De institutriz a ganadora de dos premios Nobel

MI VOZ
POR: ENRIQUE ROMERO RAZO
En la Polonia de finales del siglo XIX, ser mujer significaba vivir con las puertas cerradas.
El acceso a la educación superior estaba reservado prácticamente para los hombres. Para muchas jóvenes, el destino parecía reducirse al matrimonio, las labores domésticas o el servicio de alguna familia acomodada.
María Salomea Skłodowska conocía perfectamente esa realidad.
Desde muy joven demostró una inteligencia extraordinaria y una insaciable pasión por el conocimiento. Su brillante desempeño académico la distinguía entre los estudiantes de su generación; sin embargo, ni su talento ni sus méritos fueron suficientes para ingresar a la Universidad de Varsovia, porque las mujeres no eran admitidas.
Lejos de renunciar, estudió clandestinamente en la llamada Universidad Volante, una institución que impartía clases en distintos lugares para evitar la persecución de las autoridades del Imperio ruso.
Pero María tenía un sueño aún mayor: viajar a París y estudiar ciencias en la Sorbona.
Como no contaba con los recursos necesarios, trabajó durante varios años como institutriz y profesora particular. Primero ayudó económicamente a su hermana Bronisława para que estudiara Medicina en Francia y, tiempo después, recibió de ella el mismo respaldo.
Finalmente, en 1891 llegó a París.
Allí vivió en condiciones sumamente precarias. Pasó frío, hambre y largas jornadas de estudio, pero consiguió licenciarse en Física y Matemáticas. En Francia también conoció al científico Pierre Curie, con quien contrajo matrimonio y formó una de las colaboraciones científicas más importantes de la historia.
No necesitó casarse para que un hombre validara sus capacidades. Por el contrario, Pierre reconoció desde el principio la magnitud de su talento y defendió que el trabajo de María recibiera el reconocimiento que merecía.
Aun así, los prejuicios de la época intentaron mantenerla a la sombra. Cuando se propuso conceder el Premio Nobel de Física de 1903, inicialmente se consideró únicamente a Pierre Curie y Henri Becquerel. Pierre intervino para que el nombre de María fuera incluido y su contribución científica reconocida.
De esta manera, Marie Curie se convirtió en la primera mujer en recibir un Premio Nobel.
Ocho años después obtuvo el Premio Nobel de Química por el descubrimiento del polonio y el radio, así como por sus investigaciones sobre estos elementos. Se convirtió así en la primera persona en ganar dos premios Nobel y, hasta nuestros días, continúa siendo la única que los ha recibido en dos disciplinas científicas diferentes: Física y Química.
Al polonio le dio ese nombre en homenaje a Polonia, la patria que permanecía sometida y en la que, por ser mujer, no había podido ingresar a la universidad. También acuñó el término “radiactividad” y abrió un nuevo horizonte para la ciencia y la medicina.
Sus investigaciones, sin embargo, tuvieron un costo devastador. En aquella época todavía se desconocían los efectos de la exposición prolongada a la radiación. Marie Curie murió en 1934, víctima de anemia aplásica, una enfermedad relacionada con los años que trabajó sin protección con materiales radiactivos.
La mujer a la que alguna vez le negaron un lugar en la universidad terminó ocupando uno de los sitios más importantes en la historia de la humanidad.
Su vida demuestra que el talento no tiene género y que ninguna sociedad puede llamarse justa mientras limite los sueños de sus niñas.
México ha recorrido un largo camino hacia la igualdad, aunque todavía persisten brechas, prejuicios y formas de discriminación que debemos erradicar. Hoy, nuestras niñas y adolescentes pueden aspirar a convertirse en científicas, médicas, abogadas, ingenieras, investigadoras o, incluso, presidentas de la República, como la doctora Claudia Sheinbaum.
Marie Curie no solamente transformó la ciencia.
También demostró que ninguna prohibición, prejuicio o barrera social puede detener para siempre a una mujer decidida a cambiar el mundo