritmo cercano a 10 hospitales cada tres semanas, hasta digitalizar los 582 hospitales del IMSS-Bienestar. No es sólo tecnología, es la base para que el sistema deje de fragmentarse y empiece a acompañar trayectorias completas de atención.

La segunda acción es la integración del modelo médico. No basta con compartir información; hay que compartir criterios. Por eso avanza la implementación de los Protocolos Nacionales de Atención Médica (Pronam), que permiten que, ante un mismo problema de salud, exista una misma respuesta clínica en todo el país. Que no importe en qué estado o en qué unidad se atienda una persona, el tratamiento debe ser el mismo, basado en la mejor evidencia y organizado como parte de una línea de cuidado continua. Eso no resta; al contrario, eleva el estándar para todos. Porque la desigualdad también se expresa en lo clínico, cuando ante una misma enfermedad se ofrecen tratamientos distintos.

El Servicio Universal de Salud propone justamente eso: organizar. Darle sentido a un conjunto de esfuerzos que ya existen, pero que muchas veces operan de forma aislada. Implica definir con claridad qué le corresponde a cada nivel de atención, pero, sobre todo, cómo se conectan entre sí. Que el primer nivel deje de ser la antesala del hospital y se convierta en el centro de gravedad del sistema. Que los hospitales dejen de ser destinos finales y se vuelvan nodos de una red que acompaña trayectorias completas de cuidado.

Eso cambia incluso la manera de entender la atención. La salud deja de ser un evento (una consulta, una cirugía, una receta) y se convierte en un proceso continuo. Antes, el sistema respondía cuando el paciente llegaba. Ahora, la red se organiza para estar antes, durante y después: para prevenir, para detectar a tiempo, para tratar, pero también para acompañar. Porque la responsabilidad no termina con el alta médica, empieza mucho antes y continúa mucho después.

Ese cambio exige ordenar la forma en que se gobierna el sistema, la manera en que se toman las decisiones clínicas y el modo en que se asume el territorio. Significa dejar de planear hospital por hospital y empezar a planear como red. Significa que la atención se organice en rutas claras, desde la comunidad hasta la alta especialidad y que, ante un mismo problema de salud, exista una misma respuesta, viva donde viva la persona. Y significa, sobre todo, asumir que la salud no es sólo una reacción frente a la demanda, sino una responsabilidad sobre una población concreta: conocida, nombrada y acompañada.

Hablar de Servicio Universal de Salud no es hablar sólo de cobertura. Es hablar de igualdad. Que una persona en la Montaña de Guerrero reciba el mismo tratamiento que alguien en una ciudad. Que el acceso no dependa del empleo, del ingreso o de la institución a la que esté afiliada. Que la gratuidad no sea una promesa, sino una experiencia cotidiana. Y que el sistema deje de estar centrado en sí mismo para orientarse, de una vez por todas, a las personas.

Durante mucho tiempo, creímos que el sistema de salud se sostenía en grandes hospitales, en tecnologías de punta o en presupuestos crecientes. Hoy empezamos a entender otra cosa.

Como escribió Italo Calvino, un puente no se sostiene por una piedra, sino por la forma en que todas se articulan. El Servicio Universal de Salud es eso, dejar de discutir las piedras y comenzar a construir el arco.

Porque al final, no se trata sólo de reorganizar instituciones, sino de algo más profundo: que el lugar donde una persona nace no determine sus posibilidades de vivir.